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Opinión
L O S D E B E R E S

28/02/2015.

Escolares naturalmente, en el inconsciente colectivo como algo consustancial al aprendizaje escolares de nuestros niños. Y resulta que se ha logrado que las jornadas de «trabajo» de nuestros retoños, desde sus más tempranas edades, son sencillamente maratonianas, tan agotadoras como improductivas, en las que por supuesto tienen su cabida los deberes, las tareas. . . escolares. . . ¿para qué?, ¿con qué criterio pedagógico?. . . aunque un porcentaje mayoritario de maestras y maestros hayan defendido y puesto deberes a sus alumnos Texto. ANTONIO GARCIA GÓMEZ

Y es que ahora “los expertos han concluido en la poca bondad de los deberes. .  .”, y que a diario ocupan de una a tres horas a nuestros niños.

                                               Esos mismos niños que pueden empezar, como poco, su jornada diaria a las siete y media. Para acudir a continuación al aula matinal, al colegio, de nueve a dos, en la mayoría de los casos, de atención, esfuerzo y trabajo académico, interrumpido por un recreo de media hora, a lo largo de cinco horas. Para pasar luego al comedor escolar, o para comer en la casa familiar, para rápidamente iniciar la tarde con actividades extraescolares, desde inglés a música, desde natación a baile. Para encontrar un hueco, amplio, para no olvidar cumplimentar las tareas, ejercicios de matemáticas, de lenguaje, de conocimiento del medio, para estudiar, para leer, para dibujar. . . para llegar a la hora de la ducha, de la cena, literalmente hechos “mixtos”, con la necesidad de “haber cumplido a la perfección” con sus obligaciones escolares. .  .dejando a las puertas del fracaso a quienes no logren, con ayuda o sin ayuda, seguir el ritmo enloquecido de exigencia.

                                                Cuando “resulta tan fácil ser maestra o maestro”. Que con lo único que hay que tener cuidado es con la necesidad de saber en qué lección se quedó el día anterior, para poder continuar . .  .sin salirse del programa.

                                               Para que esté al alcance de “cualquier maestra o maestro” disponer a mano “El libro del maestro”, con las lecciones apuntadas de las explicaciones adjuntas, los ejemplos, el solucionarlo. . . y hasta el examen que hay que poner. Sin que obligue mucho a romperse la cabeza y mucho menos para intentar “interesar, estimular, motivar. .  .”. .  .cuando todo viene pautado con una monocorde atonía.

                                               Para que al menos y cerca de un 90% del profesorado no se salga de “esa manera de impartir clase”, sin olvidar “poner deberes para casa”. ejercicios de una y otra área de aprendizaje. Sin miramientos, para ir seleccionando por el embudo del cedazo que irá desgranando los “más capaces” para sostener el sistema, en contra de toda individualidad, repartiendo éxitos y fracasos desde los más tempranos cursos.

                                               Sin que nadie rechiste más alto de lo consentido. Por permanecer en el sistema homologado, con ayuda los que más puedan. “A su puto aire” los que carezcan de toda ayuda.

                                               Ahora que los expertos han concluido lo que era evidente. Desde cuando yo he ejercido mi labor docente y jamás he creído en los deberes escolares para casa, que no fueran muy puntuales las actividades encargadas y que no agobiaran . . . a quienes me pudieran. Porque la razón de ser de la enseñanza reglada es la labor diaria que tienen que llevar a cabo el maestro, la maestra junto a sus escolares, en un trabajo creativo, motivador, constante, responsable, individualizado y positivo.

                                               Siempre animando a que se pueda prosperar, progresar, evitando el sentido del fracaso, de la desmotivación que lleve a la desconexión y a la exclusión. . . En Andalucía el fracaso ante de llegar al bachillerato ronda el 37%, sin ningún responsable sobre este fracaso inexcusable.  

                                               Y aunque siempre se llegue tarde, aunque sea vía expertos, aunque los damnificados hayan sido miles, millones de niños y niñas que han ido fracasando en nuestros colegios a lo largo de demasiados años.

                                               Y tal vez por todo eso, y seguro que por todo ello, el balance de mis treinta y nueve años laborando en la institución escolar primaria ha sido “agridulce”, mucho más agria que dulce, y me estoy refiriendo a eso que conocemos como ”escuela o colegio de niñas y niños”.

 

                                               Torre del Mar    febrero – 2.015

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