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Opinión
E L E S P A N T O

03/06/2015.

Desagradable y miserable, a expensas de estudiar si se hicieron las cosas bien o no, si el protocolo se aplicó correctamente, si los responsables educadores, los compañeros, la familia reaccionaron cómo debieran haberlo hecho, con toda la sensibilidad a flor de piel, o no, con el cadáver suicidado de una adolescente que «no aguantó más». Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

En un instituto de la ciudad del Madrid, en el barrio de Orcasitas, un instituto más, público, en el que solo trabajaba un psicólogo cuando correspondía que lo hubieran hecho cinco, la iniquidad del acoso, de la presión cobarde y cruel contra una niña que no pudo soportar más . . .

                                                           Pero los recortes también estragan en silencio, mientra se estudia si el “protocolo ha funcionado correctamente o no”, con el director expedientado cautelarmente, con los supuestos acosadores, un chico y una chica, derivados a otro Instituto, a la busca de algún responsable a la que cargar el horror, lo inaceptable, la crueldad que se pudo ni se supo evitar.

                                                           Cuando resulta que uno reflexiona y concluye que se dedica ¡tan poco espacio! en el proyecto curricular, en la programación general y en la de aula a los aspectos de humanizar la educación, a trabajar los aspectos humanos, cívicos, de bondad, de respeto, de convivencia.

                                                           Cuando resulta que, y uno lo afirma y confirma con más de treinta y nueve años de trabajo en la enseñanza primaria y secundaria, se queda tan al margen de todos los esfuerzos docentes en adosar y acumular conocimientos, contenidos, más conocimientos, más contenidos. .  ., eliminada la educación para la ciudadanía, los necesarios objetivos que deberían desarrollarse sobre la capacidad y la urgencia de aprender a escuchar, a convivir, a respetar, a considerar al otro, . . . porque tal vez eso sería lo más importante si se comprendiese que, al menos en la enseñanza obligatoria, lo importante sería crear “sociedad” libre, respetable y respetuosa, honesta, honorable, digna y decente . . . por encima de lo último que está de moda . . . “la competitividad pura y dura, insana e inclemente. . . y se acepta con normalidad buscando “la excelencia” sin poner cuidado en lo que va desarrollándose al margen, con tantos fracasados desde tan cortas edades.

                                                           Y no ayudan los ejemplos públicos, no ayudan la indecente deshonestidad, la airada rabia de tanto personaje y personajillo mediáticos, la ira, la maledicencia, la gratuita o no capacidad de hacer daño al otro . . . desde la política “más o menos seria” hasta el espectáculo más frívolo televisado a así.

                                                           Por eso no puede quedar en un hecho aislado lo sucedido en el Instituto madrileño. No puede ser que el suicidio de una adolescente quede en una trágica anécdota.

                                                           Porque ¡hemos perdido todo!, y ¡tiene que tomar nota la Comunidad Educativa, los responsables educativos, desde el maestro más humilde hasta el ministro o ministra del ramo, porque nos debemos, se deben a todos y a cada uno de nuestros niños y jóvenes, por trabajar en valores, ¡sobretodo en valores y en principios!, por encima de todo en valores cívicos y morales, en principios humanos y sensibles, fraternales, solidarios, . . . porque, tal vez, ¡seguro!, sería, es lo más importante.

                                                           Y no habrá quedado en el olvido “el sacrificio” de la adolescente muerta, suicidada, huyendo del acoso intolerable, de la inhumanidad que no se supo detectar, cortar, impedir, corregir. . . mientras la niña huía hacia el vacío mortal.

                                                           Torre del Mar     mayo – 2.015

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