Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
V I A J E E N A U T O C A R

19/03/2015.

Mis padres solían enviarme en autocar, cuando se acercaba la canícula del verano y creían bueno que fuera a pasar una temporada al pueblo de mi padre, con los abuelos, de niño veraneante, para cambiar de aires, potenciar el apetito y librarles también, un poco a ellos, de las exigencias lúdicas de un niño que se hacía mocito a ojos vista texto. Antonio García Gómez

Y así me acicalaba mi madre al detalle, recién comido, con la bolsa o mochilita donde me había colocado la ropa y el neceser, para qué más, cerrada sin que faltara, por lo tanto, nada por meter, repeinado y con todas las recomendaciones repetidas varias veces, para ir a coger, de la mano de mi madre, el autocar de los Hermanos Uzquiza, de toda la vida, de cuando las diligencias y las casas de postas, que a partir de las tres y cuarto salía a hacer la línea, de la ciudad de Miranda de Ebro a Belorado, cabeza de partido de La Riojilla castellana, en el noreste de Burgos, a 42 kilómetros exactamente de carreteras bacheadas, flanqueadas de olmos anillados de cal en gran parte del trayecto, atravesando pueblos de adobe y piedra arenisca, recónditos y apretados, Sajazarra, Tirgo, Herramélluri, Cuzcurrita, Leiva, Cerezo de río Tirón y Fresno del río del mismo nombre, destino final del viaje que iba a iniciar su devenir justo a la hora de la sobremesa.

                                               Un autobús aparcado cerca de la estación de tren y que hacia el mismo recorrido diariamente, aguardaba calentándose a modo bajo el justiciero sol, con chófer y cobrador casi de la familia, encargados  de llevar a buen término el viaje, recién terminados de comer en la fonda de enfrente, aún con el eructo por definirse estentóreo y el palillo entre los dientes saboreando el regusto de las copichuelas con que habían clausurado la comida de mediodía, copiosa y regada con clarete de la tierra con generosidad, justo antes de ponerse a la faena, justo antes de que yo fuera puesto al cargo y cuidado del cobrador que vigilaría de mí todo el trayecto, con apremio para que así lo hiciera de mi madre que así se quedaba más tranquila.   

                                               El autocar era un microcosmos dicharachero y bullanguero, de paisanos y lugareños apretándose por encontrar su sitio, entre saludos aparatosos, intentando colocar los cestos, cestaños, maletas de cartón y chapa de madera mala, atados de nudos bien apretados donde pudieran, encima de ellos, . .  . sobre unas redes resistentes, mientras el autocar  se llenaba y se medio vaciaba al tiempo que se iban ocupando los asientos de plástico duro, desgastado y ajado, en una sola posición, erecta e incómoda, mientras yo callaba y miraba, feliz si me había tocado ventanilla, chafado si tendría que viajar en pasillo, ese mundo que se me venía encima, que me aturrullaba un poco y que me invitaba a encerrarme en los tebeos que había llevado conmigo para el viaje.

                                               Desde el principio el autocar, iniciado el viaje, se mostraba cansino, ahogado y trabajoso, en su empeño por llevar la carga humana que también jadeaba, sudando y resoplando, al unísono del autocar que marchaba a su tran tran, conducido sin prisa y con la pericia justa de ir llevándolo casi a su aire.

                                               Aunque en los pechos, esas abruptas cuestas, cortas y pronunciadas que alcanzaban pasos descubriendo lontananzas nuevas, geométricas, fértiles y feraces, el autocar lograba a aduras penas llegar al rasante, cuando no lo lograba y se detenía, echando humo el motor, teniendo que tomarse un respiro, parado el autobús en un estertor que agonizaba, con los pasajeros subiendo hasta arriba del repecho, con calma, dándole tiempo al chófer y al autocar a recobrar las fuerzas que permitieran proseguir el viaje.

                                               Y así con esa tranquilidad que forcejeaba por llegar a no demorarse demasiado, sobre las cuatro horas que se calcularían para llegar a su destino, con paradas reconfortantes en los distintos pueblos del trayecto, mientras se cargaba o se descargaba, se recogían noticias y se daban recados, se echaban un café al coleto el chófer junto al cobrador y algún conocido del lugar, mientras nadie urgía por no perder tiempo . . . cuando el tiempo se daba por bien empleado sabiendo que se llegaría cuando se tuviera que llegar.

                                               Hasta que, efectivamente, yo era depositado con bien en la plaza del pueblo de mi padre, como un buen chico veraneante, con mi flequillo tan modoso, mi jersecito para no coger frío y mi pantaloncito corto de la época, con mis rodillitas infantiles al aire, raspadas y heridas como debía ser, con las medias de rombos muy subidas hasta media caña y las “playeras” de pasar y correr el verano ataditas con doble vuelta. Todo un pincel recibido con besos y abrazos por mi primas, mayores que yo, con una carantoña recia de mi abuelo, mientras yo reconocía el pueblo añorado, al atardecer de las luces que titilaban amarillas y mustias, mientras llegaba a casa donde me aguardaba la abuela, aunque no fuera a darme un beso, aunque solo me fuera a echar una ojeada, como si solo quisiera reconocerme, siempre afanosa en su cocina en la que era dueña y señora, mientras hervía la sopa de ajo de la cena y yo recogía los recónditos olores y colores que yo guardaba en mi memoria, cuando ya empezaba a notar el cansancio del viaje, mientras mi abuela me iba preparando un huevo frito y un tazón de sopas de leche para que cenara pronto y me fuera enseguida a dormir para poder despertar al día siguientes con todas las infantiles fuerzas recobradas.

                                               Mientras aún resonaba en mis oídos el ralentí del motor del autocar que acababa de traerme al pueblo de mi padre, para que yo pudiera pasar un par de semanas como un “buen salvaje”, feliz y pletórico, de niño forastero inocente presto a devorarme todas las sensaciones, cuentos, historias,  menudas experiencias, pequeñas aventuras . . . que jamás olvidaría, cuando ya soñaba somnoliento, cuando ya me estaba cubriendo bajo el embozo de las sábanas gélidas, blancas, de retales almidonados, bajo la protección de la Virgen del Perpetuo Socorro, mientras yo vigilaba que las contraventanas no estaban cerradas del todo y probablemente la luz de la luna podría colarse. . . a media noche, hacia mi tranquilo descanso en la alcoba de los invitados, en la casa de mis abuelos, donde había nacido mi padre.

 

                                                           Torre del Mar     marzo – 2.015

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