Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
V E R A N E A N T E S

28/07/2015.

Ni mi familia ni yo llegamos nunca a ser turistas, y como nosotros millones y millones de . . . veraneantes. Sin contar con quienes, otros tantos millones, que jamás llegaron a ser ni turistas ni siquiera veraneantes y que tuvieron que conformarse en quedarse en casa. . . año tras año. Texto: ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Niño veraneante que lo fui, en el pueblo de mi padre, una aldea del Norte de Castilla, en el curso alto del río Tirón, un villorrio medio serrano, media apacible, a la vera de un molino que aprovechaba la corriente adolescente del río recién parido en la Sierra de la Demanda. Niño veraneante entre otros tantos, pasando las canículas del corto estío castellano, del que dicen exagerando que va de Santiago a Santa Ana. Niño veraneante alumbrando a la vida su expectación inacabable, madrugando desde el gorjeo matutino de los jilgueros jugando a chocarse frente a la contraventana semiabierta de mi alcoba, en la casa grande de mis abuelos, de adobe y canto rodado, mientras terminaba de desperezarme el aroma de las sopas de leche sobre la chapa caldeada de brasa pobre, hasta que se hiciera de noche entre historias de miedo, lechuzas que vigilaban amenazantes y sacamantecas que merodeaban los negros alrededores del pueblo de mi padre. . . donde yo veraneaba de niño y de mozo, donde yo aprendí torpemente a dar la mano a la chica de mi primer amor, mientras nos besábamos a ciegas. . .

                                                           Niño veraneante junto a mis padres que se atrevieron a pasar una semana en Zaragoza, que también quisieron probar eso de veranear fuera de casa, siquiera una semana, en Zaragoza para ir a visitar a La Pilarica, ir a comer a orillas del río Ebro, pasar la tarde callejeando y tirar la casa por la ventana yendo al cine un par de tardes.

                                                           Niño veraneante junto a mis padres en la pensión de la calle El Tubo, en Zaragoza, compartiendo habitación de alto techo, desvencijada, paridoras de ruidos aterradores, mientras yo me rebozaba bajo las sábanas gastadas de uso y lavado casi diarios, por no querer ver ni escuchar nada, mientras no podía evitar enterarme y escuchar que en la otra mitad de la habitación partida y dividida por un gran cortinón alguien dormía y roncaba a pierna suelta, . . . para que yo no me olvidara de aquellas cinco noches veraneando en la capital del Ebro.

                                                           Niño veraneante junto a mis padres veraneantes cuando lo de turistas nos caía tan grande que creíamos que eso . . . no éramos nosotros.

                                                           Niño veraneante en el recuerdo inalterable de quienes fuimos tan felices veraneando en los pueblos de nuestros mayores, cuando los turistas eran los otros. . .

 

 

                                                           Madrid    julio – 2.015

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