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Opinión
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24/10/2015.

«No solo Rajoy vive en el plasma. También esa niña a la que su padre ha subido a sus hombros para que observe mejor los fuegos artificiales en Eurodisney . . . a través de la pantalla de las tabletas, en lugar de dejar que la oscuridad la envuelva y que los colores estallen en su rostro». «En un estudio, los niños recordaban más detalles de los cuadros que observaban que de los que los fotografiaban». Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

“En los museos disparamos a los cuadros con nuestros teléfonos móviles como un pelotón de fusilamiento”.

 

                                                                “Los lugares quedan así almacenados en un minúsculo chip siempre con el mismo pie de foto : “Yo estuve allí”.

 

                                                Recuerdo que cuando era niño los frailes de mi colegio organizaban todos los finales de curso una excursión en autocar, aquellos autocares traqueteantes, con sus trasportines abatibles en el pasillo, con sus ventanillas que podían abrirse a gusto o necesidad del viajero, con sus motores esforzados y cansinos y sus conductores de “primera” que “aceleraban a petición de los viajeros” según ordenaba la canción. Bendita excursión de fin de curso, tan preparada por los frailes que no dejaban nada al pairo, desde el ensayo anual y preventivo de las alegres canciones que cantaríamos en el viaje al soñado destino, año tras año, curso tras curso, a San Sebastián.

                                                Y así, entusiasmados y acelerados, sin haber podido dormir ni un ratito por puro nerviosismo, llenábamos los colegiales el autocar a la carrera, con nuestras mochilitas abarrotadas de bocadillos y cantimploras con agua, tan felices, tan radiantes, bien sentaditos, atentos a las indicaciones de nuestro “padre precepto”, responsable de llevarnos a todos en orden y con aprovechamiento.

                                                Y así realizábamos el viaje a San Sebastián, por las carreteras de entonces, estrechas, flanqueadas de olmos, vueltas y más revueltas, entre vomitonas tan infantiles como inevitables, intempestivas, anunciadas, voluptuosas, fluidas, de tropezones, . . . generosas en cualquier caso . . . cantando las canciones previamente ensayadas, desde La Rianxeira hasta la de Boga boga . . . bajo la dirección de la batuta del fraile precepto . . . hasta llegar a nuestro destino, a La Bella Easo, con todo muy programadito, minuto a minuto, con paseo por La Concha, visita al Acuario, al puerto, a la iglesia del santo Sebastián, al barrio antiguo, a la plaza Nueva, para comer en la playa, para subir por la tarde al Monte Igueldo, . .  .a viajar en la montaña “Suiza”. . . para iniciar el regreso . . . agotados, encandilados, rezando el rosario de vuelta, tal vez, para que se nos hiciera más corto el viaje.

                                                Habiendo dispuesto, cómo no, de un ratito de tiempo libre, para poder haber acudido a cualquier tienda de regalos, de recuerdos de los de entonces, para poder haber podido comprar ¿un banderín? . . . de los que coleccionábamos entonces, de esos banderines que ya . . . no se ven en ningún quiosco de “souvenirs”, ahora que todo el mundo va equipado de sus teléfonos móviles “fusilando” cuanto dejan de ver porque solo lo “retratan”.

                                                Y es que son “otros tiempos”, sin duda.

 

                                                Madrid     octubre – 2.015

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