Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
B E R R I N C H E S

08/06/2015.

«Todos somos excepciones» «Un bebé, mi hermana mayor, que ya no llora porque ha aprendido a esperar». «¿Entiendes Ahmed, por qué tienes que ser bueno y estudiar?. No hay piedad, hijo mío. Solo puedes contar contigo mismo». Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Los berrinches de los niños pueden ser, y no estoy hablando de los lloros de malestar, de dolor, de pena infinita, estridentes, largos, larguísimos, aparatosos, muy aparatosos, a berrido limpio, reivindicativos, egoistones, inacabables, perseverantes, “porculeros”, inagotables, . .  .según la maña aprehendida y el logro que “saben” que pueden llegar a alcanzar.

                                               Los berrinches de los niños suelen servirles para comunicarse, son su vehículo “parlante” para dejar bien claro lo que quieren y hasta donde pueden estirar el grito y el lloro hasta llegar a conseguir lo que pretenden.

                                               Los berrinches de los niños nos los presentan como “puestos a morir”, sin consuelo alguno, justo hasta el instante en que ven que ya tienen lo que perseguían.

                                               Recuerdo a mi hija pequeña, cuando era un bebé, puntual como un reloj, justo a las diez de cada noche, en su cunita, poniéndose a berrear, sin un segundo de retraso, una noche tras otra, mientras yo acudía a su camita para con suaves golpecitos en la espaldita y susurros de nanas de “andar por casa” conseguir que la bebita cogiera el sueño más profundo para toda la noche. Y así una tras otra, cada anochecida,  a las diez en punto un día si y otro también.

                                               Preocupados por esta insistencia en el lloro sin consuelo aparente consultamos al médico por si la pudiera suceder algo grave o, para que si así no fuera el caso, nos aconsejara cómo podríamos reaccionar de otra manera.

                                               Y nos aconsejó que probásemos a “no hacerla caso” durante dos o tres noches. . . a ver.

                                               El lloro rompía el corazón, el berrinche, la rabieta  “se subía por las paredes”, pero nosotros, su madre y yo, aguantamos.

                                               A la tercera o cuarta noche la pequeña dejó de llorar “a las diez en punto de cada noche”,  y ella, con un par de besos, unas palabras tranquilizadoras, mucho cariño y mayor ternura, junto a los mejores deseos para que descansara bien. . . nuestra hija pequeña, aprendió a dormirse . .  .sin armarnos “la barrila” . . . a las diez en punto de cada noche”, con la normalidad soñada.

                                               Y uno no sabe si lo hizo bien o mal, porque ahora nos ponen en cuestión que tal vez fuimos ¿demasiado duros?, ¿demasiado insensibles?.

                                               Es verdad que hoy en día los “complejos de culpa”, “las maternidades y paternidades” desbordadas de amor desplegado y sin límites. . . piensan de otro modo y corren hacia sus retoños para que ¿no sufran?. . . por si ¿se les suelta el ombligo?.

                                               Y uno se queda solo cuando piensa y comenta que “los niños son egoístas por naturaleza” y que, tal vez, también hay que enseñarles que no todo es posible, encauzándoles hacia la capacidad de solventarse ellos. .  .”aprendiendo a esperar”, por ejemplo..

                                               En ese sentido recuerdo a mis dos gemelas, siendo unas niñas mocitas de unos cuatro o cinco añitos que, tras una noche en la que sus padres, es decir su madre y yo, no habían podido pegar ojo. Cuando llegó la sobremesa del día siguiente su madre fue a descansar y yo, que me quedé con ellas a su cuidado, las pedí que por favor me dejaran  también descansar y echar una cabezadita, y que jugaran sin molestar más de la cuenta.

                                               Las niñas estaban despiertas, alegres, espabiladas, radiantes, juguetonas . . . y decidieron que su objeto favorito, en ese momento, para pasárselo bomba era yo, precisamente yo, que no podía con mi cuerpo, y lo lograron . .  .¡claro que lo lograron!, subiéndose, pellizcándome, jugueteando, felices, con sus bromitas infantiles, ingenuas, encantadoras, ¡tan niñas!, ¡tan insensibles a mi agotamiento!. . . y claro que consiguieron que no pegara ni medio ojo. . . ¡encantos de la infancia!, sin duda y muestra de que su insensibilidad tal vez era acorde a su edad.

                                               Y es que así son los niños, esas personillas que . . . ¿probablemente? hay que enseñarles ciertas conductas, ciertos renuncios, ciertos comportamientos . . . incluso en contra de ¿su santa voluntad?, pero uno ya no sabe nada. . . aunque siga empecinado de no arrepentirse de casi nada, . . . porque al cabo es tan importante asegurar el desarrollo armónico de nuestros hijos como, de igual manera, asegurar nuestro propio desarrollo vital, porque es nuestra vida, nuestro crecimiento personal, profesional, existencial . . . también el que está en juego, incluso un poco al margen de nuestros retoños.

                                               Y porque nadie nos podrá echarnos en cara, a su madre y a mí, que quisimos a nuestras chiquillas sin reservas y sin lamentaciones, aunque supimos que . . . nuestros hijos eran y debían ser personas distintas, independientes a sus padres, con capacidad para llegar a ser autónomos. . . mejor antes que tarde.

                                               Pero en fin ya se sabe que uno va pasando a la “situación de reserva”.      

 

                                               Torre Del Mar    mayo – 2.015

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