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Muere el último león

25/02/2016.

Rafa Iriondo, mítico extremo de la delantera más conocida del Athletic, falleció ayer en Bilbao, a los 97 años. Casi centenario en una vida que le llevó a conocer el éxito como futbolista y como entrenador -ganó dos Copas, una con el Athletic (1969) y otra con el Betis (1977)-, Iriondo permanecerá para siempre en la memoria del fútbol español. fUENTE: Diario Marca

Junto a Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza integró la delantera que devolvió al Athletic toda la gloria que el equipo había ganado antes de la Guerra Civil. Era el mayor de aquellos jugadores legendarios y el más rápido de todos, un extremo veloz, inteligente y con una considerable capacidad rematadora. En 323 partidos, marcó 115 goles.


Natural de Gernika, Iriondo llegó al fútbol sin apenas aviso. Se lo impidieron la guerra y una vocación tardía. Jugó un partido con el Gernika, en 1935. A la desaparición del equipo la sucedió el bombardeo que arrasó el pueblo y obligó a sus padres, propietarios de una tienda de muebles y de una carbonería, a instalarse en Bilbao. El final de la contienda generó un vacío enorme en muchos clubes, y más aún en el Athletic. Varios de sus jugadores se exilaron después de participar en la gira de la selección de Euskadi por Sudamérica.


    Parecía imposible reeditar los éxitos del equipo que había ganado cuatro de los siete primeros campeonatos de Liga, pero en menos de tres temporadas se armó una de las delanteras más legendarias del Athletic y del fútbol español. Iriondo tenía 21 años cuando se presentó a unas pruebas en el Athletic. A modo de garantía, declaró que había jugado en el Gernika, sin citar su mínimo periodo de experiencia. Le vieron maneras de delantero, pero no pudo incorporarse inmediatamente al equipo. Tenía que cumplir el servicio militar. Su destino fue Alcazarquivir, en Marruecos. Allí demostró las habilidades que le permitieron jugar unos partidos en el Atlético de Tetúan, aunque su trayectoria estaba fiscalizada por el Athletic, que le enviaba 150 pesetas al mes.


     Iriondo regresó a Bilbao antes de cumplir los dos años de mili obligatoria. Su breve paso por el Atlético de Tetúan y cinco partidos con el Bilbao, nombre del filial del Athletic en aquellos días, fueron suficientes para saltar al primer equipo. Debutó en 1940, frente al Valencia. Aquel día jugó su primer partido un chico de Sondika.  Se llamaba Telmo Zarraonaíndía y jugaba de delantero centro. Desde entonces, Iriondo y Zarra fueron inseparables. Su amistad les llevaría a participar como socios en un negocio de ropa y material deportivo.


     Durante 13 años, Iriondo ocupó la banda derecha del Athletic. El poderoso Venancio jugaba a su lado como interior. Zarra era el goleador. Panizo, el exquisito organizador del juego. Gaínza representaba la astucia, la habilidad y el carácter. Todos juntos se complementaban como pocas veces se ha visto en nuestro fútbol. Tenían personalidades muy distintas, estilos diferentes y la generosidad necesaria para conectarse a la perfección.


    Dos veces internacional, Iriondo vio eclipsada por Epi y Basora su carrera en la selección. Eran tiempos de extremos, de una posición que décadas más tarde perdería fulgor en el fútbol. Con el Athletic, ganó una Liga y cuatro Copas. En 1953 jugó su último partido con la casaca rojiblanca. Fichó por el Barakaldo, pero a mitad de temporada fue reclamado por la Real Sociedad. En Atocha no perdió su instinto goleador. Marcó siete tantos.


    Pocos dudaban de su destino. Quería ser entrenador. Colgó las botas y comenzó a dirigir al Indautxu, equipo que dio fenomenales jugadores. Pereda, Jones, Larrauri, Gárate y Amorrortu, entre otros, pasaron por el club de Garellano, el campo situado a 100 metros del viejo San Mamés. Su carrera como entrenador despegó después de la crisis de resultados del Athletic en la temporada 68-69. En plena campaña, Iriondo sucedió a Gaínza. Contra pronóstico, el equipo levantó el vuelo.  


Como suele suceder en el fútbol, se dieron las sorprendentes condiciones que alimentan las alineaciones inolvidables. Esa temporada, Iriondo alineó con regularidad a Iribar, Sáez, Etxeberria, Aranguren; Igartua, Larrauri; Argoitia, Uriarte, Arieta, Clemente y Rojo. De los decepcionantes partidos iniciales se pasó a la conquista de la Copa en 1969. La victoria sobre el Elche no significó la continuidad de Iriondo. El club había fichado al inglés Ronnie Allen.


       Iriondo regresaría al Athletic para suceder al yugoslavo Pavic. Dirigió dos años al equipo. Tenía fama de hombre metódico, detallista, más bien introvertido. Tenía buen ojo para detectar a los buenos jugadores y para ponerlos en el equipo. De carácter discreto, no era fácil sacarle un titular periodístico ruidoso. Las sorprendentes vicisitudes del fútbol le llevaron a dirigir al Betis y a participar en uno de los momentos más dolorosos en la historia del Athletic. El Betis, que antes de la guerra había ganado una Liga con varios jugadores vascos, vivió quizá el mejor momento de su historia en 1977. Iriondo conducía aquel magnífico equipo de los López, Alabanda, Cardeñosa, Megido, Anzarda y el jovencísimo Gordillo, que comenzaba a disponer de algunos minutos. En junio, una semana después de celebrarse las primeras elecciones democráticas, se enfrentaron en la final el Athletic y el Betis. El ambientazo en el Vicente Calderón fue sensacional.  Era más que una final. Empezaba una nueva época después de la dictadura.


Fue un gran partido, resuelto en la tanda de penaltis. Ni Dani, ni Iribar transformaron sus lanzamientos.  Esnaola, el gran portero guipuzcoano, anotó el penalti que dio la Copa al Betis. Era el segundo título de Iriondo como entrenador. Para el Athletic fue un momento dramático. Aquella temporada, el equipo fue tercero en la Liga y subcampeón de la Copa de la UEFA y de la Copa del Rey.


Después de dirigir a varios equipos, Real Sociedad y Zaragoza, entre otros, Iriondo se instaló de nuevo en Bilbao. Le afectó mucho la muerte de Telmo Zarra, su inseparable amigo. El Athletic nunca le olvidó. Le dedicó un homenaje y simbólicamente le señaló como el hombre que recogería la trayectoria del viejo San Mamés. Acompañado por uno de sus bisnietos, el nonagenario Iriondo acudió a San Mamés para iniciar la película de homenaje a La Catedral, antes de ser derribada. Fue su último acto de servicio al club que siempre le tendrá en su memoria.

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