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Opinión
S O L S T I C I O D E I N V I E R N O

17/12/2015.

Acercándonos al solsticio de invierno que nos anunciará el nuevo tiempo, el año que se inicia, ante el albor adivinado, más tibio, soñando por el esplendor que se guardaba en las alacenas de la fresquera, de la despensa, con el granero lleno si el año pasado fue bonancible, con la hambruna persistente en el desaliento que no ha de hundirse, y es tan difícil, en la desesperación mantenida a pesar de todo, porque nadie acabará de rendirse antes . . . del final. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Y uno no puede dejar de acordarse del bueno del Plácido de los geniales Berlanga y Azcona al alimón, del disparate patrio y el arte de retratar la descarnada realidad, cuando al final de la película, tan aterido del frío que azota desde el principio, cuando esperan en el andén el tren que traerá a “los famosos” junto a los pobres viejecitos para la campaña de “siente a su mesa un pobre por Navidad”; y a Plácido  solo le urge abonar su “letra” para retener el carromato que le ayuda a mantener a su familia, y tras múltiples y ácidos avatares para perder “la cesta de Navidad” que ya les prometía “una celebración de las fiestas por todo lo alto”, porque, al cabo, se quedan también sin ese pequeño “premio” ¿inmerecido?, y Plácido solo cabe resignarse junto a los suyos, en el tabuco que ese su chabola, donde todos los sueños son el duermevela de la intemperie apenas abrigada por unas roídas y raídas mantas de imitación a . . . lana virgen.

                                                           Bajo el “exultante renacer de la economía”, según los voceros de la oficialidad institucional y partidista, con el PP a la cabeza de las “mentiras oficiales y el descaro impune”, con la afluencia masiva de la “clase media” ¿recuperada?, yéndose a comprar bajo los anuncios luminosos y festeros de las Navidades que ya se anuncian a todo trapo, en un convulsión consumista que permita “reencontrarse” a la ciudadanía con su fervor colaborador con la nueva era del “que se vale lo que se tiene”, y el resto no cuenta.

                                                           De antaño, de cuando de niño las Navidades era la época del año más hogareña, tras los cristales empañados y los sabañones reventones, de cuando íbamos a casa de los abuelos, en Bilbao, y éramos tan felices y soñábamos con la noche de Reyes, mientras aguardábamos que las horas transcurriesen las tardes de Nochebuena y Nochevieja, noches de excesos simples y comilonas tragantúas, tan familiares, tan sabrosas, de sentimientos que iban entrelazándose, al cobijo de los abuelos que lograban crear la atmósfera justa, apacible y radiante, como para desearnos de corazón buenos deseos y felicidad a burbujas, brindando con sidra EL Gaitero y polvorones de vino y canela.

                                                           De cuando los niños corríamos a sentirnos libres escondidos bajo las camas, para reencontrarnos con nuestras dichas infantiles fuera de la supervisión adulta que, sin embargo, no dejaban de saber dónde nos habíamos escondido.

                                                           Como cuando ahora todo sigue siendo exceso y exigencia de nuestros pequeños, porque saben exactamente lo que quieren, sin trampas ni cartones, porque condenaron el hechizo de la magia incomprensible al estadio del cálculo interesado, porque no se dejan engañar, porque habrán de obtener cuanto exijan, aunque muchos también habrán de quedarse con mucho menos de lo que llegaron a soñar.

                                                           Como cuando nosotros, de pequeños paseábamos de la mano del abuelo, para restregarnos las naricitas infantiles contra los escaparates helados, tras lo cuales se mostraban los regalos inaccesibles, porque ya entonces sabíamos que habríamos de conformarnos con lo que fueran a traernos, ¡oh bendita sorpresa!, aunque fuéramos a quedarnos con la mitad de lo que habíamos escrito en la carta a . .  .Los Reyes.   

                                                           A pesar de que hogaño la realidad es aún más dura, llevamos demasiado tiempo sin creernos que el futuro ha ennegrecido y las perspectivas no acompañan a quienes solo son capaces de . .  .soñar.

                                                           Aunque el solsticio de invierno acaricie el esfuerzo para empezar de nuevo.

                                                           Ahora que nos cuentan que “el hijo de dios” ha nacido en un pesebre pobre y miserable, en la exclusión perfecta que . . . los hijos de los hombres, los príncipes de la “impostada doctrina” ha engalanado de oro y pedrería.

 

                                                           Torre del Mar     diciembre – 2.015

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