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Reina el olvido, calla el presente

08/02/2015.

La huida de la carretera de Almería fue uno de los hechos más crueles de la Guerra Civil, pero a la vez es hoy uno de los sucesos menos conocidos de la contienda Urge una reparación al respecto. Fuente. Málaga Hoy

Refugiados de la huida de la carretera de Almería, en su regreso a Málaga, fotografiados por Norman Bethune.

Refugiados de la huida de la carretera de Almería, en su regreso a Málaga, fotografiados por Norman Bethune.

HABLÉ el otro día con Carlos Guijarro, el dibujante e historiador valenciano que acaba de publicar un cómic sobre la Desbandá titulado Paseo de los Canadienses. Es la primera vez que se recoge en viñetas, y más aún de manera tan fidedigna, los terribles sucesos del 7 y el 8 de febrero de 1937. Cuando supe del proyecto creí ver una oportunidad de oro para la divulgación de un episodio que, a cuenta de cierta preferencia muy extendida a pasar página y de la consabida crítica sobre el exceso de producción cultural referida a la Guerra Civil, sigue formando parte del olvido en su acepción más amplia; y, cuando pude ver la obra, me convencí de que sí, de que la Desbandá, que marcó a fuego la Historia de Málaga hasta el presente, disponía al fin de un instrumento eficazmente pedagógico para su, valga el torpe juego de palabras, ilustración. Porque, 78 años después, la huida de la carretera de Almería sigue siendo un suceso desconocido en España. Guijarro, que estudió Historia en Madrid, me confirmó que en su entorno nadie conocía, ni de manera remota, la catástrofe. Y que él mismo se había enterado de forma fortuita, durante un veraneo en Torre del Mar, donde oyó hablar de un Paseo de los Canadienses que le llamó la atención. Más aún, el dibujante me contaba que, cuando comenzó a investigar sobre el asunto, en la medida en que iba esclareciendo datos y procedimientos, la primera idea que se le vino a la cabeza es que aquello no podía ser verdad. Que alguien tenía que habérselo inventado todo. Lo tremendo es que muchos, incluidos no pocos historiadores, que creen poder detallar a fondo la sangría que significó la Guerra Civil, desconocen hasta qué punto el terror llegó a cobrar forma por cuanto desconocen lo que sucedió en la Desbandá. Porque, ciertamente, la razón se resiste a imaginar un éxodo masivo de la población malagueña, con las fuerzas nacionales y las italianas disparando desde tierra, mar y aire a toda criatura viviente, sin distinguir entre hombres, mujeres y niños. Si hablamos de cifras, todo se mantiene en el más absoluto enigma. Algunos registros apuntan a 15.000 muertos. Otros, hasta 150.000. Lo más probable, sin embargo, es que los muertos fuesen entre 3.000 y 5.000. Una matanza, en todo caso, para la que no caben ni salvadores de la patria ni purgas ideológicas, sino la precisa intención de formalizar un asesinato masivo. Cuando Queipo de Llano advirtió por radio a los rojos de Málaga de que huirían como ratas, en realidad se refería a todo el que tuviera miedo. E imagino, tal y como contaba mi padre, que no huyó por la determinación de mi abuelo, falangista convencido y objeto de algún paseíllo anterior que terminó en nada in extremis, que sería muy difícil no tener miedo bajo las bombas y las alarmas, incluso entre quienes se confesaban parte del bando invasor.

Más allá del miedo, lo que ha abundado es el olvido. Pero no un olvido casual, sino premeditado. Guijarro cuenta que encontró algunas fotografía decisivas, como las de los refugiados que volvieron y fueron acogidos en la Catedral, en una pequeña carpeta escondido en el Archivo Temboury bajo el lema sin interés. Es evidente que la dictadura tendría su interés en silenciar la masacre, pues tal era, no una cruzada contra el diablo soviético sino un crimen contra la población civil, sencillo en su fórmula, ajeno a cualquier excusa. También el Gobierno republicano, incluso en el exilio, tenía sus motivos para no airear la Desbandá como causa evidente contra el franquismo, por cuanto las fuerzas legítimas terminaron abandonando a Málaga a su suerte cuando advirtieron la que se les venía encima (era mucho más fácil airear Guernica como símbolo de la vergüenza, ya que la intervención alemana pilló a todo el mundo por sorpresa: pero también es cierto que Guernica ya había sido desalojada en su mayor parte cuando llegaron las bombas). De cualquier forma, mientras la masacre siga siendo una cuestión desconocida, el presente seguirá secuestrado por el olvido. Conviene una ambición en este sentido mucho más allá del ámbito local. Memoria, sí. Pero con luz y taquígrafos

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