Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
I N F A M I A

06/11/2015.

Hurgando entre las palabras por escapar del horror y la incredulidad que, a pesar de todo, hace carne y no evita un escalofrío de espanto. Recuerdo que hace bastantes años, la madre de un amigo mío, al haber perdido a su hijo mayor, en un lamentable accidente de tráfico, hermano de mi amigo, decidió, rota por la pena y el desconsuelo, ponerse de luto de por vida, «dejando de vivir», sin opción a la alegría, a la expansión, a la más mínima frivolidad, dejándose arrastrar por una existencia que no olvidara el desgarro insoportable por haber perdido un hijo. Había perdido todo interés y aliciente por la vida, literalmente Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

La sentencia ha sido firme, rotunda, unánime. Los padres de la niña Assunta han sido condenados, considerados los autores materiales del crimen que acabó con la vida de su hija.

                                               Y uno desde el horror lógico ante el asesinato de la pequeña Assunta solo puede llorar y lamentar la pérdida de tan joven y frágil existencia.

                                               Y pensar, y sentir que no puede haber consuelo ante ese dolor insoportable.

                                               Y uno entiende que la Humanidad entera ha perdido, porque todos y cada uno de nosotros . . . hemos muerto un poco. Desde su risa perdida para siempre, desde su inocencia masacrada, desde su vitalidad anestesiada, desde su muerte inapelable e injusta.

                                               Y por eso no se puede entender que unos padres que han perdido, de un modo tan terrible, a su niña no hayan “dejado de vivir”, no se hayan visto “traspasados” por la desesperación, ante la desgracia de haber visto “cómo su hija había sido asesinada”.

                                               Porque esa frialdad, esa preocupación  concienzuda por su propia seguridad, en otras ”cosas”, como su defensa legal en el juicio que les acusaba de haber sido . . .¡los asesinos! de “su pequeña”, . . . ¡tan encantadora, tan inteligente, tan maravillosa, tan trabajadora . . . tan desamparada en su embotamiento producido por las drogas que la suministraron . . . hasta que pudiese estar a merced . . . de sus asesinos!.

                                               Cuando uno piensa por qué los monstruos siguen teniendo rostro humano . . . y nada les ha impedido cometer su inimaginable y aborrecible crimen.

                                               Y todavía hoy los padres de Assunta aún pueden pensar en su propia . . . desgracia, en su propia condena, como si lo más importante no hubiera sido la desaparición violenta y criminal de “su pequeña Assunta”.

 

                                               Torre del Mar       noviembre – 2.015

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