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Opinión
EL TIEMPO QUE VUELA . . .

15/05/2015.

Hoy paseando por la ciudad que me acogió bastantes años he tenido una grata sorpresa. De repente una mujer me ha espetado, prácticamente de sorpresa, colocándose frente a mí: «hola Antonio», acompañándose de una amable sonrisa. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

A mí me ha resultado, inmediatamente, su cara conocida. He hecho un esfuerzo por reconocer a quién pudiera pertenecer y que yo tuviera por qué conocerla, por si fuera capaz de encontrar su nombre, a la carrera, entre tantos que acumulo y su ubicación en el tiempo, en el espacio, en el entorno adecuado para ser capaz, al cabo, de contestarla con el amable reconocimiento con que ella se ha dirigido a mí..

                                                           Pero balbuceando apenas he sabido reaccionar.

                                                           “El caso es que tu cara me suena . . .”.

                                                           “Soy la mamá de Sara. . .”

                                                           Y de súbito he caído en la cuenta. Sara fue alumna mía con ocho y nueve añitos, en 3º y 4º de primaria. Una niña estupenda a la que recuerdo perfectamente, como a su madre. Una niña espabilada, movida, curiosa, con muchas ganas de aprender y de descubrir el mundo y la vida que palpitaba entusiasta a diario, como tantos otros de sus compañeros y compañeras, con unos ojos que lo escudriñaban todo, que no se perdían nada, con un nervio que la hacía participar en cuanto se organizara, con unas ganas de participar imparables, una sonrisa que era una catarata de vitalidad. . . un encanto, sin duda, de niña en edad y afán de hacerse mocita aprendiendo, conociendo, gozando de la vida con sus sobresaltos de mayor o menor euforia.

                                                           “Y ¿ahora que está haciendo?”.

                                                           “Está en 2º de Bachillerato. Muy agobiada, con los exámenes finales a la vista. Y es que está de los nervios. . . pero está hecha una mujercita y además va muy bien. . . ”.

                                                           Y yo he comprendido lo rápido que pasa el tiempo. Y además me he sentido feliz de que, precisamente, haya transcurrido contemplado el crecimiento y la maduración de “mis muchachas y muchachos”, “mis niñas y niños”, a los que a lo largo de toda mi vida profesional. . . he tenido el honor de atender, mostrar, ayudar, guiar,  . . .en su proceso vital de aprendizaje.

                                                           Y me he sentido feliz y ciertamente orgulloso, con el balance después de treinta y nueve años y pico de servicio, y nunca mejor dicho, positivo, en cada uno de todos los alumnos y alumnas que he tenido. Sin excepción, con mayor o menor fortuna, con mayor o menor satisfacción de los resultados obtenidos. Siempre con el resquemor de que lo podía haber hecho mejor.

                                                           En contra de los últimos, sempiternos por cierto, alarmismos. Con esas llamadas que jamás he comprendido a “esa autoridad” que se echa en falta.

                                                           Yo siempre he entendido y así se lo comunicaba a las familias en cada inicio de curso que “yo me ponía a su servicio”, precisamente para acompañar, para ayudar, para guiar, exactamente empezando por quienes más lo necesitasen, . . .en un intento de mejorar la situación de conocimiento, civismo y sensibilización de cada uno de mis alumnos. Siempre a su servicio, siempre por llegar un pasito más allá del punto de partida, siempre satisfecho si se lograba, siempre con el prurito de lograr, en cada caso, esa mejoría que debiera dar sentido al esfuerzo mío, de sus familias y de ellos, en definitiva. Fuera de programas encorsetados, de miedos paralizantes, de calificaciones castradoras, de etiquetados inclementes, de, al fin, deshumanización de la enseñanza que solo consigue. . . “amontonar exclusiones y fracasos”, trabajando por la estimulación, el refuerzo positivo y el respeto sagrado a la individualidad “humana” de cada chaval.

                                                           Y por eso puedo decir y afirmar rotundamente que cada jornada de mi trayectoria profesional ha supuesto una navegación venturosa, aceptando el reto de las dificultades y el premio de las expectativas de mis alumnos puestas en su maestro, aunque ellos no lo entendieran. Saliendo siempre a flote y llegando al buen puerto del reconocimiento a la valía de cada muchacho. Poca o mucha, humana en cualquier caso.

                                                           Por encima de todas las filosofías pedagógicas, con la humanidad como bandera y estandarte de mi trabajo, al servicio sincero y rendido de quienes “me pagaban”, exactamente, con su contribución fiscal.

                                                           Y he sido feliz, y recuerdo con cariño a Sara, y a miles de niñas y niños . . . a los que debo la razón de tanto denuedo por mi parte, poniendo, al cabo, en el fiel de mi labor, la fortuna y el acierto mayores o menos de poder haberlo hecho . . . todavía un poco mejor.    

                                                           Felices, ¡ojalá!, todas mis alumnas, todos mis alumnos, haciéndose mayores con su pizca de “sana y bondadosa humanidad”, . . . mientras yo no les olvido.

                                                           Porque habrá merecido la pena la fe y la entrega en. . . la educación pública, en la Escuela pública.

 

                                                           Logroño   mayo – 2.015

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