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El gol de Alfonso (así, sin más)

11/03/2016.

Todo empezó el 5 de septiembre de 1998, en Chipre. Apenas habían pasado dos meses y medio de la doble debacle ante Nigeria y Paraguay en el Mundial de Francia y la España de Javier Clemente volvía a perder contra todo pronóstico, esta vez en Larnaca, ante una selección de desconocidos, en su gran mayoría aficionados. Aquel 3-2 disparó todas las alarmas e incluso los últimos apoyos del técnico vasco —José María García, el periódico Marca— entendieron que aquello era una batalla perdida y que mejor era dar un paso a un lado. Texto. por Guillermo Ortiz

Gol de Alfonso

Gol de Alfonso

También lo entendió así Ángel María Villar, amigo personal de Clemente, y su gran valedor durante los seis años que duró su estancia en el banquillo. Muy a regañadientes, porque en el fondo rendirse era darle la razón a demasiado enemigo suelto, la Federación convocó una rueda de prensa cinco días después de la derrota y Clemente se ahorró un despido presentando su dimisión. «Han sido seis años de la hostia», resumió, «seis años muy difíciles de superar».

La Federación se movió rápido pero mal. Por alguna razón difícil de entender, no habían previsto que el relevo sería tan inmediato y lo único que se les ocurrió fue recurrir a Luis Aragonés con un ultimátum: o te decides en veinticuatro horas o llamamos a otro. Y como Luis era Luis, tuvieron que llamar a otro, que resultó ser José Antonio Camacho, un histórico del Real Madrid y de la selección durante los años setenta y ochenta.

La experiencia de Camacho en los banquillos había sido breve pero intensa: de jugador aguerrido y corajudo pasó a técnico con gusto por el balón y el juego de ataque. Seguía siendo rudo en sus modales, por supuesto, y muy directo, carne de cañón para El día después, pero, a diferencia de Clemente, sentía fascinación por los jugadores de calidad. Después de pasar con éxito por el Rayo Vallecano y el Espanyol, y de fracasar con el Sevilla, Camacho había conseguido su gran sueño de firmar por el Real Madrid apenas unos meses antes de que llegara la oferta de Villar.

En lo que sería la primera de sus dos espantadas del banquillo del Bernabéu, el de Cieza duró exactamente veintidós días como técnico del club blanco. El Madrid venía de ganar su séptima Copa de Europa después de treinta y dos años de sequía y lo celebró echando a su entrenador, Juup Heynckes. Eran los días de Lorenzo Sanz, Juan Onieva y Fernández Trigo y la falta de entendimiento entre directiva y entrenador explotó en una discusión a finales de julio con las condiciones contractuales del equipo técnico como excusa perfecta.

De lo que quedaba libre, Camacho era probablemente lo más aprovechable, pero obviamente había cierto pánico a su carácter entre los miembros de una federación, como todas, con tendencia al intrusismo. Con todo, Villar aceptó las condiciones, y a los seis meses Camacho estaba ganándole 9-0 a Austria, uno de esos partidos que todo treintañero o cuarentañero recuerda a la perfección, el primer síntoma de lo que estaría por llegar diez años después.

De la euforia a la paranoia

Camacho tenía dos ventajas: la relación con los jugadores era excelente, tanto por su condición de exinternacional como por su apuesta decidida por determinados jugadores Fran, Valerón, Mendieta, Urzaiz que apenas contaban para su antecesor. Además, la prensa le trataba con muchísimo mimo, fuera por comparación con Clemente o por su facilidad para dar titulares. Las jerarquías se establecieron rápido en un equipo donde Raúl mandaba por encima de todos, los laterales eran flechas Aranzábal y Míchel Salgado, en ocasiones Sergi— y Fernando Hierro organizaba el equipo desde la defensa, con Guardiola como medio centro de referencia.

