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Opinión
SOBRE LA AUTOESTIMA . . .
y la educación . . .

30/06/2015.

Uno de los mayores atropellos que ha sufrido la educación obligatoria en nuestro país, en las últimas décadas, ha resultado el intento de aniquilar la asignatura de «La Educación para la Convivencia», como así lo han llevado a cabo el ministro Wert y el gobierno del PP al que pertenece lamentando que, después del desaguisado, sigan ganándose holgadamente la vida con el prurito de cuasi sabios, profesionales de lo suyo, de sobresaliente para arriba. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓ9MEZ

ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Y en todo caso es lamentable que la Educación en España haya dependido exageradamente de los vaivenes políticos.

                                               “Maestro, nunca imaginé que podría a aprender tantas cosas que no venían en los libros”. Jaime, de 11 años, tras mi último curso impartido.       

 

                                               “. . . me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza y conservo gran amor a mis maestros: Giner de Los Ríos, el imponderable Cossío, Caso, Sela, Sama, Rubio, Costa, D. Joaquín, a quien no volví a ver desde mis nueve años. Pasé por el Instituto y la Universidad, pero de estos centros no conservo más huella que una gran aversión  a todo lo académico”. Don Antonio Machado

                                               “Don Antonio era un maestro muy bueno. Aprobaba siempre a todos sus alumnos”. Alumnas que lo fueron del insigne poeta y maestro en Soria.  

                                               Las personas somos inmortales hasta que nadie se acuerde de quienes fuimos. Yo aún recuerdo a don Felipe, maestro a quien jamás conocí y  que lo fue de mi padre. Mi padre decía con frecuencia que lo que sabía y lo que había llegado a ser se lo debía a su querido e inolvidable maestro: don Felipe”.

 

                                               Mi primer grupo de alumnos recibidos en un 7 de enero de 1.975, en mi primer destino como maestro, estaba formado por unos veinte gitanillos, de distintas edades, “arrinconados” en un aula, para que fueran atendidos por mí “como me apeteciera y pudiera”, sin otro encargo que tenerlos “controlados”. No recuerdo que logré con esos muchachitos. Solo recuerdo que fue agradable pasar seis meses con ese grupo “condenado” de antemano. Desde entonces siempre “busqué” encargarme de los grupos con mayores dificultades.

 

                                               Recuerdo que hace unos cuantos cursos, bastantes, porque existía aún lo del tercer ciclo de primaria, y ya en octavo suspendí a un niño que “no había hecho prácticamente nada a lo largo del curso”. Estuve hablando con él, le pedí perdón por no haber sabido motivarle lo suficiente y me puse a su disposición a pesar de todo. Le mostré que, en cualquier caso, confiaba en sus posibilidades. Algún año más tarde me encontré con el muchacho, hecho un jovencito, que había corrido a saludarme y a decirme que “le iba bien”, de camarero, y que se acordaba mucho de mí. Fue un encuentro muy gratificante.

 

                                               Cuando yo empecé a trabajar existía de Sobresaliente a Deficiente y Muy deficiente, y todo colaba perfectamente como si la calificación de un niño estudiando su enseñanza “obligatoria” resultara “muy deficiente”, calificación con la que se quedaría para los restos el mocoso ¿tan deficiente?.

 

                                               Recuerdo que una psicóloga, hace años, defendía que los maestros “no aproaban o suspendían”, que eran los niños quienes “se aprobaban o se suspendían”, . . .y estaba hablando de niños y niñas de ocho años.

 

                                               Hubo una época, muy denostada y hasta ridiculizada, empezando por el propio colectivo docente y por otros áulicos “sabihondos” aupados a sus ínfulas, en que se decidió que se calificara a los alumnos con aquello “tan humano como despreciado” de “Progresa adecuadamente” y  “Necesita mejorar”, como si fuera un delito comentarle a un niño menor de 11 añitos  y a su familia que “Necesitaría mejorar”, o bien por el contrario que “progresaba adecuadamente”.

                                               ¡Qué rápido se volvió a calificar numéricamente!. Conocí a un maestro que sacaba hasta milésimas y que, claro, un 4,731 no llegaba a 5,000 y que por lo tanto eso era un “Insuficiente” inapelable. La estupidez autista del tal educando jamás fue puesta en evidencia.

 

                                               Así sin que se pusiera ningún énfasis en la necesidad de enseñar, de guiar, de mostrar, de exigir . . . tras estimular, contagiar, entusiasmar. . . porque tales parámetros eran muy difíciles de cuantificar.

