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Opinión
L A V U E L T A A L A E S C U E L A

30/08/2015.

Seguro que muchas madres, padres, abuelas y abuelos están descontando los días para que sus retoños vuelvan a la escuela, porque ¿dónde iban a estar mejor?. A principios del siglo XX el analfabetismo en Andalucía rondaba el 80%. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Antaño, cuando éramos niños, el maestro se reunía con el padre y le comunicaba . .  . “si su hijo valía . . . o si no valía”, y el padre obedecía. Si el hijo valía a estudiar aunque hubiera que sacrificarse hasta lo inimaginable, si no valía no había nada más que hablar, a buscarle un trabajo al mocetín y a correr. . . que no había que darle más vueltas a la cosa de la enseñanza.

                                                            Dijeron hace pocos años que “Leer era la mejor lección”. De hecho la normativa institucional indica la conveniencia, la obligación de que los alumnos de Primaria deberían leer “todos los días, en todas las sesiones, en todas las asignaturas . . .” y sin embargo no se cumple. . . porque sin saber leer perfectamente, comprendiendo cuanto se lee, amando y disfrutando leyendo . .  .será imposible que el trabajo escolar sea atractivo y provechoso para la inmensa mayoría de todas las niñas y todos los niños.

                                                            Y los infantes acudirán a la escuela con todas las ilusiones intactas, con tosas las expectativas que . . . desconocen, por cumplirse. . .

                                                            Pero aún desconocen el intríngulis de la enseñanza primaria y hasta secundaria, basado en el desconocimiento que “debe” tener el alumno frente a lo que le vayan a enseñar, una unidad por cada dos semanas, por ejemplo, que si ahora “la resta con llevadas”, que si luego “las funciones del pronombre”, que si también “las funciones vitales de los seres vivos”. . . y así con la sorpresa por medio, para que el niño vaya “avanzando” hasta que . . . “llegue a creerse que tal vez domina el asunto y hasta podría llegar a “comprometer” al maestro o a la maestra”, tanto como para hacerle preguntas impertinentes, como para que rápidamente “se pase a la siguiente unidad”.

                                                            Y así hacia el éxito vía sobresaliente o hacia el fracaso prematuro vía insuficiente. 

                                                            Mientras se puedan ir produciendo situaciones como poco chuscas, como cuando resulta que pueden haber alumnos que “no sepan leer”, ¡sencillamente, rotundamente!, y el infante, con sus siete, sus ocho, sus nueve añitos . . . enfrentado a “tener que aprender . .  .lo que solo es capaz de deletrear, sin entender, sin ser capaz de leerlo con fluidez y comprensión”.

                                                            Y así, curso tras curso, hundiéndose poco a poco en la desesperación de quien no tiene “medios, armas” por salir del cruel atolladero en que se puede convertir la escuela para aquellos que no pueden seguir el ritmo del resto.

                                                            Y llega un momento que uno ya no recuerda cuando, en qué día, en qué mes, en qué curso, uno fue retirado al fondo del ostracismo, hacia la exclusión, la invisibilidad de los últimos de cada clase, el fracaso acumulándose hasta la frustración que habrá que ir inventándose como llevarlo a cuestas, . . . como si no fuera para tanto, cuando uno desde tan pequeño . . . ya se ve ocupando los últimos lugares.  

                                                            Y entretanto los niños soñando, con toda la inocencia a borbotones, con los amiguitos con que habrán de encontrarse en la escuela.

 

                                                            Torre del Mar    agosto – 2.015

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