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Vocalía de Flamenco
EL FLAMENCO EN VERANO
Artículo de opinión

25/08/2015.

Hace aproximadamente cincuenta años que se inventó una forma diferente de exponer el flamenco, los festivales de verano, que hasta entonces sólo se podía disfrutar en los teatros, cines, plazas de toros, plaza de cualquier pueblo, almacén habilitado para el caso, etc. Este tipo de espectáculos nació como consecuencia de la imposibilidad de ofrecer el «nuevo flamenco» que estaba surgiendo, en contraposición a los ramplones espectáculos cuajados de «niños» y «niñas», en los mismos escenarios donde se ofrecían éstos.

Y, además, creo yo, para dejar claro que la época neoclásica venía con una estética nueva que habría de distinguirse de la anterior hasta en la forma de ofrecer el cante, el toque y el baile. De este modo surgieron festivales, hoy emblemáticos, en Utrera, Lebrija, Puente Genil, Ronda, Morón, Pegalajar, Los Ogíjares, Casabermeja, Alhaurín de la Torre, Alhaurín el Grande, Ojén, Guaro, Monda,  Gaucín, Jerez, Granada, Córdoba, Sevilla, Almería... Éstos y muchos otros repartidos por toda la geografía andaluza llenaron las noches de estío de flamenco, de caracoles, de gazpacho, de vino, de gente ávida de lo anterior, de artistas de una gran categoría, de otros que pasaron sin pena ni gloria, de trabajo para aquellos que no lo tenían, de un nuevo público, de una estética nueva definida y determinada por el “cante gitano-andaluz”, de las formas más conservadoras sin cuartel para los “enemigos” de la “pureza”; en fin, de todo eso que genéricamente llamamos arte flamenco. Pero, como ocurre con todas las cosas del universo, nada es eterno sino efímero, cambiante, distinto según el cristal con qué se mira. De tal modo, que hoy los festivales flamencos poco o nada tienen que ver con aquellos, aunque queden algunos que se empeñan en perpetuar lo inaguantable y en molestar al personal que año tras año vuelve al recinto donde el flamenco lo convoca. Así sucede en lugares del flamenco todavía, donde los carteles son un listado interminable de artistas, para solaz del encargado del bar y disgusto de los verdaderos aficionados que se acercan, a pesar de todo, a sus recintos.
 

En el transcurso de los últimos años se vienen celebrando en Andalucía una media superior a doscientos festivales flamencos que generan unos ingresos aproximados de tres millones de euros y suponen casi el 7,4 por ciento de los festivales de música, lo cual nos da una idea de la importancia económica de estos eventos[1], organizados por peñas flamencas y ayuntamientos, cuya duración es de una noche –raramente encontramos algunos que extienden la celebración a más de dos días- y que se suelen celebrar mayoritariamente en el calor de la noche. Su sustento económico proviene principalmente de alguna institución pública y en ellos no se busca la rentabilidad económica, por lo que no es de extrañar que una mayoría aplique la política del gratis total o la de precios populares. De esta manera se asegura el lleno y se acerca el flamenco a las personas cuyo poder adquisitivo es bajo. Este fenómeno se da con frecuencia en los pueblos y pequeñas ciudades.
En los tiempos que corren, un festival flamenco debiera no pasar, como cualquier espectáculo sea del tipo que sea, de las tres horas más o menos. Debiera comenzar, como ocurre en cualquier espectáculo, a la hora anunciada. El bar debiera no existir y si está que sea fuera del recinto. Un número razonable de artistas me parece suficiente para colmar los gustos y las apetencias de la afición, siempre que éstos no se repitan y se atengan a una estructura de espectáculo previamente diseñada por la organización. El sonido, las luces, la cartelería, los camerinos, la atención a los artistas, el tratamiento en los medios de comunicación, la presentación sobre la base del conocimiento y la capacidad didáctica de quien la ejerza, etc. deben ser parte esencial del festival para que el resultado de éste sea feliz y enriquecedor. Con las características que acabo de apuntar encontramos no muchos festivales, pero los hay cada vez más, sobre todo aquellos que se han recuperado o que han nacido hace unos pocos años. Pero hacia esta estructura debieran encaminarse todos. De los artistas, que  no deben permitir abusos, de los organizadores, que deben asesorarse de los profesionales y de quien sabe de esto, del público que debe rechazar lo que no le guste, y de las instituciones, que deben apoyar a los que presenten proyectos serios e imaginativos, depende que los festivales sean espectáculos dignos, divertidos, baratos, enriquecedores, atractivos y garantes del buen flamenco.
 
