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Opinión
El oído democrático

21/05/2015.

Las épocas de crisis invitan más a hablar que a escuchar. La boca necesita dar cauce a la indignación y, sobre todo, decir aquí estoy como respuesta a la invisibilidad y al desamparo. Resulta necesario llenar de palabras el vacío íntimo que provocan el miedo, la inestabilidad y la injusticia. Texto. LUÍS GARCÍA MONTERO

Pero hacerse presente no implica entrar en conversación. El ruido no es música, si acaso es un síntoma de las dificultades del entendimiento y de las dinámicas que renuncian al sentido. La queja está ahí, la protesta debe ser interpretada, y en la interpretación es necesario tener en cuenta no sólo el dolor que encierra el grito, sino también el significado de la voz que rompe y que se rompe. En el grito hay indignación, incertidumbre y desconfianza en las palabras del otro. Tal vez sea el último recurso del que quiere ser tenido en cuenta. Para eso sirve la sospecha. El grito suena a la despedida del que no quiere irse.

Las épocas electorales hacen mucho ruido. Los políticos están obligados a hablar, gritar y prometer. La política habla tanto que no tiene tiempo de escuchar. Buena parte de los electores, sumidos en una desconfianza legítima, tampoco están dispuestos a poner el oído. Tenemos demasiadas cosas que decir y que contradecir como para establecer una conversación. Hay situaciones que sólo invitan al monólogo o a las peroratas.
 

 


Obligarse a oír es un requisito imprescindible de la cultura democrática. Se trata de una obligación que debe ser tenida en cuenta, sobre todo, por la política. Conviene ser muy curioso, cultivar el oído democrático, saber escuchar, invertir mucho tiempo en las palabras del otro. Baudelaire afirmó que sólo un extranjero tiene derecho a contarnos su vida. Cuando la actividad oficial se separa de la realidad, cuando la gente es extranjera en sus instituciones, resulta imprescindible que un político deje de hablar por un rato y se dedique a escuchar.

El drama está esperando. Acudir a él con los oídos abiertos es la mejor manera de entender la crueldad de las instituciones y la falta de empatía de los gobernantes con el sufrimiento ajeno.

Una familia de Valdecarros cuenta su historia. Hace unos años consiguió una vivienda de protección oficial con un alquiler subvencionado. Mal que bien ha podido vivir con una renta baja, pagar el recibo de la luz y llevar a sus hijos al colegio. De pronto el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, propietarios de viviendas públicas, deciden vender a precio de saldo sus edificios.

Los fondos buitres de inversión aparecen como compradores perfectos. La especulación ha aprendido a hacer rentable la miseria y reconoce el desahucio como una práctica útil a la hora de buscar negocio. Las instituciones retiran las ayudas para el alquiler, los inquilinos no pueden pagar y los nuevos propietarios dejan en la calle a las familias, después de tres meses, por una deuda de poco más de mil euros. Mientras uno escucha, la niña lee un libro sacado de una biblioteca y el niño juega con una pelota.

No siempre se oye lo que uno espera. La falta de compasión de las instituciones se extiende con facilidad en la lucha por la supervivencia. Los necesitados compran la cultura de la falta de compasión, asumen la lógica del poder. Alguien más bajo en la escala social sirve para reforzar la autoestima.

La cita en este caso es en la parroquia de Santo Domingo de la Calzada, en la Cañada Real Galiana. Duele el terrible paisaje humano de la droga. Pero duele también otra droga: la necesidad social de fundar diferencias. Una mujer enfadada no quiere que la confundan con los rumanos que viven en el poblado chabolista El Gallinero. Un hombre enfadado no quiere que los problemas de su sector sean confundidos con los problemas de los emigrantes marroquíes de otro sector. Una mujer advierte que ella ocupó la casa en la que vive hace muchos años, antes de que el ayuntamiento hiciera el censo de la Cañada. Parece muy injusto que la traten como a los ocupas que han llegado después del censo. Y así.

La curiosidad por la vida ajena es la mayor lección de democracia que puede recibir un político. Hablar bien resulta muy vistoso, pero es más importante aprender a escuchar. Uno entiende la necesidad inmediata de que las instituciones se conviertan en seres vivos con capacidad de compasión. Uno entiende que es más importante comprender que juzgar. Uno entiende que no se puede luchar contra las injusticias del poder si se cae en el error de asumir su cultura.

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