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Opinión
S O B R E L A L E C T U R A

11/01/2015.

A menudo pienso que la lectura como acompañante imprescindible en nuestro avatar vital, probablemente, se está convirtiendo en algo minoritario, algo así como si hablásemos casi de un «vicio solitario. Texto: ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Por mucho que nos lo recomienden y animen a su práctica, también a menudo, uno suele escuchar aquello “de que no tiene tiempo”, “que este año se tiene que poner”, “que siempre uno está muy cansado”, “que además los libros son muy caros”, y que uno no acaba de encontrar interés en la lectura. .  .”con la que está cayendo”.

                                                           Y sin embargo los best sellers se suceden y se publicitan, y los regalos de libros también suelen ser un buen recurso, . . . aunque luego no se acaben de leer y queden bien en la estantería semivacía del salón.

                                                           Y, por supuesto, en cualquier caso, qué raro es encontrar a alguien con quien comentar el último libro leído. .  .por ambos como para poder “pegar la hebra” hablando de lo que se acaba de leer.

                                                           Recuerdo que cuando era un chaval, después de haber ido al colegio, haber hecho los deberes, jugado en la campa a pillarnos, al fútbol, a quemar energía sobrante,  merendado y haber apurado la jornada prácticamente a su anunciado declive. .  .siempre quedaban a nuestra disposición una o dos horas, en la biblioteca municipal del barrio para enfrascarnos en las lecturas que habíamos dejado pendientes de un día para otro y que nos tenían atrapados, tan afanosos sobre esas lecturas iniciáticas,  desde las ingenuas aventuras de Tom Sawyer hasta las heroicas de Miguel Strogoff, desde la humana Cabaña del Tío Tom hasta la épica Moby Dick, y así felices, niños grandes leyendo en el silencio impuesto por la bibliotecaria que vigilaba nuestras ansias infantiles, tan felices, tan conmocionados por nuestras lecturas juveniles. Y así pudimos leer desde Zane Grey hasta Agatha Christie, desde Simenon a Julio Verne. Iniciamos nuestras lecturas de mayores, esde Baroja hasta Dostoievsk, desde Faulkner hasta Wilde, desde Larra hasta Galdós, . . . desde Machado hasta Neruda, desde Juan Ramón Jiménez hasta García Lorca. . .  desde Delibes hasta Miguel Hernández, desde el Lazarillo de Tormes hasta El Quijote, desde Los tres mosqueteros hasta Romeo y Julieta, desde La Odisea hasta Farenheit 451, desde Las uvas de la ira hasta Julia y el escribidor, desde Quevedo hasta Calderón, desde Las inquietudes de Santhi Andía hasta La Regenta, sin dejar de enamorarnos de tantas historias, de tantas emociones, de tantas sensaciones, de tanta vida desbordándose de línea a línea.

                                                           Y  recuerdo como salíamos, con mis amigos más íntimos, de colegio y de barrio, de juegos y lecturas, hablando de nuestras lecturas, de lo que acabábamos de leer, de vivir leyendo, de leer viviendo, eufóricos y radiantes, con la imaginación desbordada, contándonos e invitándonos a que los otros también leyeran aquello que cada uno habíamos leído.

                                                           Y eso me anima a comentar algo que también echo en falta últimamente. La costumbre de “compartir”, en desuso, por varias razones de distinta índole, nuestras lecturas, nuestros libros, sin esos recelos, justificados algunas veces, rastreros siempre, como para no “invitar” a que quienes lo deseen “lean nuestros” libros.

                                                           Ahora mismo estoy releyendo un libro reeditado, una muy antigua lectura que me impactó entonces. Una lectura de una obra de teatro que también tuve el privilegio de ver representada, y me estoy refiriendo en concreto a “El enemigo del pueblo” del gran dramaturgo Henrik Ibsen, un librito de 8 euros, un librito que “ya he compartido con varios amigos y familiares y resulta muy gratificante.

                                                           Porque la afición a la lectura cuando es desbordante se merece el riesgo de compartir nuestros libros, incluso a riesgo de que algunos no regresen. Porque siempre se trata de “haber podido tener la suerte de haber leído”.

                                                           Porque leer es la aventura más asequible, más intensa, más emocionante que nos puede ayudar a conocer más, saber más, ser más felices, no perder la capacidad de soñar, de vivir ilusiones, de compartir y comprender emociones, vivencias, sensaciones, aventuras. . . que también son tan humanas como para que las hagamos nuestras leyendo a solas, leyendo en compañía, con la generosidad de no guardarnos para nosotros la satisfacción de haber logrado ser tan felices. . . ¡leyendo!  

 

                                                           Torre del Mar   enero – 2.015

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