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Vocalía de Flamenco
RECORDANDO A RAFAEL ROMERO "EL GALLINA"

02/01/2015.

Quizá nos falte a los flamencos la necesaria devoción por los muertos, el amor agradecido a quienes nos dieron parte de su existir en forma de arte -de cante, en este caso-. Quizá no seamos capaces de entender las motivaciones artísticas de quien se deja la vida en cada tercio y sólo nos quedemos en lo superficial de la fiesta. fuente. áticoizquierdaflamenco

Quizá nos falte un corazón nuevo o ponernos a cantar hasta que duelan los riñones, para darnos cuenta de lo tremendamente difícil que es soltar un ay, un único ay, sin desentonar ni por fuera ni por dentro. Quizá sea esta sociedad plastificada la que nos está volviendo artificialmente inhumanos, tanto que a nuestros propios dioses los dejamos morir en la indigencia o en el olvido. Rafael Romero "El Gallina" era uno de esos dioses. Al menos, para mí lo era. Por eso escribo estas líneas, para contribuir a que su memoria permanezca indeleble en la nuestra. Rafael Romero  nació en Andújar el 9 de octubre de 1910 y murió en Madrid el 3 de enero de 1991
 

 
Que sus comienzos, siendo un niño, fueran como bailaor o como cantaor es cuestión baladí -hay versiones para todos los gustos, aunque su hermana Eulalia Romero mantenía que él siempre fue cantaor-. Poco importa, pues el hecho no tiene más significado que el de una anécdota en su larga carrera artística. Sí importa decir que ese fue su tiempo del cante en las tabernas, donde era conocido como "El Gitanillo" o "El Señorito" según cantara a los amigos o a los señoritos  -Eulalia Romero, dixit-; fue el tiempo del cante para comer él y su familia, del cante vendido a precio de saldo. Fue un cantaor autodidacta -"Yo no he aprendido nada de nadie. A Dios gracias"[1] que bebió en las raíces de su tierra iliturgitana, en los ambientes flamencos de Linares y definitivamente en Madrid de la mano del guitarrista jerezano Perico el del Lunar.
 
 
Tras el sangrante paréntesis de la Guerra Civil, se instala de manera permanente en Madrid donde conoce a quien iba a ser su principal maestro y mentor, ya citado, que encarrilaría su carrera hacia un éxito cierto consolidado tras su exitosa participación en la legendaria "Antología del Cante Flamenco" de Hispavox, fechada en 1.954, que recibiría el Premio de la Academia  Francesa del Disco.
 
Con Perico del Lunar Hijo, en Valladolidad
Con treinta y dos años, cuando llega a Madrid, es Rafael un cantaor no consolidado. Con oficio, pues no había hecho otra cosa en su vida, pero con lagunas importantes en su preparación artística. Es allí, con toda su familia en la capital, donde comienza a fraguarse una sólida y brillante carrera que comienza en “Villa Rosa”, donde comparte las noches -y los días- con otros artistas habituales del famoso local, y continúa en el mítico tablao “Zambra”; o en el cine de la época ("Brindis a Manolete", "Llanto por un Bandido”, "El Arte de Vivir"…) que le daría una popularidad enorme.
 
 
Su trabajo junto a Antonio Ruiz, Teresa y Luisillo, y José Greco es un eslabón más en su formación de cantaor completo. Y luego de la popularidad y el reconocimiento, las giras por el extranjero (Estados Unidos, "Scala" de Milán, Japón, cantando para el Emperador Hiro-Hito, y así varias veces recorriendo el mundo), el éxito, los premios (Premio Nacional de Cante de la Cátedra de Flamencología de Jerez) y los homenajes (Andújar, con calle a su nombre, Jaén y Tokio, donde es titular de una peña flamenca)... Hasta su muerte en Madrid, cuando sus postreras relaciones con el cante estuvieron teñidas de fatigas dobles y lacerantes olvidos. La última vez que le escuché cantar, de él sólo restaba la maestría y el digno orgullo que únicamente mantienen los cantaores de raza. Y Rafael Romero lo era.
 
Si hubiera que definir el cante de aquel gitano presumío y señorito ("Soy jeré en el vestir...") con una sola palabra yo me inclinaría por elegancia. Con este silogismo -no en exclusiva, naturalmente- se podría conceptuar la estética cantaora de quien siempre guardó las formas aprendidas, aun cuando versionara estilos o les imprimiera su marchamo personal inconfundible. Su respeto para con sus maestros fue siempre exquisito, pero nunca fue un mero intérprete repetidor de lo escuchado: en todo lo que cantó -¡hasta en las sevillanas!- hay un matiz intransferible e inconfundible que hace que fuera distinto a todos. Ni mejor ni peor -en esto cada cual opinamos según nuestro subjetivo gusto y saber-, pero diferente siempre. En eso, creo, estaremos todos de acuerdo.
 
