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El verano que se fue Di Stéfano

09/08/2015.

El mejor jugador de la historia del Real Madrid dejó el club blanco en 1964 tras desavenencias con Muñoz y Bernabéu Artículos de Alfredo Relaño

Di Stéfano, en su partido homenaje ante el Celtic.

Di Stéfano, en su partido homenaje ante el Celtic.

Me han preguntado mucho este verano, al hilo de lo de Casillas, si la salida de Di Stéfano del Madrid fue tan traumática. Ocurrió en el verano del 64. La historia fue así:

El Madrid ganó la Liga 63-64 y llegó a la final de la Copa de Europa. Di Stéfano seguía siendo inamovible. La final, el 27 de mayo, en Viena, contra el Inter de Helenio Herrera, iba a ser el desencadenante de su salida. La víspera discutió con Muñoz, el entrenador, delante del propio Bernabéu y del gerente, Calderón. Di Stéfano sostenía que el lateral derecho, Isidro (padre de Quique Sánchez Flores), debería ir a la media con Corso, falso extremo del Inter. Muñoz decía que no, porque el lateral izquierdo, Facchetti, velocísimo, encontraría un pasillo libre para aprovechar los lanzamientos de Luis Suárez. Di Stéfano llegó a sugerir que Amancio, extremo derecha, se fuera a la izquierda junto a Gento.

—¡A ver si Facchetti se atreve a quedarse en la izquierda o se va al otro lado a seguir a Amancio!

Era, me explicó en su día Di Stéfano, una forma de forzar la argumentación.

—Pasó lo que me temía. Ellos atacaban con Jair, al que cogía Pachín, y Milani, al que marcaba Santamaría. Isidro estaba solo, sin misión. Milani se movía, arrastraba a Santamaría, y Zoco tenía que bajar a tapar el centro. Total, atacaban dos y defendíamos con cuatro. Y en el medio eran más. Tenían el juego.

Di Stéfano insistía a Isidro que se fuera a la media sobre Corso, pero no se atrevía. Muñoz no quiso cambiar en el descanso. En la segunda mitad, Di Stéfano se acercaba al banquillo cada vez que podía para insistir en lo mismo. Muñoz acabó por mandarle a la mierda, Di Stéfano le mandó a la mierda a él. Todo con los peores gritos y modos.

—¡Yo me estaba preocupando por todo, matando a correr y me manda a la mierda! ¡Me podía haber quedado arriba, de delantero centro y allá cuentas!

El Madrid perdió 3-1. Era miércoles. El domingo se jugaba la vuelta de cuartos de Copa contra el Atlético. A la hora de hacer la convocatoria para el partido de vuelta, Muñoz no incluye a Di Stéfano.

Di Stéfano le pidió explicaciones. Muñoz le dijo que hablara con Saporta.

Tras la final de Copa de Europa perdida ante el Inter, Muñoz ya no contó más con él

Subió a hablar con él. Bernabéu acudió al despacho, pero no decía nada. Saporta le razonó que ya tenía casi 38 años (cumplía el 4 de julio), que había perdido la velocidad. Que podía quedarse en el Madrid “de lo que quisiera”, pero no le aclaraba de qué. Después de la bronca con Muñoz, la perspectiva no le era grata. Él pedía seguir jugando, se ofreció para, si en noviembre no era titular, aceptar ese “lo que fuera”, pero sólo cuando estuviera convencido. Al fin y al cabo, había sido titular en una campaña con título de Liga y final de Copa de Europa. Aunque también era cierto su número de goles bajaba. Sólo 11 en esa Liga.

La noticia se hizo pública: el Madrid le ofrecía a Di Stéfano un puesto fuera del césped. Mientras, el equipo perdió, tras desempate, la eliminatoria contra el Atlético. El joven Grosso, que precisamente había jugado media Liga como cedido en el Atlético, cargó con el 9 de Di Stéfano.

Recibe ofertas. Del Celtic. Del Espanyol, donde Kubala acaba de pasar de jugador a técnico. Del Betis. Del Milán, ante el que en esa misma Copa de Europa había hecho su última gran exhibición, en un 4-1 en el Bernabéu.

