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Opinión
L A C U R I O S I D A D

05/05/2015.

D «Desgraciadamente, la forma en la que se conciben los programas escolares y no digamos la forma en que se llevan a cabo los mismos, suelen a tender a anular, que no propiciar, la curiosidad». Manuela Carmena. La curiosidad en la educación en la vida

Por la pura necesidad de sentirnos vivos, en el afán natural que habrá de impelernos a seguir intentándolo, estimulados por curiosear todo aquello que creamos interesante, nuevo y hasta desconocido, porque apetece, porque se necesita, se trata de conocer y saber, ante todo estímulo que las maestras y maestros hayan hecho por habernos entusiasmado, por habernos guiado, por habernos animado a quienes hoy. .  . volveremos a intentarlo.

                                               Desde los valores cívicos, básicos y universales, ciudadanos racionales, por no dejar de ser quienes intentamos ser, reconocidos y valorados, capaces de llegar a conocernos y a aceptarnos, preguntando, avanzando, sintiendo, un poco más sabios, un poco más humildes, un poco más curiosos.

                                               Los conocimientos están a nuestro servicio y al de nuestros alumnos.

 

                                                   “Hacemos por aprender a los niños gramática, matemáticas, idiomas, geografía, sociales . . . y otras muchas materias pero ¿les enseñamos algo al menos de lo que les convendría saber sobre ellos mismos?, ¿les enseñamos quién y cómo son?, ¿Les enseñamos cómo controlar su propio yo?, ¿Les enseñamos a conocer e identificar sus propios sentimientos?”.

 

                                               En tanto “las alarmas” sobre la escuela que se sostiene, “sin enmendalla”, corriendo a parapetarse tras “los peligros” de los alumnos y sus familias, y se insiste desde las instancias educativas ministeriales, y se reitera desde la trinchera de “los recelos” contra  los sujetos de la educación, de la escuela, como para no aceptar la función docente como debería ser, como guía, como ayuda, como animadora. . .

 

                                                   “Nadie discute hoy día la enorme importancia de lo que ya identificamos como la inteligencia emocional, pero sin embargo parece que no nos atrevemos a enseñar en la escuela las emociones y los sentimientos humanos”.

 

                                               Mientras sigan cargando las tintas  sobre la parte más débil, sobre el objeto de y para educar, para formar, logrando tildar de culpabilidad, exactamente, a nuestros jóvenes que “van siendo tan mal educados como para sentirse huérfanos de esos principios y valores que tanto se echan en falta”, . . . cuando ya es demasiado tarde.

 

                                                               “Pero en todo caso hay que interesar a los niños en identificar el amor, la amistad, la envidia, los celos, la ira, la competitividad, la inseguridad, el egoísmo y la agresividad. Hay que enseñarles a disfrutar y gobernar las emociones”.

 

                                               Y es muy triste la derrota insoportable cuando este gobierno, en la directriz del ministro ¿de educación? Wert, con su partido de buen aliado, quitó la asignatura de “Educación para la ciudadanía”, a cambio del adoctrinamiento pura y dura de la Religión católica. . .

                                               ¡Cómo para echarse a llorar, ¡cómo para indignarse y no permitirlo!. . . mientras la curiosidad queda arrinconada en el desván de los olvidos.

                                               Torre del Mar    1 - mayo – 2.015

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