Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
Siempre es volver a empezar. . .

30/12/2015.

Cada día se inaugura con un instante desde el que arrancar, una pasito tras otro, un aliento tras otro, un pequeño sueño persiguiendo sueños más grandes. Mi amigo Paco Alba me decía que él a diario inicia cada jornada como si fuera la primera de todas las que habrá de vivir, tras haber asistido, la anochecida anterior, al milagro de la luna mora que vuelve a asomarse al malecón, al final del paseo de El Palo, desde donde mi amigo se deja enamorar, cada día, cada noche, como para dejarse sentir a gusto, siquiera un instante, por el tibio esplendor con que sale a deslumbrar a nuestro amigo, la luna mora, tan seductora. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Mi amigo Lutz me anima a fijarme en las cosas más pequeñas, insignificantes, en ralentizar el ímpetu, seguros de que , a pesar de todo se avanza, y que siempre es capaz de asomarse, en medio de la cellisca, una frágil florecilla, brotando minúscula, tan potente, tan invencible, llena de color, como una mota de esperanza, de fuerza imparable, azotada por la intemperie cruel, y sin embargo jugándose pequeño milagro que ha surgido un año más porque, también este año, ha vencido la florecilla tiritando.

                                                           Recuerdo que mi padre, año tras año, mientras celebrábamos la comida de primero de año, en familia, en un momento oportuno que él considerase para decirnos a todos, un año tras año, una epifanía tras otra, a su familia que . . .: “tal día como hoy, hace tanto, cada año uno más, caía herido en el frente de La Muela, en Teruel, sobre la nieve . . .”, y mi buen padre se dejaba llevar a aquel momento decisivo, trágico, bajo un frío glacial, bajo el miedo cerval del soldado cuerpo a tierra, y que él trataba de explicarnos, rememorando cómo se desangraba, mientras era trasladado a un hospital de sangre de campaña, en el mismo frente, aceptando que tal vez . . . el final estaba asomándose, tumbado frente a las estrellas mi padre, herido y doliente, con el fragor de la batalla tan cercano, tan ajeno según el dolor iba aumentando..

                                                           Y así  seguía con su relato mi padre sin concitar una gran atención, año a año, mientras nos contaba cómo un compañero, también herido, tumbado junto a mi padre y que, por lo visto debía estar más grave, apenas tuvo fuerzas para encargarle a mi padre de que en caso de que sobreviviera se encargara de llevar a su familia la última carta que había escrito, el malherido, a su familia, a su mujer, mientras agonizaba junto a un montón de carne herida, de soldaditos yacentes entre ayes de dolor y desamparo.

                                                           Al rato, sin embargo, mi padre fue “secuestrado” por un amigo de su mismo pueblo, que había desertado para ir a socorrer a su “camarada” y trasladarle, “a hombros”, según nos detallaba mi padre . . . a algún otro sitio donde pudiera ser mejor atendido, para intentar salvarlo de una muerte segura.

                                                           El final acechaba a mi padre que apenas se quejaba ya, desangrándose. El amigo de mi padre anduvo kilómetros y kilómetros sobre la nieve, sin descanso, sin rumbo, hacia la retaguardia, por instinto, sin perder la esperanza de que podría llegarse a encontrar la salvación para su compañero del alma, para mi padre, compadre y paisano.

                                                           Y lo logró. Al cabo de varias horas y de un esfuerzo monumental . . . llegaron a un puesto con un hospital de guerra en mejores condiciones. Y mi padre pudo salvarse, y su vida continuó porque la fe había movido la entereza, el coraje de esos dos amigos que permanecieron hermanados a lo largo de toda su vida, porque fueron apenas una mota en la inmensidad nevada luchando por sobrevivir, porque aún tenían que ver muchos amaneceres más.

                                                           Y yo contemplaba a mi padre mientras contaba, año tras año, a mitad de la comida, sin que nadie terminara por hacerle mucho caso.

                                                           Y yo no era capaz de ver un aguerrido soldado en mi padre, que sabía darme la mano para acompañarme y contarme otras historias, con la naturalidad de quien habiendo vivido tanto había logrado no dejarse impresionar más allá de la rutina responsable  del día a día.

                                                           Y nada será suficientemente nimio, ni siquiera tan insignificante, ni tampoco tan irremediable como para no ofrecerse a luchar por el segundo siguiente que ya no aguarda, que ya nos exige todo el entusiasmo, todo el coraje por creernos invencibles . . . al socaire del temporal que nos arrasa, que lo pretende a diario.

 

                                                           Logroño    diciembre – 2.015

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