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DIFUSIÓN Y CRÍTICA DEL ARTE FLAMENCO ( II )

12/09/2015.

La crítica debe ser respetuosa con las personas y las instituciones, veraz y rigurosa, pero los artistas, y los dirigentes públicos que administran el flamenco, deben aceptar que son objeto de la misma por cuanto, por su propia condición, están expuestos al veredicto de otras opiniones escritas o habladas. Texto. Paco Vargas

(Continuación)
Pero si ésa era la situación de un incipiente periodismo flamenco en los últimos veinte años del siglo XIX, ésta no cambiaría mucho en los años siguientes, ya dentro del Siglo de las Luces Flamencas, el siglo XX, que sin duda es el de la consolidación del arte flamenco, como hecho artístico diferenciado, con todo lo que eso conlleva. Así las cosas, en los primeros cincuenta años la prensa y la radio apenas si se ocupaban del flamenco: no tiene cabida en las secciones  específicas, limitándose las crónicas a la reseña de espectáculos teatrales que eran protagonizados por las grandes figuras de la época como Manuel Ortega Juárez  “Manolo Caracol” o José Tejada Martín “Pepe Marchena”, reseña que solía hacer el crítico de teatro porque el de flamenco no existía.  La crítica flamenca como tal no aparecía en las páginas de periódicos y revistas. Lo que no quiere decir que se pudieran encontrar anuncios de espectáculos y noticias sobre las figuras más señeras del flamenco. Así como artículos sobre el tema, encargados a escritores y periodistas de nombre y cierto prestigio. Es decir, que la prensa estaba interesada en el tema entre otras razones porque el asunto estaba en el candelero. Por eso, quizá, sea en este siglo cuando nos encontramos a personajes como  José Carlos de Luna, aquel polifacético malagueño que no daba una, Sebastiá Gasch, precursor de la crítica flamenca que ejerció la misma de acuerdo a sus propios principios y saberes, o al ínclito Galerín, a través de cuyas entrevistas conocemos más de los artistas que lo fueron en la época que éste vivió. Y junto a estos, otros muchos que llenarían innecesariamente los renglones de este artículo. Todavía quedaban, sin embargo, restos del poso antiflamenquista en plumas como la de Eugenio Noel -y de otros escritores de la Generación del 98-, que tuvo un protagonismo cierto en la agria polémica que se suscitó con el ya mencionado concurso granadino auspiciado por el músico gaditano –afincado entonces en Granada- Manuel de Falla y el joven poeta granadino Federico García Lorca. Ocho años después llegaría una bocanada de aire fresco, más simbólica que efectiva, en forma de revista, llamada “Cante Andaluz”, que sería sólo eso, un soplo, pues su vida fue tan efímera que sólo llegaron a salir de la imprenta tres números. Tras el paréntesis de la Guerra Civil, durante los años cuarenta y cincuenta, el flamenco no tuvo un trato diferenciado ni específico en la prensa escrita ni en la radio, limitándolo si acaso al comentario de algunos espectáculos importantes que protagonizaban las compañías encabezadas por alguna figura de la época. De este tiempo es la revista “Dígame” que trató el flamenco con asiduidad y con respeto, de tal modo que sus páginas son un documento imprescindible para conocer cómo era el arte flamenco de aquellos años.

 
Pero el periodismo especializado y la crítica como tal no llegaría hasta mucho más tarde, después de que Anselmo González Climent publicara su ya mítico libro “Flamencología”, un término que al final acabaría imponiéndose y siendo adoptado por todos hasta el día de hoy. Es, efectivamente, a partir de los años cincuenta cuando empiezan a aparecer los primeros programas de radio que tratan exclusivamente de flamenco: es este medio el que cumple un papel trascendental en la difusión del flamenco, siendo uno de sus pioneros Rafael Belmonte, con el programa “Cantares de Andalucía”, en RNE. Y junto a él, Vicente Marco, en Madrid,  Juan de la Plata, en Jerez, Romualdo Molina, Alfonso Eduardo Pérez Orozco y Miguel Acal en Sevilla. Y como consecuencia de los anteriores, en 1960,  se inició la ya legendaria “Tertulia de Radio Sevilla”, en la que participaron habitualmente el citado periodista Rafael Belmonte, el escritor y flamencólogo Manuel Barrios y el cantaor Antonio Mairena.
 