Los festivales flamencos en Málaga gozan de características similares a las del resto de estos eventos flamencos de verano, que si bien en los comienzos nacieron muchos, algunos no llegaron a la mayoría de edad, otros tuvieron épocas de sombra y tiempos de luz, y unos pocos han ido desapareciendo; aunque los de más prestigio siguen reclamando la atención del aficionado cada verano en una fecha más o menos fija. En Málaga se celebran alrededor de cincuenta festivales entre los meses de junio y diciembre –generalmente la gran mayoría de ellos se celebra los meses de julio y agosto, pero en junio tiene lugar el de Alhaurín de la Torre, en octubre el de Fuengirola y en diciembre el de Vélez-Málaga-, casi todos con el mismo formato y características similares: recintos al aire libre –por razones obvias, el Festival Flamenco “Juan Breva” de Vélez-Málaga se celebra en el Teatro del Carmen y el Fuengirola en el Palacio de la Paz-, ambiente distendido y jaranero en el que abundan la bebida y la comida, escenografías y luces sin mayores pretensiones, un sonido cada vez más profesional aunque sin llegar a la excelencia, duración de una noche –Monda, Guaro y Gaucín son la excepción con un formato de dos días- que comienza sobre los once y suele acabar en las altas horas  de la madrugada, aunque afortunadamente ya pasaron a mejor vida aquellos que acababan con el alba, con carteles excesivamente largos en algunos casos y en otros casos dirigidos por supuestos presentadores que adolecen en general de conocimiento y falta de pedagogía, pues antes de tener una voz más o menos agradable, saber contar un chascarrillo más o menos gracioso, leer un ripio con cierta entonación, etc., hay que dominar el tema del que se habla, se debe conocer el flamenco y, además, saber comunicar esos conocimientos a los demás; aunque desafortunadamente lo de la presentación es una cuestión menor para los organizadores de estos eventos, por cuanto generalmente no se le da mucha importancia y casi siempre se prefiere el presentador ya conocido –alguno lleva la friolera de treinta años repitiendo el mismo discurso en el mismo festival- al que sabe del tema y lo expone de manera amena y didáctica. Yo mismo he compartido la presentación de un festival, en un pueblo de la Costa del Sol, con un famoso presentador –tristemente fallecido en un país de América del Sur-. Tal era su impericia y su ignorante desfachatez, que mientras hacía la presentación de “El Perro de Paterna”, me espetó micrófono en mano: “Paco, este perro no ladra, ¿verdad?” Y no lo dijo para hacer un chiste de mal gusto. El coste medio de un festival flamenco de verano en Málaga está entre los diez y los setenta mil euros y sus ingresos raramente llegan a cubrir los gastos de producción del mismo[2]. El cartel, compuesto por un número que oscila entre los ocho y diez  artistas  –cante, baile y guitarra-, suele estar encabezado por una o dos figuras de nombre y tirón popular, dependiendo del lugar, pues en cada uno tienen su particular ídolo. En casi todos aparecen uno o más artistas de la provincia y el inevitable aficionado local. La guitarra de concierto no existe, o si aparece es para rellenar o como consecuencia de haber ganado el concurso convocado por la peña flamenca que organiza el festival. El baile flamenco no suele ser habitual, aunque cada vez más veamos baile protagonizado por profesionales, no por la academia del pueblo o el cuadro de la peña, que aunque algunas veces tenga una cierta calidad, lo natural es que actúe para satisfacer el esfuerzo de las criaturas que llevan aprendiendo varios meses y tienen que demostrar lo enseñado por la profesora de turno. Bajo este patrón organizativo y artístico se celebran la mayoría de estos festivales de verano, aunque cada pueblo intente diferenciarse del próximo introduciendo variantes que buscan la exclusividad.
NOTAS


[1] Según datos recogidos por Silvia Calado Olivo, en la Sociedad General de Autores de España (SGAE), autora del estudio económico titulado “El negocio del quejío”, que fue publicado con el nombre de “El negocio del flamenco” por la editorial sevillana Signatura Ediciones en 2007.
 
[2] Datos obtenidos de un muestreo confeccionado a partir de treinta festivales con distintas programaciones y características artísticas, que se celebran en lugares diferentes y alejados entre sí de la provincia malagueña. Las cifras obtenidas sobre las que trabajamos son aproximadas, pues los organizadores se resisten a dar datos exactos, bien por precaución, bien por esa tendencia general a no actuar con transparencia cuando hay dinero público por medio.

 

 
 
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