Asociación de Vecinos de El Palo

El Copo Digital Actualidad

Opinión
AQUELLAS PEQUEÑAS HISTORIAS

03/12/2015.

«. . . Y a veces cuando hacía un día hermoso me compraba un litro de vino y un pan y salchichón y me sentaba al sol a leer algún libro recién comprado también, y a mirar como pescaban». Hemingway en París era una fiesta. Texto: ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Mi abuelo, cuando ya estaba jubilado, allá en su Bilbao natal, era “angulero”. Tenía un “gasolino”, un bote de madera con motor de gasolina, precisamente, justo en medio, entre la proa y la popa, de unos cinco metros de eslora y con el que navegaba ría arriba, ría abajo, evocando sin duda sus años de marino recorriendo mares y océanos, aquellos viajes, aquellas venturas que iría desgranando a su nieto que era yo cuando paseaba de su mano, tan feliz. Y mi abuelo también me contaba cómo las noches de luna llena, en los meses de invierno preferentemente, salía a pescar las codiciadas, ya entonces, angulas en las aguas tranquilas, sujetas a las mareas vivas, bajo la atracción de las lunas invernales, y regresaba mi abuelo a casa con su saquito húmedo de vida incontenible con su medio kilito o su kilo si la noche se había dado mejor, con su tesoro palpitante de vivaces angulas que ya agonizaban, mientras recuerdo la mirada de mi abuelo, avezada y radiante, mientras, como sin darse importancia, se había sentido tan feliz, a solas con la noche y la luna espejeando sobre las aguas quietas, invencible, echando la ancha nasa como acariciando la superficie líquida, salobre.

                                                           También recuerdo que mi padre, de tiempo en tiempo, alguna noche, exactamente sin luna, tras su jornada laboral, después de haber cenado en casa, nos dejaba para ir a ver si traía medio saco de cangrejos de río. Mi padre que había nacido en un pueblo serrano de la Castilla del norte dominaba los secretos de los ríos montaraces y lo mismo sabía acariciar la barriga de un trucha en su cueva, hasta confiarla, y atraparla “a mano” como él decía, que reconocía las “pozas” donde seguro que abundarían los cangrejos. Y él se había criado con esa naturaleza asilvestrada por saber buscarse la comida sin aspavientos, en la naturaleza que amaba, sin estridencias, como si formara parte del encuadre que él conocía y aprovechaba, sin excesos, sin darse mayor importancia.

                                                            Y así recuerdo que luego nos contaba cómo se había dado la noche, cómo había colocada en la negrura de la fronda, junto a algunos de los ríos, riachuelos más bien, de las cercanías de donde vivíamos, echando los reteles cebados de corazón y bofe de cerdo en las pozas más conocidas, en el silencio de la noche, a favor de la espesura, echando dos o tres horas, prácticamente a tientas, a resguardo de los guardias jurados, como para que mi padre tuviera el saco de los cangrejos en un punto indeterminado, al que iba y volvía según fuera pescando . . . hasta que él decidía que eran suficientes para que su familia pudiese gozar de un buen guiso de cangrejos.

                                                           Y yo sabía que él regresaba casi al amanecer, feliz, pletórico, sin darse más importancia que la de mostrarnos a la mañana siguientes el fregadero lleno de cangrejos recién pescados, vivitos y coleando, oliendo a río y a campa, a jara y berraña. ¡Benditos tiempos de antaño, cuando nos sentíamos tan orgullosos de nuestro padre, tan buen pescador, tan duro, tan recio . . .desde su blanda ternura, algo escondida, algo disimulada!.   

                                                           Y son pequeñas historias que nos permiten no descolgarnos de nuestro pasado, el mismo que nos explica cómo somos, aunque parezca que nos empeñemos en olvidarnos a la carrera.

                                                           Dentro de esos tiempos que vivimos, tal vez en blanco y negro, tal vez demasiado ingenuos, tal vez tan sencillos como ahora somos capaces de reconocer.

                                                           En ese sentido recuerdo también algo que ya es arqueología, que ya es minucia cultural cuando no éramos conscientes de que vivíamos como podíamos, como nos dejaban, como acertábamos . . . a sobrevivir.

                                                           Cuando mi familia, como otras tantas, la inmensa mayoría de la clase media de antaño, tan gris, tan sufrida, tan pobre, tan esforzada, tan callada, salía de viaje con la bolsa de la comida a cuestas, para el refrigerio debido, cuando debiera, cuando procediera para recobrar fuerzas, mientras se buscaba alguna tasca, algún bar de barrio, entonces todos eran bares de barrio, a cuyos dueños se les preguntaba si se podría comer lo que se traía de casa consumiendo la bebida.

                                                           Y así se recobraban las fuerzas, en paz y armonía, con la tortilla de casa, con los filetes empanados de la madre, mientras el padre degustaba el vino de la tierra y los hijos apurábamos la gaseosa, mientras la madre se atrevía con un vasito de gaseosa manchada de un poco de vino.

                                                           Y no se nos puede, no se nos debe olvidar que fuimos quienes fueron nuestros mayores, tan pronto ya olvidados, ahora que de vez en cuando sentimos el airón de la orfandad cuando dejamos que el pasado inmediato se nos vaya por el sumidero de la ignara prepotencia.

                                                           Y de paso también uno tiene a bien traer a colación un aniversario. Hoy hace 100 años que un tal Albert Einstein nos descubrió “la teoría de la relatividad”, esa teoría que nos cuentan que cambió ¿el visor de la ciencia?, como para que uno se atreva a afirmar o negar nada al respecto. Aunque intuyamos que siempre estamos en el umbral de un ¿futuro mejor?, por muchas teoría que nos vayan alumbrando, precisamente, a una humanidad engolfada en odios y vilezas de raíz religiosa, porque los dioses son contumaces, en boca de sus profetas y reveladores de las verdades intangibles. Como para pensar y proclamar que : ¡qué venga algún dios a librarnos de tantos adorados homónimos!

 

                                                           Torre del Mar    26 – noviembre – 2.015

2390341 visitas. Asociación de Vecinos y Vecinas de El Palo © 2017. Info. legal
Diseño web AgeO