Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
HISTORIAS DE VERDAD Y MENTIRA

24/02/2015.

Ya en su tiempo, allá por el siglo XI, el Códice Calixtino, primera guía turística para los peregrinos que recorrían el Camino que les conduciría hacia el sepulcro del Apóstol, ya recomendaba el consumo del vino de la época por encima del agua, fuente de enfermedades y epidemias, en manantiales, arroyos, charcas y ríos. De tal modo que las calabazas huecas que portaban los esforzados y devotos caminantes no iban llenas de agua sino de vino. De un vino de poco cuerpo, prácticamente mosto fermentado, rasposo y ácido, refrescante y fortificador, un vino rústico, utilitario, fruto de la tierra más pobre, más pedregosa, más humilde Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Y así recuerdo cómo mi padre, pasados los siglos de evolución hacia la modernidad del siglo XX, cuando “tenía sed”, alguna tarde de canícula todopoderosa, agobiante y cegadora, y no sabía qué tomar, siempre pedía “un vaso de vino”, tan reconfortante y secular como su propia esencia, mientras yo, niño, me llenaba, ya entonces, de azúcares que no reparaban mi sed sino todo lo contrario.

                                               Y eso me llamaba la atención, especialmente porque mi padre nunca fue un gran bebedor de vino, y sin embargo siempre supo cuando le podía sentar bien un trago de buen vino

                                               Pero si es verdad que, como tantos y tantos en aquel tiempo de mitad y último tercio del anterior siglo actual, en todas las casas,  se montaba una “pequeña bodega”, se embotellaban una o dos cántaras de vino, del de a granel, de a dieciséis litros la cántara, en botellas corrientes de cristal verde botella”, taponándolas con corchos de corcho de verdad, artesanalmente, con una embotelladora, máquina simple, de fácil y útil manejo. Para disponer, al cabo, de unas reservas razonables del vino de entonces.

                                               Un vino que era un vino heredero de tantos caldos antiguos, procedente de cuevas, de bodegas humildes, de la sapiencia elemental, conservada y aprehendida por generaciones de viticultores, de bodegueros de familia, de aquellos que pisaban las uvas con los pies descalzos, mientras discurría el mosto hacia el lagar presto a contener y permitir la primera fermentación natural, a borbotones de vida hirviendo de vida, mientras se iba formando el vino de la tierra, el vino “pitarra”, ácido y frágil, de poco grado, de color incierto, de “ojo de gallo”, recordaremos aquella letra que cantaba que “El vino que vende Asunción ni es negro, ni es blanco, ni tiene color. .  .”, de tibia negrura, de claro pálido, de posos decantándose sin prisa, el vino que consumieron nuestros abuelos, de la bota al gaznate, del vaso a la serena degustación, tras el refrigerio del almuerzo, a la sombra del descanso vespertino. . . sin pretensiones, como si de un fruto más de la tierra se tratara.

                                               Entretanto había llegado al Norte de más al norte la filoxera devastadora, y los pequeños viticultores que se convirtieron en indesmallables y soñadores heroicos, por conservar la tradición, “haciendo vino”, mientras “clásicas bodegas de toda la vida” se lanzaron a la tarea de aprender a “conservar el vino”, esos mostos que duraban el año antes de “picarse”, e incluso con peligro para la población cuando no “se hacían las cosas bien”. . . y si no recordemos la jota festiva que recordaba que “Los Almacenes de Haro los vamos a quemar, que muere mucha gente de vino artificial. . .”, mientras nosotros íbamos asomándonos a la juventud, echando tragos de vino peleón en porroncillo, en la bodega vieja y costumbrista de “El Pildo”, iniciático lugar para merendar, charlar, cantar y reír, dejándose ver de los mayores que nos enseñaban lo que apenas adivinábamos. .  .

                                               Mientras el precio del vino era asequible, incluso las marcas más conocidas y notables; mientras nuestros padres comían y cenaban con un chatito de vino del terreno, de vino joven, del año, . . . para mejor pasar las reconfortantes viandas de a diario.

                                               E imperceptiblemente el consumo de vino se iba adivinando que podía ser un buen negocio, a poco “que se hicieran las cosas mejor”, mientras invitar a “un buen vino” era un detalle de relevante estatus, lo mismo para ligar, que para cerrar un buen negocio, que para apalabrar una confidencia. . .

                                               Cuando sucedió . .  .lo inesperado, cuando en la última década del siglo pasado, de súbito, el precio de la uva comenzó a ascender y a ascender. . . y se llegó en muy poco tiempo a pagarse barbaridades, tales como de 400 a 600 pesetas, de las de antes del euro, por el kilo de uva.

                                               Algo se tambaleó y se tocó a rebato.

                                               Y de repente los labradores, los viticultores tradicionales, los bodegueros de toda la vida . .  . comenzaron a “hacerse millonarios”, de la noche al día, mientras se dejaba de fabricar el vino como “siempre se había hecho”, ¡para qué!. .  .si directamente vendiendo la uva ya se hacía uno con un montón de dinero para poder comprar pisos y más pisos, solo en Logroño, una ciudad de escasamente de 150.000 habitantes, hay más de 30.000 viviendas vacías, mientras se “invertía”, ¿?, construyendo “mansiones, palacios, bodegas monumentales. .  .”  enterrando dinerales, dejando de ser cómo se había sido a lo largo de siglos y siglos. . . mientras las titularidades de las “bodegas” que empezaron a proliferar como champiñones, y el “gran capital” hincó el diente . . . y el vino se iba convirtiendo en una auténtico “artículo de lujo”, mientras los químicos, los enólogos, “fabricaban” el vino más homologado, uniforme, inane. . . para todos los paladares que no sabían si les gustaba o no. . . el vino que degustaban con prosodia y por un ojo de la cara, mientras, también de repente, el precio de la uva se desplomó y en un par de años pasó a pagarse a ¿40 , 50 céntimos el kilo?. .  .y el cántaro de la lechera se estrelló contra el suelo, y muchos sueños millonarios se despertaron con un sudor frío y entrampados hasta las cejas. . . y algo había cambiado ¿para bien?, ¿para mal?.

                                               Y ahora el vino es más literatura que ancestral brebaje, que bebida reconfortante y sabrosa. Y ahora el negocio en La Rioja, por ejemplo y por lo que conozco, está en manos de multinacionales, fortunas de tapadillo, ricachones inversores . . . donde se rentabilicen mejor sus dineros. . . mientras “el vino ya no es lo que era”, ni de asomo, con el vino de categoría, de renombre, a precios literalmente prohibitivos, y el vino hecho y rehecho por excelentes químicos dedicados a la enología. . . aplicados a poner a disposición del consumidor menos exigente. .  .”esos vinos de mesa”, que lo mismo valen para una sangría, un tinto de verano, que una copa de vino frío y desangelado. . .

                                               Mientras el capitalismo ha dado “otro pelotazo”, de pingües dividendos, habiéndonos dejado ir un pasado tranquilo, de poso y “madre de vino”, por el puro interés multiplicado, con la propaganda dando realce al consumo de vino a . .  .2,5 euros la copa, con su remoquete de vinacha y la literatura que lo ensalce. .  .hasta hacernos creer que somos más importantes bebiendo, degustando, presumiendo . . . del vino de renombre y marca consagrada, aunque no distingamos si el vino está “bueno o picao”.

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