Eso le afianza en la idea de que aún puede jugar. Mientras, pide permiso para irse de vacaciones. Se lo niegan. Tiene contrato hasta el 30 de junio y ha de cumplir. Así que el 10 de junio juega obligado un amistoso en Rouen. Era la ampliación del estadio Robert Diochon, con inauguración de luz artificial. La alineación fue: Araquistain; Miera, Santamaría, Pachín; Muller, Felo; Evaristo, Pipi Suárez, Di Stéfano, Puskas y Gento. El campo revienta, acude incluso Maurice Herzog, mítico conquistador del Annapurna, a la sazón Ministro del Deporte de Francia. En Madrid, el partido apenas merece pequeños recuadros en prensa. Ese día se concentra la Selección con vistas a la fase final de la Eurocopa, que ganará con el célebre gol de Marcelino. En el grupo hay dos madridistas, Zoco y Amancio, que por ello faltarán a ese último partido de Di Stéfano, hoy olvidado.

Nunca volvió a hablarse con Bernabéu, aunque preguntaban a otros

Juega mal. Se retira en el descanso por un tirón. Le sustituye Yanko Daucik. El Madrid gana 1-4. El otro partido de la minigira por Francia, ante el Olympique de Lyon, ya no lo juega. El 24 de junio de 1964 el club anuncia oficialmente su baja como jugador. Atrás quedaban 11 temporadas, con ocho Ligas y cinco Copas de Europa.

Veranea primero en Niza, luego en Galicia. Acude a Madrid a algún encuentro con Saporta y Bernabéu. La prensa informa escuetamente de esos contactos. Siempre se dice que el acuerdo está cera. Versión Saporta, claro.

Pero el 19 de agosto, notición: ha fichado por el Espanyol. Circula la foto de la firma, con Kubala, Ricardo Zamora y el presidente, el audaz Vila Reyes, muy sonrientes detrás. No hay ningún acto de despedida en el Madrid, ni solo ni acompañado. Por los duendes del fútbol, el primer partido de la Liga 64-65 será Espanyol-Real Madrid. Rara imagen: el Madrid a un lado, Di Stéfano al otro, vestido de blanquiazul. Jugará bien, pero gana el Madrid 1-2, los dos de Puskas.

El Boletín del Madrid de septiembre publica en su página editorial la cartas cruzadas, todavía en mayo, entre Di Stéfano y Bernabéu, donde aquel le solicita la baja antes de tiempo y donde éste le esgrimía las razones por las que se la niega. Esta carta incluye la expresión DISCIPLINA IMPRESCINDIBLE, así, en versales. La publicación me pareció en su día, y aún hoy me parece, un acto excesivo y feo.

Acabó su carrera en el Espanyol, aunque su rendimiento fue en descenso

Jugó dos temporadas en el Espanyol, con rendimiento decreciente. Al final de la 65-66, al borde de los 40, colgó las botas. El verano siguiente el Madrid le ofreció su partido de homenaje, debido a todos los que cumplían diez años de permanencia en el club. Fue ante el Celtic de Glasgow, campeón de Europa trece días antes. Jugó unos minutos y luego cedió el puesto Grosso, confirmado así como su heredero. Fue la última vez que se saludó con Bernabéu. Se esfumó lo de quedarse “de lo que sea”.

Quedó desconcertado. Aunque pronto le saldría una oferta para entrenar al Elche, pensó primero volver a Buenos Aires. Y le dejó a Bernabéu un telegrama doliente:

“Don Santiago me voy a mi tierra-No sé si volveré pronto o nunca- En estos años se habló mucho de nosotros-Yo llevé la peor parte-Fui un fenómeno o un gamberro-Si no me acerqué a usted era porque no quería que creyera que buscaba un puesto regalado-Por lo menos eso no me lo puede quitar nadie-Lo que gané siempre fue con esfuerzo-Observé que para estar bien con usted había que ser falso-Tuve muchas desilusiones y nadie me dio moral-Usted como padre me falló-Ahí se ve que nunca tuvo hijos porque los padres siempre perdonan-Si no vuelvo más le llegue a usted mi felicitación y mi recuerdo cariñoso-Un abrazo-Alfredo.”

Bernabéu cambió de nombre su barca de pesca. Borró el de Saeta Rubia, que le había puesto en homenaje a Di Stéfano, y la rebautizó como Marizápalos, el apodo con que de niña conocían en familia a su esposa, Doña María.

No se volvieron a hablar. Pero siempre preguntaron el uno por el otro a los conocidos comunes

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