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Opinión
D E S A M P A R O

18/09/2015.

Recuerdo que alguna vez me contó mi madre los días que pasó escondida, allá en su Bilbao natal, en tiempos de la guerra, aterrorizada, sin saber muy bien por qué llegó a encontrarse en aquella situación tan poco habitual, tan atroz e impactante, sin que nadie le explicara mucho entonces qué era lo que sucedía Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Algún tiempo más tarde había comprendido, mi madre,  qué había pasado durante aquellos terribles días, aquellos días y aquella situación que jamás pudo olvidar, desde su angustioso recuerdo.

                                                            Resulta que “la liberación” de Bilbao iba a ser inminente por las “fuerzas golpistas”, en aquellos tiempos terribles e inolvidables, los bombardeos a la población civil se incrementaban, la situación parecía insostenible, y, por supuesto, los niños eran las víctimas más desprotegidas en ese trágico asedio que auguraba la entrada de las tropas enemigas en cuestión de días.

                                                            Las autoridades republicanas junto a los representantes de la sociedad civil decidieron fletar un barco, con la urgencia del caos y la amenaza, en el que embarcarían a todos los niños  que pudieran registrar, a la carrera, con el objeto de “retirarles” del teatro de operaciones, de la entrada de las tropas facciosas, de los peligros que se anunciaban como seguros, como intolerables para que pudiera asegurarse una supervivencia de los niños de la ciudad vasca.

                                                            Entre esos niños estaba mi madre. Muy pronto recibió toda la documentación, incluso el cartón donde iría escrito su nombre y sus datos más esenciales, y que debería llevar colgado al cuello en todo momento.

                                                            Toda la familia había aceptado la situación, . . . todos habían asumido el embarque de la niña, de mi madre, en el barco que la llevaría a . . .  Rusia.

                                                            Todos menos mi abuelo, menos el padre de mi madre . . . que no acababa de convencerse.

                                                            Recordaba mi madre y así me lo contaba como el día señalado, cuando ya ocupaba su lugar en la fila, con el cartón colgado al cuello, en medio de un gentío enfebrecido, entre lágrimas, gritos, abrazos, empujones, acercándose a la mole de hierro, al barco amarrado al muelle y que iba acogiendo los cientos de niños que iban embarcando.

                                                            Mi madre se iba acercando a la nave. Ya quedaba menos, cuando mi abuelo lo decidió. Sin explicar nada a nadie, me contaba mi madre, que, sin decir una palabra, mi madre fue arrancada de la fila, por su padre, y sin volver la mirada atrás, con el pánico metido en las miradas de ambos, mi padre y su hijita escaparon a un escondrijo, a un lugar que no reconoció y donde pasaría varias semanas . . . a salvo de los acontecimientos terribles, trágicos que conmocionaron la ciudad de Bilbao, mientras mi madre permanecía escondida . . . de ese modo y gracias a la brusca decisión de mi abuela mi madre no llegó a convertirse en “una niña de la guerra” y su vida tomó otro rumbo. . . diferente.

                                                            Por otra parte el insigne y reconocido poeta e intelectual Antonio Machado, en 1.939, finalizando la guerra fratricida, la guerra incivil que asoló España y que provocó la huida de casi un millón de españoles, también formó parte de esa legión de desesperados que trataban de escapar del horror, de la persecución injusta, de los vencedores que no iban a perdonar . . . la derrota, y Antonio machado, el hombre bueno, el gran poeta, el valiente intelectual, el hombre tímido, pobre, envejecido de pena y tristeza . . . atravesaba la frontera española con Francia, a pie, junto a su familia, su madre y su hermano, sin dinero, “desnudo como los hijos de la mar”, sin recursos, sin esperanza, con el desamparo más absoluto negándole todo horizonte de reconocimiento, de dignidad, de supervivencia plausible y posible, junto a miles y miles de compatriotas que también buscaban “refugio” fuera de su país, allende de sus fronteras. .  .  

                                                            Y uno cuando repasa fotografías, reportajes de aquellas situaciones de espanto, de huida . . . las de entonces, las de siempre, las de ahora . . . lo que más impresiona son las miradas de desamparo, suplicantes, de quienes ya no pueden más, de quienes no saben dónde se encuentran, hacia dónde van. . . y cuál será la próxima dificultad que habrán de intentar superar. . .

                                                            Mientras la historia de la humanidad sigue desarrollándose entre crímenes que se suceden, de “los unos contra los otros”.

 

                                                            Torre del Mar   septiembre – 2.015

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