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Opinión
ESAS CIUDADES DE PROVINCIAS

26/12/2015.

«Lo sorprendente es que haya sucedido en una ciudad de provincias como Pontevedra». «Esas ciudades de provincias». . .o esos barrios que también disponen del carácter de las ciudades de provincias, a la española, que, al cabo, son las que conocemos, en las que vivieron nuestros mayores, en las que vivimos nosotros, con sus deleites grises, planos y recónditos, algo velados, murmuradores, tras los visillos de las luces amarilleadas, desde las miradas que no pierden comba y están al dedillo de cuanto pasa. . . aunque suceda distinto de lo que las calenturientas mentes puedan llegar a imaginar para peor Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Esas ciudades de provincias” . . . con sus cadáveres no enterrados en los jardines particulares, sino andantes y coleando, mortecinos e “inútiles”, dañinos y mendaces, arriba y abajo, a lo largo de “la calle Mayor”, “pasantes” de la vida igual, cruel e insensible, muy modosita, muy de buen ver y de mejor “fama y posición”,  atufando a mesa camilla y envidia cainita, con esa necesidad sigilosa de hacer daño hasta destruir a quien no acompase el ritmo de los pasos que pasean por el tontódromo provinciano, en el baile vermut y en la sobremesa del café de moda, dejando pasar la tarde, el día, la vida . . . sin sobresaltos.

                                                           Hasta que ocurre lo inconcebible, lo inesperado, cuanto viene a remover la pausa y la inanidad de cualquier “ciudad de provincias” donde nunca pasa nada, porque no pasa nada en una ciudad de provincias, soterrado el terremoto, el infierno . . . que no se deja contemplar, bajo la parsimonia adormecida, bajo el vaivén, la mar de fondo, bajo la luz que descubrirá cuanto no se deba permitir.

                                                           Hace años, en una ciudad de provincias española de cuyo nombre no deseo acordarme, mi hermana y yo, viajando por España, tuvimos serios problemas para ocupar una habitación con dos camas, porque la moral sobrevolaba la indecencia que no se debería permitir, “de ninguna de las maneras”.  

                                                           Y me acuerdo de la inercia que vivimos, despertando a la adultez, desde nuestra juventud provinciana, atentos a las “pequeñas revoluciones”, venidas de “Buenos Aires”, en ediciones prohibidas, llegadas de debajo de los adoquines en los bulevares parisinos, donde algunos creyeron encontrar la arena de las playas libres y salvajes, donde tan real e imprescindible era exigir “la utopía”, mientras éramos vigilados por los últimos “secretas” del régimen,  allá en las veladas interminables hasta el amanecer, en la fonda mohosa y desvencijada de la estación de tren de nuestra “ciudad de provincias”.  

                                                           En nuestras ciudades de provincias grises, de sepia y color mate, recorriendo las calles tan contenidas, tan contenidos los habitantes que callan y otorgan, que pasean y buscan el imaginario utópico al que no se desea renunciar, fuera de la atmósfera cerrada que se respira en una “ciudad de provincias” . . . como para que salte al titular cuanto se salga de la normalidad . .  . ¿admitida? .

                                                           En tanto el joven aturdido de “principesco trato”, por haberse dejado parir en el seno cutre, contaminado y constreñido de una ciudad de provincias que no ha sabido, que no sabe ofrecer un futuro exigente, un porvenir esperanzador al joven  perdido en su bucle maldito por hacerse disparar su “baja autoestima” . . . sin excusas, sin la responsabilidad asumida por parte de quienes que solo “ese joven” es el culpable . . . en una “ciudad de provincias”. . .¿sorprendida? porque algo así ha podido suceder en su callejero anodino, somnoliento.

 

                                                           Torre del Mar     diciembre – 2.015 

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