Según su hermana, "El Gallina" -apodo que recibió del Marqués de Portugalete en el transcurso de una juerga en la que Rafael, "que con dos copillas se ponía muy gracioso", se disfrazó de gallina y entonó "La Gallina Papanata"- no se preocupaba por la calidad de sus grabaciones. Y algo de verdad debe haber en tal aserto, pues, pese a su abundante discografía, sólo se nos muestra verdadero en la mencionada "Antología del Cante Flamenco", donde tiene registrados mirabrás, la caña, seguiriyas, peteneras, alboreás, tonás, martinetes y la debla, y en el "Archivo del Flamenco", de Vergara (1968), antología en la que grabó tientos, rondeñas, garrotín y farruca. Y también, por su carácter esclarecedor, en el disco "Canta Jaén", editado con motivo del X Congreso de Actividades Flamencas (Jaén, 1.982), donde certificó las soleares al estilo de José Illanda y nos enseñó cómo son los "cantes de la madrugá".
 
Su versión de la caña ha quedado como definitiva: él amplía este cante, lo completa y le aporta una cuadratura musical hasta entonces inexistente, pues las versiones tanto de Diego Bermúdez Cala "El Tenazas de Morón" como de Cayetano Muriel "Niño de Cabra" y "El Niño de las Cabezas", con distintas variantes o diferentes matices, recogían la versión primitiva mucho menos elaborada. Sobre esto, confesaba Rafael:  "La aprendí de Andrés Heredia, El Bizco, que tocaba la guitarra y cantaba; de ahí la cogí yo, quitando los ¡ay! que me puso Perico, El del Lunar, que eso era de Curro Durse".
 
También en Andrés Heredia y en su hija María encontró el origen flamenco de su rondeña personal -menos valiente que la que se canta en Málaga, pero más dulce y musical-, a la que saca del pozo sin fondo del fandango para convertirla en un cante personal que recoge casi todas las características de los cantes malagueños: rica melodía, exquisita dulzura, emoción sin estridencias y plasticidad vocal. Sin embargo, es de justicia hacer referencia a la influencia -que se intuye- de los cantes de Huelva en la conformación de este estilo.   
 
Cuando grabó la alboreá muchos gitanos se le echaron encima arguyendo que ese era un cante propio de los casamientos y no para sacarlo a la luz. A él, como en tantas cosas, le dio igual. La interpretó a su manera, pero algunos estudiosos, en un ejercicio de chauvinismo –pecado muy de los flamencos- le añadieron la preposición “de” –que denota posesión o pertenencia-  y a partir de entonces la nombraron como "Alboreá de Jaén". Excesivo, sin duda.
 
Con su concepto del cante por tientos no hizo sino reivindicar las formas cantaoras de Juanito Mojama -tan injustamente olvidado- al que conoció y del que aprendió. Con todo, no se limitó a copiar al cantaor jerezano sino que, como en casi todo lo que cantó, aportó su propia estética para que otros se miraran en ella.
 
Similar proceso evolutivo sufrió la petenera que, aprendida de Pastora Pavón, la adaptó a sus facultades y registros sonoros para añadirle sensibilidad y cadencia musical. No la mejoró, pero la transformó sin desvirtuarla.
 
Sin él las soleares de José Illanda, "que se fue a Jerez y acabó con todos por soleá, en aquellos tiempos, que había aquellos fenómenos", es probable que fueran otra cosa. Rafael, en un gesto que le honra, inmortalizó a su paisano; aunque sospecho que éste era peor cantaor que el protagonista de este artículo.
 
Lo mismo podríamos decir sobre su aprendizaje de los cantes mineros que él achacaba a la influencia de "El Tonto Caricadiós""¿El Tonto Caricadiós? Este hombre no era profesional, pero era un aficionao que se metía los dedos así en el oído y donde cantaba se venía abajo todo... Ése era el mejor. En los cantes de la madrugá y por tarantas, el mejor de todos los tiempos, el Tonto Caricadiós. Gitano, gracias a Dios. Yo era muy niño. Anduve por Linares, porque yo iba con mi padre, que era tratante de ganao. Iba a la feria, y lo oí cantar una vez; una vez o dos, nada más. En Linares ha habido muy buena gente cantando"
 
¿Quién sería aquel personaje en realidad? Siendo un niño, no digo yo que no recordase algo de lo que escuchara cuando entonces, pero esos cantes los rehizo -como todos los comentados- Rafael Romero "El Gallina". Que en gloria esté.
 
NOTAS

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<!--[if !supportFootnotes]-->[1]<!--[endif]--> El texto que aparece en letra cursiva, pertenece a una entrevista que le hizo Ángel Álvarez Caballero en diciembre de 1984.

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