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Vocalía de Flamenco
MANUEL DE FALLA ESTABA EQUIVOCADO

14/02/2016.

Por Paco Vargas Cuando Manuel de Falla pensó en organizar un concurso de Cante Jondo ("cante primitivo andaluz"), porque pensaba que éste se encontraba en trance de desaparición, no percibió desde su ingenuidad y desconocimiento objetivo el cambio estético que en el cante se estaba produciendo.

Foto de un cartel de la época que se encuentra en la Peña Flamenca

Foto de un cartel de la época que se encuentra en la Peña Flamenca "La Platería

En 1.922 el cante atravesaba por una época de transición. La época de los cafés cantantes estaba dando sus últimas boqueadas. Antonio Chacón, máxima figura de ese tiempo glorioso, estaba en la recta final de su carrera. Y otros cantaores jóvenes, que después serían famosos, como Marchena o Vallejo, venían a imponer otras voces, otra estética, otra forma de interpretar el cante y hasta de ofrecerlo al público, que comenzaba a ser mayoritario. Con estos y otros echó a andar una nueva época, llamada de la Ópera Flamenca, que dominaría durante más de treinta años el Flamenco como espectáculo.

 
          En definitiva, lo que estaba sucediendo es que un ciclo de la Historia del Cante estaba acabando. Y siempre que esto ocurre surgen voces -generalmente conservadoras- alarmadas por el miedo al cambio, que no es sino una adaptación a los nuevos tiempos de una sociedad que reclama nuevas formas pero no una revolución, que por otra parte en el Cante nunca se ha dado "strictu sensu". De hecho, la premonición y los temores de Falla no se cumplieron -más bien al contrario, el cante se fue afianzando en su imparable evolución- y hoy todo el arte flamenco goza de extraordinaria salud, aunque de tanto en tanto se repitan de manera mimética aquella visión pesimista de futuro y los infundados temores del genial músico gaditano.
 
          El propio Concurso de Cante Jondo de 1.922 (13 y 14 de junio, Plaza de los Aljibes, Granada) vino a corroborar lo dicho arriba. Los objetivos que perseguía no se cumplieron, pues si exceptuamos el caso de Diego Bermúdez Cala "El Tenazas de Morón" -que al fin y al cabo no fue sino un reencuentro con el cante-, el resto de participantes apenas si encontraron eco en la afición de la época. Y Manuel Ortega Juárez "EL Niño de Caracol" fue un anticipo de esa nueva estética a la que aludíamos. No por los derroteros que tomaría años después, sino porque a su edad era del todo imposible que conociera, y menos conservara, la esencia del cante jondo ("cante primitivo andaluz"), ese que subyugaba los sentimientos más profundos del sensible músico mentor del Concurso. El triunfo de ambos dos fue un reflejo nítido de la contradicción intrínseca del propio Concurso. Y el hecho de que no fueran "profesionales" no pasa de ser pura anécdota, pues nada más alzarse con el premio dejaron el campo aficionado para meterse de lleno en el profesional cantando allí donde se les requería. Quizá, sin el Concurso, no hubiéramos conocido nunca cómo cantaba el viejo cantaor de Morón ni sus enseñanzas; pero el destino de Caracol, por nacencia y porque sí, estaba escrito.
 
          Entre otras cosas positivas, hay que señalar el liderazgo ejercido por Manuel de Falla entre los artistas e intelectuales de la época para que apoyaran el Concurso. Aquí sí acertó de lleno, pues la polémica suscitada en torno a él traspasó las fronteras granadinas y hasta las del propio evento para convertirse en discusión nacional sobre el cante jondo. Supuso, sin duda, una llamada de atención a las conciencias y a los planteamientos sectarios y erróneos de las mentes más privilegiadas de cuando entonces: sírvanos como ejemplo la actitud negativa de la Generación del 98, con la valiente y honrosa excepción de Antonio Machado. A partir de entonces la relación entre el arte flamenco y otras artes ha sido y es de respeto, colaboración y admiración.
 
          Sobre todo a partir de 1.956, año del I Concurso de Cante Jondo de Córdoba que, hecho a imagen y semejanza del que ideara Falla, vino a romper con la época de la Ópera Flamenca y a recuperar los ideales soñados por el autor de El Amor Brujo, treinta y tres años después. De nuevo la Historia del Flamenco imponía sus leyes, dejando morir uno de sus hijos, nacido muchos años atrás, para alumbrar otro engendrado en 1.922: un ciclo acababa para dar paso a otro nuevo. Y ahora, en este siglo, convulsionado y confuso, de vivir, Falla alzaría su voz -como gritan otros de menor relevancia e inteligencia- para prevenirnos del peligro que corre el Arte Flamenco de desaparecer en un marasmo de malas compañías e influencias negativas. Y se equivocaría de nuevo. Como yerran los pájaros de mal agüero que anuncian su muerte cada vez que algún artista se atreve a ejercer la libertad de creación, consustancial al mismo arte. Sin enterarse -¡todavía!- que el arte flamenco es vida renovada en cada corazón de cada artista que se sienta y sea libre. Lo demás, es muerte.
 
          Y a la nuestra -a la de unos y a la de otros-, que la deseo tarde, acabará asistiendo el arte flamenco. Que así sea.

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