Lo cierto es que los medios de comunicación se interesaban más por aquellos espectáculos que reflejaban una España de pandereta, empalagosos y prosaicos, muy del gusto del respetable que prefería las milongas y los fandanguillos a las seguiriyas, porque para tragedias ya habían tenido bastantes con la reciente guerra de la que apenas si acababan de salir vivos de milagro: muchos de los que no murieron en el frente, murieron debido a la miseria y al hambre que trajo la posguerra. Estos ejemplos que pongo no son sino muestras al azar de cómo se trataba el flamenco en los medios de comunicación de información general, que ya sí comenzaban a tener en sus plantillas periodistas profesionales o colaboradores especialistas en flamenco; aunque la verdad es que tampoco abundaran porque, como ocurre en la actualidad, o no se les pagaba o se les pagaba mal y tarde: buscando semejanzas, lo mismo que todavía ocurría en los cuartos de las ventas con los artistas flamencos. Sea como fuere, a la luz de los hechos y con la perspectiva que da el tiempo, el periodismo flamenco de los años inmediatamente posteriores al Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba –que nació a imagen y semejanza, hasta en la denominación original, del ya citado Concurso de Cante Jondo de Granada-, supuso un gran paso en el tratamiento del flamenco, aunque sólo fuera desde el punto de vista divulgativo.
 
A partir de los años setenta–los anteriores a la desaparición de la dictadura franquista y la llegada de la Democracia- el periodismo flamenco tuvo un auge espectacular: era raro no encontrar noticias de flamenco en los medios de comunicación ya fuera a nivel nacional, regional o provincial –los medios locales llegarían después-. Y quien se ocupaba de la sección de flamenco solía ser alguien con conocimientos y preparación suficiente para llevar a cabo labor tan delicada, por cuanto estaba en juego, una vez más, la pura supervivencia del flamenco como arte: había que difundir y enseñar, había que darlo a conocer de manera seria para que la gente lo viera como algo natural y aprendiera a quererlo y respetarlo. Publicaciones como “Pueblo”, “Informaciones”, “Triunfo”… se ocupan del flamenco y lo difunden, aunque la mayoría de ellos sólo lo hiciera de manera aséptica, sin entrar en mayores disquisiciones, limitándose a exponer el hecho y dejar que el lector sacara sus propias conclusiones.
 
Hoy, en la era de las comunicaciones, los medios donde se puede ejercer el periodismo flamenco siguen sin enterarse, el periodismo flamenco no está presente en sus redacciones, quizá porque no exista como tal: empecemos por convenir que la figura del periodista flamenco, como profesional puro que vive exclusivamente de su profesión, no existe en las redacciones de los periódicos y revistas ni está contemplada su figura en las plantillas de otros medios como la radio o la televisión. Es decir, el periodista flamenco –salvo contadas y honrosas excepciones- existe por afición: primero es aficionado y después es periodista. Cuando ambas variables se dan, pues el medio ha encontrado la solución. Y si no es así se echa mano del primer becario que llega y se le endosa esa labor que nadie quiere. No existe, pues, el estatus de periodista flamenco, entre otras razones porque el flamenco en los medios sigue interesando poco o muy poco como algo necesario para la demanda de los lectores, otra cosa es la información producida por algunos artistas flamencos que nada tienen que ver con su profesión sino con su vida privada y su estúpido glamour. Y esto, vuelvo a insistir, es así porque a los medios de comunicación no les interesa. Y porque, lo que es peor, tampoco les interesa a los aficionados, que leen poco y mal lo que se publica sobre flamenco, algo que les apasiona según afirman pero que no cultivan lo suficiente. ¿Dónde está el problema entonces? Pues, muy sencillo, en que los flamencos –desde los artistas y responsables culturales hasta el último de los aficionados- no leen. No les interesa. El flamenco es analfabeto. Así de claro. Quizá por esa razón desparecieran revistas de importancia y prestigio como Candil, La Caña, Sevilla Flamenca, Flamenco100 o El Olivo Flamenco, esta última después de estar más de veinte años en los kioskos y librerías.
 
