Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
E L P A N

16/02/2016.

Candeal, de miga blanca, tupida y densa, mogosa, blanda, ancestral, con su corteza sobada, lisa y brillante, presto a evocarnos los años infantiles, cuando las hogazas de pan habían de durar, qué menos, una semana, en su punto, de sabor inolvidable, amamantado con mimo, habiendo sido amasado en la noche de la tahona acogedora, laboriosa, de brazos y manos infatigables, frente al horno abrasador, al horno de leña, bien caldeado para acoger las hogazas fermentadas sin prisa, puestas al fondo del fuego vivificador. Texto: ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

El pan bien amado, el pan blanco, el pan bendito, el pan cortado y repartido por el padre al inicio de cada comida, el pan para acompañar, el pan para untar, el pan para matar el hambre si nos quedamos con ella, el pan de dios, el pan que hay que besar si cae al suelo, el pan y sus sopas de pan, el pan en las sopas de ajo, el pan en sopas de leche, el pan para engordar la salsa, el pan en torrijas de cuaresma, el pan y su miga inmaculada, el pan y su corteza dorada.

                                                           Me contaba mi padre que estando convaleciente en Zaragoza de herida de guerra, y habiendo sido premiado a acudir a comer un domingo a casa de familia principal y afín, mi padre creyó que había tenido suerte, y hacia ese almuerzo fue exultante, convencido de que iba a llenarse la barriga a modo.

                                                           Recuerdo que mi padre me lo contaba con gracia y con cierta picardía, seguro, porque él ya sabía la continuación y el desenlace de la anécdota inolvidable.

                                                           Y es que la decepción fue enorme. Y así mi padre me explicaba cómo se encontró, entre muchos miramientos y estiramientos de clase principal, frente a un desolado huevo frito . . . sin un mal currusco de pan encima de la mesa, como si se tratara de un manjar, sin el recurso del santo y candeal pan que hubiera ayudado a salvar el trance.

Y jamás pudo olvidar mi padre aquel huevo viudo que tuvo que comerse con hambre y sin . . . pan. Tanto que jamás supo vivir ya alejado del reconstituyente pan, de trigo, blanco, familiar y humilde, bien conservado en la fresquera, bajo el paño de hilo, en la panera, capaz de mantener la textura abigarrada, como para que sepa mejor de un día para otro, tan lucidas las lonchas de pan tostado, sobre la brasa, untado de aceite y tomate, para iniciar la jornada, o enmigado, volteado sin cesar hasta dejarse empapar por la grasa, el tocino y el pimentón, hasta dejarse querer como si fuera el primigenio alimento que no debería faltar, junto al buen gusto de dejarnos acompañar por el buen pan “de cada día”.

 

Torre del Mar   febrero – 2.016

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