Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
L A V I D A

29/09/2015.

«Esto, la vida, es un minuto y se va. Tenemos la eternidad para no ser y solo un minuto para ser». José Múgica Y sin embargo, habiendo tanta verdad en las anteriores palabras, ¡cuánto nos cuesta creérnoslas!. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Y andamos entretenidos, entre ansiedades y angustias, por vivir más aprisa, como si nos fuera a alcanzar el tiempo, incluso antes de llegar  a cerciorarnos de que ya ha llegado la hora, porque siempre termina por llegar . . . la hora.

                                                Ya lo decía mi madre con frecuencia: “que la vida es muy larga y muy corta”. Y nosotros de jóvenes respirábamos para que los días pasaran “sin enterarnos”, siempre por llegar “antes de tiempo” a la fecha señalada, a la ocasión soñada, al encuentro por el que tanto habíamos suspirado, mientras tachábamos en el calendario desesperados porque todo corriese tan deprisa.

                                                “La vida es un milagro; la vida es un regalo, y solo tenemos una”. Como para seguir intentándolo a cada segundo, a cada minuto, como si se nos fueran a acabar los días antes de que llegase a ocurrir lo deseado, por el milagro de sentirnos vivos y libres, sin tregua por llegar a sentirnos desesperadamente vivos, por ser capaces de encontrar la razón de tanto empeño, sintiéndonos fuertes y alegres . . . aunque todo corriese a la velocidad del vértigo.

                                                Junto a la solidaridad por no habernos sentido solos, por no haberlo querido, desde el instante de habernos sentido atrapados junto al devenir común, de quienes y para quienes la vida iba resultando un regalo inigualable.

                                                Hoy hojeando el diario he podido contemplar un par de fotos. En la primera se podían ver como unos uniformados húngaros se alzaban sobre sus prepotencias sobre un grupo nutrido de refugiados a los que habían “amontonado y obligado a sentarse sobre la hierba” . . .y la vida se desencontraba entre tanto odio indisimulado, ante tanto miedo agazapado.

                                                En la página de al lado, en otra foto, se podía ver cómo un refugiado sirio, recién bajado de la balsa neumática, con el agua de mar hasta la cintura y dos niñas en brazos trata de llegarlas hasta la orilla que se adivina. La mirada del hombre es decidida, asustada. Las expresiones de las niñas, de unos tres años cada una, reflejan tanto miedo, tanto espanto que han destrozado el alma y conciencia de cuantos las hemos visto . . . en ese maldito trance.

                                                Y a pesar de todo la vida continúa sin derecho a rendirnos.

 

                                                Torre del Mar      septiembre – 2.015

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