Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
AMOR DE MADRES

06/10/2015.

Generalizar es indeseable, seguro, y a menudo injusto, pero uno a veces cuenta lo que ve y sin quererlo suele ser significativo . . . cuanto uno ve a diario. Esta tarde, mientras tomaba un café de sobremesa en una terraza, al buen socaire tibio y amable del «veroño» he asistido al siguiente vodevil. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Resulta que se han sentado junto a mí un par de mamás jóvenes, espléndidas, atildadas, bellamente maquilladas, con un gran estilo en su aspecto, es decir muy estilosas, muy modernas, muy señoras de su tiempo, a las que acompañaban tres retoñitos, de entre tres o cuatro años, tan lindos, bellísimos, conjuntados, repeinaditos, con sus rizos, su media melenita la niña, . . . en fin “de dulce”, los niños afortunados de ir con sus mamitas.

                                                            Nada más sentarse a la mesita e incluso antes de pedir al camarero los “dos cafecitos descafeinados de sobre”, las jóvenes mamás han sacado sus i-pads o móviles o “aparaticos” de última tecnología, y sin tiempo para intercambiar siquiera una sonrisa, se han puesto a “palpar o golpear” la pantallita, a no sé que cosas “absorbentes” de atención exclusiva y exhaustiva . . . ensimismadas en sus súper móviles. .  .

                                                            Cuando de repente y con la urgencia infantil la niña y el niño han ido corriendo a sus mamás: “¡Queremos ir al wáter!, ¡Yo me hago caca!, ¡y yo pis!”, . . . mientras saltaban de ganas y de prisas, mientras sus mamás, impasibles, continuaban a su dedicación dactilográfica, con los pequeños inquietísimos porque ya no se aguantaban.

                                                            Cuando las mamás en un gesto cuasi mecánico les han dicho que : “muy bien, que se fueran al wáter”.

                                                            Y los niños se han ido al wáter de la cafetería, y uno se ha imaginado cómo podía estar ese servicio, y cómo se podrían poner esos pequeños solitos pringándose, mientras sus madres continuaban “a lo suyo”.

                                                            Y uno ha estado pensando cómo esas mamás, seguro que tan amantísimas de sus retoños, tan dedicadas a su maternidad “responsable”, ¡seguro!, habían podido abandonar a sus “ricuras” a esa exposición de contagio, de insalubre tentación a hacer lo que “no deberían estar haciendo” esos niños solos mientras sus mamás están muy ocupadas.

                                                            Y los niños han vuelto del “wáter” felices, sin haberse limpiado porque “no han encontrado papel”, y además solo tenían ganas de volver a jugar.

                                                            En fin “amor de madres” en estado puro de dedicación a sus vástagos tan relindos, tan monos . . .

 

                                                            Torre del Mar    octubre – 2.015

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