 

                                               Incluso llamando a la alarma de la “falta de autoridad” creciente que, por lo visto, va sufriendo el colectivo docente, llegando a “confesar públicamente” por redichos articulistas que habría que terminar yendo a los Institutos con “chalecos antibalas”, esto último lo he leído en un diario de gran tirada.

 

                                               Recuerdo que jamás, a lo largo de mis más de treinta y nueve años de servicio público jamás tuve un contratiempo serio, ni con los alumnos, ni con sus familias.

                                               Recuerdo, sin embargo, un par de leves desencuentros: Recuerdo que un día recibí la visita del padre de una alumna muy brillante, de sobresaliente, a la que había calificado con un notable. El tal padre se me presentó uniformado, era comandante de la Guardia Civil, y venía a pedirme explicaciones por “ese notable” que consideraba injusto.  Le comenté muy amable  que la niña había mostrado una actitud negativa, pasiva y que yo había considerado que se merecía una “llamada de atención”. El padre lo comprendió perfectamente y me ofreció todo su apoyo y comprensión.

                                               También recuerdo, unos años antes, a una madre que llegó algo alterada porque a su hija solo le había puesto o un Suficiente o un Bien, no recuerdo muy bien. Naturalmente le expliqué las razones de mi decisión, le hablé de su hija, comentamos los ejercicios, los exámenes hechos, . . .  etc. y al fin concluí que “yo había creído que la nota que había puesto era la que yo creía más justa”. Dicho y aclarado lo anterior, pasé inmediatamente a rogarle a la madre que decidiera ella, la madre, con los datos facilitados, la nota que querría poner a su hija, pues “esa sería la nota definitiva”. Naturalmente la madre respetó la calificación puesta por mí. No hubo ningún problema.  

                                               Hace pocos días unos conocidos me comentaron que su hija, una cría de trece años, aparentemente espabilada, había dejado en 2º de la ESO cinco asignaturas pendientes y que ya venía arrastrando, de cursos pasados, una colección de “cates”.

                                               Exactamente y vuelvo a insistir, en Andalucía el porcentaje de fracaso escolar llega al 35% y en el resto de España ronda el 23%. Algo verdaderamente escandaloso que “suspende” sin paliativos a todo el sistema educativo español.

                                               ¿Y? ¿va a suceder algo que acometa y corrija, sí o sí, ese fracaso impresentable?, Salvo los apaños nuevos de cada curso, ¿algo se va a hacer para impedir que gran parte de nuestra población inicia su singladura juvenil y adulta en la vida con un sentimiento incontestable de fracaso, firmado y sellado en su expediente escolar?.

                                               ¿Es que esta cantinela de “cates” asumidos va a continuar sine die?. ¿Es que nadie se va a responsabilizar de ese fracaso mayúsculo?. . . y me estoy refiriendo a autoridades, especialistas educativos, inspectores, maestros, profesores, familias. . . como para que solo carguemos el acento cuando se trate de hacer la orla de final de curso, de final de ciclo, de final ¿de qué . . .? para tantos y tantos compatriotas que ya empezaron a fracasar cuando solo eran unos niños.

                                               Y al 100% de probabilidades ciertas la hija de mis conocidos no remontará en lo que le queda de educación obligatoria. Y al cabo podrá acceder a algún módulo, algún curso de formación, . . . encontrará algún trabajillo mal pagado, temporal, y . .  .saldrá adelante de cualquier manera, perfectamente manipulable, una estupendísima consumidora del nuevo mundo, de los tiempos que habrán llegado.

                                               Y la educación se habrá convertido en un tran tran de ir pasando los años mozos con mayor pena que gloria, a no ser que se destaque para acceder a la cúspide de “los triunfadores”.

 

                                               Y entretanto el gran icono de la juventud futbolera, el defensa franco y varonil donde los haya, Sergio Ramos, anda regateando “una mejora de sus condiciones ¿laborales?”, y es que el bravo muchacho pretende mejorar su sueldo de seis millones netos anuales y desea aspirar a los nueve millones netos anuales. ¿Y es que lo vale o no lo vale?.

                                               Exactamente nueve millones, es decir seiscientos “sueldos medios anuales” de a 15.000 euros el año, de los curritos de a pie de obra.

                                               Y de paso nuestros jóvenes no logran llegar a final de la ESO  en unos porcentajes inadmisibles, vergonzantes . . . intolerables.

 

                                               Logroño    junio – 2.015

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