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Opinión
P E R V E R S I Ó N

22/01/2016.

«Mi padre tuvo una vida decente y honesta». «Mi padre fue un buen hombre, trabajó desde muy joven, luchó en una guerra que se encontró, cruel, injusta y sanguinaria, en edad de ser alistado . . . regresó y siguió trabajando, mucho, sin descanso, toda su vida, dignamente. Sacó adelante una familia, nunca regateó esfuerzo. Cumplió con sus obligaciones cívicas, sin ruido, sin regateos, con ejemplaridad para quienes crecimos a su cuidado . . . murió y pasó a la memoria de . . . los suyos». No se merece tanta iniquidad, ni él ni millones de compatriotas . . . porque ellos intentaron levantar un país . . .¡digno y decente!. Texto: ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Que una empleada pública, una supuesta defensora de los intereses de lo público y en consecuencia de la ciudadanía, esa de la de a pie, esa que sobrevive peor que bien, cumplidora de sus obligaciones cívicas, exactamente, por ley, por decencia, por honestidad y también por obligación y por imposición, sin excusas, de la ley, hasta sus últimas consecuencias, sin rechistar . . . por convencimiento o sin él . . . una abogada del Estado, en fin, en uso de una supuesta “defensa legal de la infanta Cristina, se atreviera a insinuar, a declarar que, al cabo, aquello de que “Hacienda somos todos” solo tuviese un alcance “publicitario”. 

                                                           Como para que esa declaración, en sede judicial, pronunciada y defendida, por lo visto, sin ningún sonrojo, aún no haya recibido el rechazo “contundente, inapelable” de su “excelencia”, la tal abogada, funcionaria pública, representante áulico de un “sistema” que, después de todo, ha de preservarse, ¿o no?, aunque sea pervirtiéndose hasta la desvergüenza más absoluta.

                                                           En aras de la defensa de una “principal” del establishment, de una infanta, de una señora que, junto a su marido, ha gozado y sigue gozando de unos privilegios de partida que solo son capaces de constatar una miserable realidad, una desesperanza que nos hunde aún más en ese “orden establecido” que tanto se invoca, por una estabilidad que deje todo como está, cuando resulta que aquella ciudadanía, la de a pie, ha ido cargando con el coste de “una crisis” que solo ha logrado apuntalar “al sistema”, afianzar la desigualdad  . . . que, por cierto, nos ha venido a recordar la tal “abogada del Estado”.

                                                           Mientras los granujas pillados en falta no tienen la menor intención de asumir sus responsabilidades, incluso sus desmanes, sus culpas y hasta sus delitos. Tan aferrados a sus posibilidades de salir airosos, previo riguroso pago de “defensas especializadas y carísimas”, ¡faltaría más!, como para que la podredumbre moral se instale y continúe avanzando, hasta hacerse dueño de “nuestros sueños y horizontes”,  con la infanta al fondo “dándonos muestras de su ¿excelsa educación?”, ya que no se movió ni pestañeó . . . mientras aguantaba el chaparrón a cubierto de una defensa aliada con la fiscalía y la abogacía del Estado, mientras su familia aún no ha logrado que la ilustre hija y hermana . . . acepte la responsabilidad de su nada ejemplar comportamiento, mientras aún estamos esperando que las Instituciones del Estado hayan salido a corregir la perversión del enfoque publicitario a aquello que muchos nos llegamos a creer, ¡qué remedio!, de que ¡Hacienda éramos todos!, y todos iguales, y todos responsables.

                                                           Por muy de floreros que ahora queramos aparecer para evitar la asunción de errores y conductas condenables, nada edificantes, en un perverso correcalles hacia la nada insolvente y perdonada de quienes, desde tan alto escalafón, solo hicieron que rapiñar, trampear, chorar y mostrar un indecente e indigno comportamiento.

 

                                                           Torre del Mar   enero – 2.016

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