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Opinión
E L B U R L A D E R O

21/11/2014.

Lejos del «acoso y derribo» a la intemperie, macho y viril. Parapeto acomodado para maletillas, maestros de luces, fugurones de escayola y baratijas, aguadores, mozos y ayudas, aguadores, apoderados, «capitalistas», fuerzas del orden, alguacilillos . . . para refugiarse. . . en la Magna Norma, sagrada e incuestionable que ahora se pone en almoneda por algunos, puestas a resguardo de sus siete llaves y candados por los refugiados tras ella. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Celebrada pues la Norma, la Constitución del 78, inamovible, excepto cuando se llamó a rebato, por las fuerzas mayoritarias, el PP y el PSOE, y cambiaron de la noche al día el artículo 135 para que se pusiera en prioridad inexcusable el pago de la deuda, incluso y sobretodo por encima del propio bienestar de la población, puestos a recortar derechos elementales, especialmente referidos al derecho a la educación, la sanidad, universales y básicas, amén de un derecho laboral más justo y humano.

                                               Y todo ello al amparo de una Constitución inatacable y manoseada con nocturnidad, hayamos caído ¿quiénes?. .  .los de siempre.

                                               Atrincherado y apuntalado el burladero. Útil e imprescindible. ¿Sujeto a reformas, cambios, superaciones y hasta mejoras?. . .  a partir de su reforma ineludible.

                                               Recuerdo que tras la muerte del dictador se calcula que aproximadamente un 87% de la población española creía, deseaba y se pronunciaba en el sentido de que hubiera una evolución, una superación, una adecuación a los modos democráticos más o menos homologados en el mundo más adelantado. Era pues una marea imparable, de la que supieron muy bien tomar nota, como no podía ser de otra manera, los próceres de la patria, los prohombres, los líderes, los dignatarios y demás ralea de mejor o peor calidad política y humana.

                                               Y así se aplicaron, y así se vivió en este país, y las fuerzas de uno y otro signo, la derecha y la izquierda se aplicaron a la tarea. Incluso ante la necesidad, algo teatrera, de esa premura que nos anunciaron de que se practicarían, Y ahí tuvimos las Cortes  franquistas, con el harakiri imprescindible en disposición de hacérselo, indoloro e incruento, por cierto.

                                               Mientras las posturas y las exigencias se transitaban, como si se cediera, como si no, con las fuerzas de la izquierda plegándose en pro de una paz ciudadana anhelada por millones de españoles que aún practicaban y respingaban el miedo de décadas, eso del “no te signifiques”, mientras las fuerzas de la derecha no movían un ápice de sus esencias, sabiendo que “algo había que cambiar para que permaneciera el todo intacto”.

                                               Y en ese sentido se llevó a cabo el proceso constituyente, y así se aprobó, en buena necesidad, la “Constitución del 78”, y así ha ido haciendo sus servicios desde la interpretación cartesiana o no según fuera interesando.

                                               Cuando pasados los años aún se intenta, desde una parte, qué casualidad, desde la derecha que pretenda no intentar tocar la Constitución que tan bien les ha servido, incluso contra sus propios postulados, contra sus estrictos artículos.

                                               Desde la implantación de una Monarquía tutelada por el pueblo español. Puesta en contra del régimen original y legítimo, eliminado por la fuerza golpista de quienes aún no han sido condenados institucionalmente, muy por cierto. Y me refiero a la forma de gobierno republicana. Teniéndonos que conformar ahora con un “pausible y criticado debate entre República y Monarquía”.

                                               Mientras aún permanecen 108.000 desaparecidos de la guerra civil y de su postguerra, en las fosas por desenterrar, las de la ignominia y el odio, sin que se palpe voluntad de las fuerzas gobernantes en resolver esa injusticia injustificable.

                                               Junto a otras tantas realidades, escritas en la Norma, en la Constitución muy puesta en entredicho, ante derechos inexcusables de cumplir y que, en letra al menos, debiera amparar la dicha Carta Magna, tales como el derecho al trabajo, a la vivienda, a una seguridad ciudadana y a un bien común. . . y que no se contempla a diario ni en la realidad pura y dura, cuando a menudo nos vemos desprotegidos, huérfanos, sujetos a una Constitución excesivamente puesta en manos del tribunal que debería ampararla, demasiado politizado, con una sospecha cierta y extendida de escasa independencia. ¡qué se le va a hacer!.

 

                                               Torre del Mar   noviembre – 2.014

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