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El fantasma del puritanismo español

22/02/2015.

Samsung acaba de reconocer que sus televisores de alta gama, los que incorporan teconologías de reconocimiento de voz, podrían grabar y transmitir a terceros las conversaciones que se llevan a cabo a su alrededor. La Liga de Fútbol Profesional habrá recibido la noticia con interés. De repente se les presenta la oportunidad no solo de censurar lo que los aficionados gritan en los estadios, sino también lo que dicen en sus casas. Fuente. Diario El País

Una grada del Santiago Bernabéu. / ALEJANDRO RUESGA

Una grada del Santiago Bernabéu. / ALEJANDRO RUESGA

El fantasma del puritanismo recorre el fútbol español. A raíz de la muerte violenta de un aficionado del Deportivo la Coruña a finales de noviembre del año pasado la LFP y otros organismos oficiales han descubierto una nueva manera de justificar sus existencias. Van a erradicar los insultos del lenguaje futbolero.

La teoría que se han inventado es que hay una relación causa y efecto entre la violencia verbal durante los partidos y la violencia física después. El método para generar paz, armonía y amor en el mundo del fútbol consistirá en castigar a aquellos clubes que no tomen medidas para impedir que sus aficionados lancen palabrotas a los rivales.

El exorcismo avanza bien. Esta misma semana la LFP denunció al Barcelona vía Antiviolencia y a continuación, según los mecanismos vigentes, al Comité de Competición, porque en el minuto 65 del partido contra el Levante, celebrado el domingo en el Camp Nou, un grupo de unas 200 personas se puso a cantar, “¡Cristiano es un borracho!”.

En otros tiempos la reacción del Barcelona hubiera sido: “Me estáis jodiendo, ¿no?” o “¡Vayanse a tomar por culo!”. Pero hoy en día no. Respondieron como corderos. “Nuestros servicios jurídicos se van a poner a disposición de la LFP”, declaró un directivo. “Vamos a estar siempre a su lado y en contra de la violencia”.

La misión purificadora se activó en serio en diciembre cuando la LFP denunció que, entre otras barbaridades, aficionados del Sevilla habían gritado “mucho Betis, mucha mierda”; aficionados del Granada habían llamado “maricón” al jugador del Valencia Álvaro Negredo; y aficionados del Real Madrid habían cantado “Messi subnormal” y “¡puta Barça y puta Cataluña!”. El Madrid reaccionó con admirable diligencia, anunciando que expulsaría a 17 aficionados de su estadio.

Pero hay un problema. No se han definido las nuevas reglas con la debida exactitud. La LFP y los demás defensores de la nueva fe deben elaborar un manual. Los aficionados tienen que saber qué es permisible decir y qué no dentro de los estadios, si no esto va a ser un caos.

Todos más o menos entienden que los insultos racistas merecen todo el repudio del mundo pero de repente resulta que el estadio de fútbol es un recinto sagrado en el que no se puede decir ni “mierda”, ni “puto” o “puta”, ni “cabrón”. OK. Son palabras feas. Pero “¿borracho?”. ¿Se puede demostrar, como indicó el contrito directivo del Barça, que llamar borracho a Cristiano Ronaldo va a provocar violencia en o fuera de los estadios? Y si no se puede usar la palabra “borracho”, ¿tampoco se podrá decir “tonto”, o “cretino”, o “imbécil”?

Otra pregunta: ¿es menos grave si el insulto no corresponde en absoluto a las características físicas o mentales del insultado? O sea, Cristiano, como es bien sabido, no es un borracho. Messi, lejos de ser un subnormal, es un genio. Entonces, ¿dolerá tanto que les insulten de tal manera? Más bien podría dar risa, como si alguien llamase “gordo” a Andrés Iniesta. Pero si a Iniesta le llamasen “anoréxico”, ¿el manual de la LFP propondría una sanción más feroz?

Hay mucho por definir antes de que las autoridades logren su objetivo de acabar con el tribalismo salvaje que siempre ha caracterizado nuestro fútbol y lo transformen en un manso circo para todas las edades, como el fútbol americano o la NBA. También hay un peligro con todo esto, del que quizá no se hayan percatado los castos mandamases del fútbol español: puede que los aficionados se aburran de ir a los estadios y se queden a ver los partidos en sus casas. Aunque en tal caso los inquisidores tendrán el consuelo de saber que, gracias a los televisores con sistemas de reconocimiento de voz, tambíen ahí podrían impedir que los futboleros se desahoguen como siempre han querido.

¿Estamos condenados a vivir bajo el ojo tirano del Gran Hermano —hasta en el fútbol, hasta en la sopa— o alguien se va a rebelar?

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