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Opinión
N o s t a l g i a
«Y como nubes pasarán los días»

10/02/2016.

Un año más San Blas, médico, eremita, obispo y mártir, patrono de las enfermedades de la garganta, algo desdibujado en los tiempos recientes, en un invierno desleído, con unas rebajas comerciales que ya nos anuncian otro Santo, el buen Valentín, antiguo Cupido, el del amor y los regalos que a su tenor se esperan vender y celebrar, en tanto arrecia la angustia porque no se vende ni un abrigo y esto ya no parece . . . la estación invernal. texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Y San Blas pasando de puntillas, aunque uno no deje de olvidar a su madre, venerable y recordada con tanto cariño, como cuando cada tres de Febrero venía de oír misa, con su bolsita de caramelos, chocolate y galletas bendecida, bajo la advocación del santo Blas, con su fe de mujer buena y madre abnegada por sus hijos, natural, para dotarles de sus “santificadas medicinas naturales”, que a quien le iba a costar chupar de vez en cuando un caramelito de “San Blas”.

                                                           Mientras uno se recrea en los febreros de antaño, de cuando era un niño que pegaba su varicilla a los cristales empañados de escarcha invernal, a bajo cero, frente a la bruma que apenas dejaba vislumbrar el vuelo solemne de las cigüeñas recién llegadas de la templanza africana, atareadas para reconstruir el nido del pasado año, sobre el campanario de la iglesia vieja, de la iglesia de Santa María, mientras los chuzos de hielo que colgaban de las cornisas enmarcaban el cuadro aterido, el marco invernal, de luna nueva, noches oscuras, negras, de cellisca y temporal, de los de antaño, bajo las temperaturas gélidas que peleaban por apoderarse del hogar, arremolinados todos frente a la chapa “económica”, en cuyo horno se ponían a caldear los ladrillos refractarios, para luego poder irse a la cama “arrecía”, para poderse tapar hasta arriba, estirando el embozo más arriba de los ojos, mientras el ladrillo hacía su efecto en los pies duros como témpanos.  

                                                           Y uno se acuerda también que hace poco leyó que en el invierno del 56 bajó el mercurio bajo cero, y uno entonces era solo un “renacuajo” y solo recuerda que, a menudo, las orejas se “nos encendían”, ardientes, coloradas, con los sabañones asomándose irritantes, brillantes y pulidos, entre los dedos, en los nudillos . . .

                                                           Y San Blas sobrevolando los inviernos infernales de entonces, el bueno de San Blas tan olvidado hoy en día, cuando los inviernos ya no son  . .  . lo que eran.    

 

                                   Torre del Mar    febrero – 2.016

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