Hoy se escribe más que nunca de flamenco. Internet se consolida como el medio más aceptado y extendido, aunque la prensa diaria y las revistas especializadas sigan siendo una referencia obligada. Claro que, acaso, también aquí, haya una cierta inflación de amanuenses. Pero el tiempo hará de crisol. En la red se multiplican los portales o sitios dedicados al flamenco. Y proceden de países muy distintos, lo cual es más que revelador. Pocas formas mejores de mostrar la globalización del flamenco: podemos encontrar páginas flamencas lo mismo en la UE que en los EE.UU. pasando por  otros países latinoamericanos y algunos orientales, tales como Japón o Irán. Es una evidencia de que el flamenco está dejando de ser patrimonio andaluz para convertirse en patrimonio oral de la humanidad. Y que su prestigio social asciende.  Así las cosas, fusiones e influencias múltiples resultan inevitables, imparables. Pero también las adulteraciones, las simplificaciones, las mistificaciones. Pero no temamos, si el flamenco no estuviese tan vivo, se estancaría y estaríamos contribuyendo a su agotamiento, aunque afortunadamente constatamos todo lo contrario: el flamenco crece y llega a públicos físicamente lejanos y culturalmente mucho más alejados aún. Por lo tanto, congratulémonos de que en la gran red telemática se hable, se polemice, se divulgue, se prestigie  y se escuche flamenco. Es la garantía más fiable de que hay flamenco para rato.
 
La crítica está mediatizada y algunas bocas prefieren el silencio alimenticio a la verdad. Y es que aquella frase que le dijo la gitanita del Sacromonte al cacique –qué figura tan andaluza-, “En mi hambre mando yo”, tiene hoy distintas lecturas. Los artistas se rebelan contra la crítica en general sin distinguir entre la crítica seria y honesta y aquellos otros que hacen de la crítica un medio más que un fin. Se esté o no de acuerdo con ella, la ampara la libertad de expresión que recoge nuestra Constitución; pero cuando esa libertad se convierte en insulto, es la Justicia –pilar básico en un estado de derecho- la que debe hacerse cargo del asunto. La crítica debe ser respetuosa con las personas y las instituciones, veraz y rigurosa, pero los artistas, y los dirigentes públicos que administran el flamenco, deben aceptar que son objeto de la misma por cuanto, por su propia condición, están expuestos al veredicto de otras opiniones escritas o habladas. En este sentido, el escritor Manuel Ríos Ruiz, que lleva media vida ejerciendo la crítica, escribía: “Es conveniente, pues, abogar por el establecimiento en la crítica del flamenco de una voluntad verdaderamente constructiva y orientadora, que la sitúe en un plano de utilidad y eficacia, tanto para los artistas como para el fomento de la afición (…) Si el flamenco es un arte llamado a evolucionar, precisará de una crítica ecuánime y responsable, que no ignore su sentido de música innominada, inescrita, y que principalmente tome conciencia de que al cante no le puede faltar lo que se ha dado en llamar su almendra, esa flor repentina de lo espontáneo, de lo personal e inaprensible”. 
 
El periodismo flamenco tiene una función primordial: la de informar; pero también la de reflexionar y la de analizar, la de criticar, que no tiene por qué ser siempre de manera negativa, sino que puede ser –y debiera ser- hecha de una forma positiva, que aconsejara y construyera; ofreciendo una cierta unidad de criterio y una imagen seria y creíble ante quienes nos leen y ante quienes criticamos. Si no somos capaces de conseguir esto, será muy difícil que logremos el respeto y la consideración, tan necesarios para ejercer nuestra labor dignamente, que hoy por hoy no tenemos. La diversidad enriquece el arte flamenco y enseña a distinguir el grano de la paja a la vez que nos descubre otras caras de ese prisma que es el arte flamenco y que creíamos ocultas o simplemente no queríamos ver. El arte es consustancial con la libertad y el crítico no puede vivir ni escribir de espaldas a ella. Hemos de mantenernos vigilantes y saber ejercer nuestra labor con la responsabilidad que exige el deber y el trabajo bien hecho: riguroso, honesto y fiable. Frente a la anécdota, el dato, el documento, el análisis exhaustivo. Frente a las presiones, la firmeza de la propia verdad. Frente a la descalificación, el respeto. 

Con todo, este panorama escasamente alentador no debe arredrar al crítico, pues debido al esplendente momento que vive el arte flamenco, los encargados de recoger su historia deben posicionarse y cargarse de responsabilidad, aún a sabiendas de que su labor es mirada con desconfianza –cuando no con desprecio-, pero siendo conscientes de que son creadores de opinión y de que su aptitud y su actitud contribuyen, en mayor o menor medida, al resultado final del mensaje. Sin embargo, no nos engañemos, ese edificio está aún por construir: la situación actual de la crítica flamenca no es esperanzadora. Y mucho me temo que en un futuro las cosas seguirán igual o peor que están ahora.

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