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Opinión
M A E S T R O S

17/11/2015.

«Al profesor hay que ponerle nota». «Los buenos los profesores no pueden cobrar igual que los malos». Fuente. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

El señor pedagogo, o filósofo, o algo por el estilo, de cámara en cualquier caso, meritorio de despacho, tan ungido de sus “sabias ocurrencias”, como para que desde su ensimismamiento teórico haya llegado a soltar, por cierto muy deprisa porque se acaba la legislatura, algunas máximas que tienen su punto de verdad y su gran punto irrealizable, por no saber de qué se está hablando en realidad, . . . cuando se habla tan lejos del aula, tan muy por encima de la realidad ramplona y, en exceso, dura y cruel, cuando se ha estado tan poco en la brega diaria, muy cerca de la pizarra, muy cerca de la muchachada.

                                                           Es verdad que el control sobre el profesorado ha sido prácticamente nulo, desde hace demasiado tiempo, desde siempre, abandonado a su santa paciencia, desde la “hambruna ancestral del maestro de escuela”, hasta la consecución del maestro de última generación, tan moderno, tan puesto al orden de las últimas tecnologías, con sus competencias básicas y sus transversalidades puestas al servicio de ¿su propio prestigio?, aunque “su autoridad moral” ande en entredicho.

                                                           El maestro de mi padre, allá en su remoto villorrio natal, don Felipe, atendía a 96 rapazuelos, de todas las edades, a su aire, según los modos de antaño, agrupados de mayores y espabilados al cuidado del resto, a palo limpio cuando hiciera falta, desasnando más que haciendo por sacar adelante a los zagales astrosos y rústicos.

                                                           En mi primer destino, apenas incorporado al colegio que me asignaron, un director de carrera, muy engreído en su posición y estatus, me señaló al grupo del que me tendría que encargar: un grupo de gitanos, de todas las edades y todos los niveles, desde pequeños hasta mozuelos con acné y roña, para que hiciera con ellos “lo que se me ocurriera”, con tal de que no molestaran. Recluidos pues en su gueto escolar, acostumbrados ya a vivir en su gueto de chabolas y abandono social.

                                                           En el siglo XXI, en las fechas que actualmente vivimos y sufrimos, en la capital del reino, en un Instituto público con un alumnado procedente de familias desestructuradas, de economía débil, de precaria capacidad para subsistir con dignidad, en un Instituto donde el fracaso escolar supera el 50%, de acuerdo con la política educativa de esta legislatura que ya acaba, sin un plan específico de actuación de la dirección del citado Centro escolar, donde, por imperativos de arriba, las clases agrupan a más de 40 alumnos por aula. A diario los expedientes por comportamientos inadecuados, los conflictos entre iguales, es decir entre compañeros se agudiza, el fracaso escolar no asegura el aprovechamiento integral y formativo de una mayoría de alumnos, los partes negativos, las llamadas al orden, el ambiente enrarecido . . . como para que aumente y aumente la confianza en un número elevado de adolescentes que llegue a . . . ¿ningún sitio?.

                                                            Y aún dicen, con o sin razón, pero sin conocimiento profundo de la realidad académica, que los maestros habrán de comprobar según qué resultados.

                                                           Claro que nadie es capaz de concretar qué resultados son los mejores.

                                                           Porque incluso hay muchos maestros que aseguran que los niños “deberían acudir educados de casa”. y que, al cabo, la máxima responsabilidad será de las familias.

                                                           También los hay que insisten que “no se suspende a los alumnos, sino que son ellos mismos quienes se autosuspenden”.

                                                           El sabio filósofo Emilio Lledó, recién premio princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, decía que los estudiantes deberían estudiar sin presión, con apasionamiento, con ganas por aprender, por conocer, por entregarse a la maravillosa aventura de estudiar . . . de saber, de amar la posibilidad, la oportunidad de leer, de saber . . . de conocer, . . .

                                                           Como para que, al final, la responsabilidad de todo el fracaso venga a caer en los jóvenes alumnos, si son capaces o no de superar las reválidas que les señales. . . para ir seleccionando los aptos y . . . los no aptos, como para que luego se cobre o no se cobre más o menos . . . según los porcentajes ¿de aprobados, de suspendidos?.

                                                           A lo largo de mi carrera profesional tuve el honor de atender a muchachos que habían fracasado “absolutamente” y . . . ¡mereció la pena el esfuerzo! . . . y ¡se merecían ese esfuerzo!  

 

                                                           Torre del Mar     noviembre – 2.015

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