Asociación de Vecinos de El Palo

El Copo Digital Actualidad

Opinión
P O R N A V I D A D

22/12/2015.

No recuerdo muy bien si me alegraba mucho o poco cuando nos daban las vacaciones de Navidad cuando yo era niño, y era feliz y soñaba con las inminentes vacaciones sin demasiado ahínco. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

No tengo especiales recuerdos pues en un sentido o en otro, salvo los propios de mi edad y de la estación de frío, bruma y lluvias de la época del año, allá en mi Miranda de Ebro natal, de cuando las grisuras del río escarchaban el relente que nos azotaba el rostro infantil, sin llegar a sentir frío, porque nuestras calorías infantiles desbordaban los ánimos por pasárnoslo lo mejor posible, como cuando íbamos con nuestras katiuskas de media caña a “desecar” los charcos a base de saltos y salpicones, o como cuando, ya en casa, dedicábamos nuestra imberbe atención a pegar los cromos acumulados de “indios del salvaje oeste, o de animales del Reino animal o de los jugadores de primera. .  .”, con la habilidad de mezclar con precisa exactitud el agua y la harina como ideal y artesanal pegamento, para terminar leyendo los tebeos que habíamos cambiado por unas pocas “perras chicas”.

                                                           Mientras en casa, mis padres preparaban el viaje a Bilbao, para poder pasar los días navideños con los abuelos, los padres de mi madre, con una creciente emoción que nos contagiaba a todos.

                                                           Mientras mi madre iba llenando la maleta más grande con la ropa de todos, sobre la cama de matrimonio, a la vez que mi padre, en la cocina, iba envolviendo huevos en papel de periódico, de uno en uno, con la intención de introducirlos con mucho cuidado entre la ropa apilada, con idea de llevar el tesoro de la albúmina fresca . . . a la ciudad, para que mis abuelos pudieran freírlos al gusto y con arte puntilloso de sacarla la escarapela bordada a la clara, de cuando los huevos frescos eran un artículo de lujo.

                                                           Salíamos de muy buena mañana, para que no se nos hiciera de noche, aunque el trayecto no alcanzara los 150 kms., de Miranda a Bilbao, con mi padre al volante, muy serio, muy profesional, muy concentrado, con el respaldo recogido e incondicional de su familia, previa oración salvaguarda para que hiciera su efecto a lo largo del viaje, incluso a lo largo de la bajada pronunciada, peligrosa, accidentada del puerto de Orduña, para salvar el desnivel desde la meseta castellana hasta las tierras bajas de la vega del río Nervión, a orillas del gran Bilbao.

                                                           Hasta llegar al cálido hogar de mis abuelos donde dos capones vivos y liados, rubios y cagones, sujetos por las patas aguardaban su sacrificio pascual.

                                                           Tan felices, recién llegados, mientras yo reconocía cada rincón doméstico, de una visita a otra, terminando por refugiarme bajo la cama de mis abuelos, dueño de mis secretos, dueño de mis recónditas ensoñaciones, solo con mis retiros infantiles bajo la cama . . . aguardando que me descubriera la abuela y me echara de ahí abajo, muy enfadada.

                                                           Hasta el día siguiente, cuando el abuelo se levantara y vistiera, con sus ligueros sujetos desde las rodillas para enganchar los calcetines tan estirados, tan rectos, tan impecables. Con su nieto que era yo absorto con mi abuelo, mientras desayunaba, mientras hacia sopas de pan duro para los patos del parque, mientras salíamos a recorrer Bilbao, en trolebús, a pie, en bote para cruzar la ría de una orilla a otra, para ir a visitar los monumentales belenes, para acercarnos a La Diputación donde recibía Los Magos de Oriente a los niños que hicieran fila hasta acercarse a sus majestades y compartir las confidencias ruborizadas, mientras entregábamos las cartas a los Reyes a sus respectivos pajes.

                                                           Para terminar cerca del mediodía en el estanque echando las sopitas de pan a los patos que se acercaban nadando muy veloces.

                                                           Mientras transcurrían las vacaciones con mi abuelo, de la mano, mientras me hablaba y yo era feliz escuchándole. .  . porque mi abuelo me explicaba cuanto veíamos, aguardando que llegara la Nochebuena, mientras la tarde se alargaba en tres aromas culinarios densos y sabrosos, mientras yo jugaba, extasiado tras los cristales, con mi hermana pequeña, con mi prima . . . ganándonos a media tarde un vasito de agua con azúcar disuelta.

                                                           Mientras soñábamos que, tal vez, este año los Reyes atinasen un poco más con los juguetes que habíamos pedido en la carta a sus Majestades.

                                                           Porque siempre sería posible que, por un año, acertasen los Reyes Magos.

                                                           Y es que por Navidad la ilusión cobraba un protagonismo ingenuo y convulso, junto a los nuestros, junto a los abuelos que nos acogían con su generoso y plácido cariño.

 

                                                           Torre del Mar     diciembre – 2.015

2389471 visitas. Asociación de Vecinos y Vecinas de El Palo © 2017. Info. legal
Diseño web AgeO