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Opinión
A L P O R M E N O R

07/10/2015.

Mi padre era una buena persona. Sin duda, o eso creo yo. Tras la guerra mi padre dejó el pueblo y se vino a la ciudad. A la ciudad donde se instaló, tras algunos intentos de sobrevivir dignamente, como peón caminero, como camarero de bar que daba comidas, como guarda de arbitrios que vigilaba las entradas y salidas de mercancías a la ciudad. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Dispuesto a prosperar, mi padre en la pensión pobre donde se alojaba, seguramente, mientras apartaba chinas y gorgojos de las lentejas que habría de guisar la patrona al día siguiente, soñaba con un porvenir algo mejor, tal vez aprovechando los buenos informes que podría obtener si le certificaban que, efectivamente, él había luchado en el bando de los vencedores, y que además era caballero mutilado, y que con esos antecedentes no tendría inconveniente en obtener buenos informes y las recomendaciones mejores para iniciar un negocio que le rondaba en la cabeza.

                                                Y así fue como mi padre se atrevió a embarcarse en la aventura de su vida. A partir de una lonja pequeña alquilada en el barrio antiguo, en el barrio de Aquende, desde el caserío donde había nacido la ciudad, justo a la orilla sur del río, al resguardo de la colina donde se elevaba el castillo en ruinas y la picota que tantos servicios había proporcionado otrora. Y allí es donde se estableció mi padre y su embrión de negocio, con el que pretendería poder abastecer a los convecinos con sus  “Materiales para la construcción”, tal y como se anunciaba en un cartel de madera, es decir de yeso, de arena, de cemento, de cal, de azulejos, de baldosas . . . y toda la ristra de materiales que pudieran venir bien para las necesidades básicas de los apaños de albañilería que con tanto ahínco practicarían los buenos vecinos, afanosos por mejorar sus habitáculos o viviendas mal llamadas, allá por los duros tiempos de la postguerra.

                                                Y en ese empeño puso toda su sapiencia y ardor mi padre, hasta convertirse en un comerciante reconocido en la provinciana ciudad, entre el aprecio sincero y generalizado de las buenas gentes, vecinas de mi padre, que iban consolidando una fidelidad clientelar año tras año.

                                                Y así transcurrieron los años de la madurez de mi padre, de mi familia, de mi mismo, como un niño, como un joven, creciendo feliz, creciendo e intentando aprender, vivir.

                                                Y recuerdo que los tiempos evolucionaban con vértigo, sin que nos diésemos mucha cuenta, o sí, mientras todo iba cambiando, y el negocio de mi padre, floreciente también intentó adaptarse, y no sé muy bien si mi padre lo supo o no lo supo hacer.

                                                El hecho de que en muy poco tiempo todo se había automatizado, incluso deshumanizado, tal y como yo era capaz de apreciarlo en los otros negocios, también de materiales para la construcción, mientras mi padre, el buen hombre, se resistía a modernizarse . . . como lo hacían sus competidores.

                                                Y tal vez por eso mi padre se quedó atrás en sus últimos años de dedicación al negocio que había amparado y cuidado desde sus años jóvenes, dedicándole tantos esfuerzos.

                                                Y así recuerdo cómo mi padre, en el tiempo en que todo se registraba ya en los antediluvianos ordenadores, y los productos vendibles estaban sujetos a unas referencias inamovibles para expedir los sacos de yeso, de cemento, de cal, las baldosas, los azulejos, los tubos de Uralita  . . . a precio de sacos, de cajas, y en tamaño de sacos, de cajas  procedentes así desde la fábrica directamente hasta el comprador, sin otra posibilidad.

                                                Pero mi padre, tal vez, porque solo era un romántico no supo o no quiso “modernizarse” del todo, y recuerdo muy bien cómo él tenía unas “bañeras” viejas y dedicadas a contender cemento, yeso, cal . . . a granel, y unos restos de azulejos, baldosas, . . . precisamente para poder atender a aquella buena gente que acudía . . .”por un puñaíto de cemento, de yeso, de cal, por un par de rodapiés, de azulejos, de losetas . . . para una falta”, “porque con eso me arreglo, y es que un saco entero, una caja entera  me viene . . . muy grande”.  Y así mi padre atendió a sus clientes hasta el último día con dedicación y especial delicadeza, para que nadie se fuera sin “su puñaíto” de cemento, de yeso o de cal, de azulejos. . . aunque eso le supusiera a mi padre perder dinero.

                                                En fin, humanidad incompatible con la economía que pretenda ser muy productiva.  Algo muy pasado de moda.

                                                ¡Economía al por menor!.

 

                                                Torre del Mar     octubre – 2.015

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