El resto de la clasificación fue un paseo: en los siguientes cinco encuentros, hubo otro 9-0 (a San Marino) y un 8-0 (a Chipre, dulce revancha). En total, bajo el mando de Camacho, España ganó sus siete partidos, marcó cuarenta goles y recibió solo dos. El entusiasmo no tenía precedentes. La selección acudía a la Eurocopa de Bélgica y Holanda como gran favorita, condición solo discutida quizá por la propia Holanda, entrenada por el novato Frank Rijkaard, y la vigente campeona del mundo, Francia, liderada por el jugador de la Juventus, Zinedine Zidane.

Y, por supuesto, como ocurre siempre, fue poner un pie en Rotterdam y la cosa se salió de madre.

Ante todo, la tensión. Esa tensión de los días que pasan sin partido que llevarse a la boca, solo entrenamientos y comentarios y páginas que rellenar con presuntos malos rollos o euforias desmedidas. Dos días antes del encuentro inaugural frente a Noruega un martes 13, por cierto, Camacho estalló en la SER acusando de «espionaje» a una empresa vinculada a su propia federación por grabar las jugadas ensayadas de sus entrenamientos.

Estos ataques de paranoia nunca son señal de nada bueno y así se comprobó dos días más tarde: para el debut, Camacho confió en Molina como portero acompañado por Salgado, Aranzábal, Hierro, Paco Jémez, Guardiola, Fran, Valerón, Etxeberría, Raúl y Urzaiz. La última victoria española en el inicio de una gran competición databa de la Eurocopa de Alemania de 1988, un 3-2 ante Dinamarca que no sirvió para nada. Desde entonces, 0-0 contra Uruguay en Italia 90, 2-2 contra Corea del Sur en Estados Unidos 94, 1-1 contra Bulgaria en Inglaterra 96 y el fatídico 3-2 con el que Nigeria dejó a la selección con un pie fuera del Mundial de Francia 98, el principio del fin de Clemente.

Noruega no era un equipo de estrellas pero era un buen ejemplo del fútbol que había triunfado en los noventa: muy físico, con muchos jugadores militando en la Premier League y un juego muy directo, casi siempre buscando a sus estrellas Ole Gunnar Solskjaer y Tore André Flo, apodado «Flonaldo» por la prensa británica por su impensable habilidad con los pies dado su 1.93 de altura. Por supuesto, ambos jugaban en la liga inglesa, en el Manchester United y el Chelsea respectivamente.

El partido fue todo lo aburrido que uno pueda imaginar. Ni un destello de lo que España había demostrado en amistosos y oficiales. El equipo estaba agarrotado y con el peso encima de la victoria obligada. Raúl no apareció, como no lo hizo Fran y apenas Valerón. Guardiola no tenía juego que crear y cuando parecía que la cosa no podía ir a peor, el portero Thomas Myhre sacó una falta desde la mitad de su campo hasta el área española, un balón muy alto que parecía no ir a ningún lado hasta que Molina decidió salir como loco para despejarlo en el aire. Calculó mal y vio como Iversen se adelantaba, dejando a todo el país con cara de idiota y al equipo en una crisis de ansiedad de la que ya no saldría.

Salvando los muebles contra Eslovenia

El pato lo iba a pagar el entrenador, por supuesto, pero también Molina. Solo se le vio una vez y fue para fallar, justo lo contrario de lo que se le pide a un portero de élite. Molina, el mítico portero del doblete del Atleti, tenía una relación gafada con la selección desde que hiciera su debut en 1996, precisamente contra Noruega… como extremo izquierdo, con oportunidad de gol incluida. Cosas de Clemente y de una lesión de Juanma López con todos los cambios ya hechos. Fue convocado como tercer portero a la Eurocopa de Inglaterra y después al Mundial de Francia, pero no jugó ni un solo minuto. Cuando por fin le llegaba la oportunidad, el empeño por agradar había acabado en desastre; no volvería a jugar en todo el campeonato.

Su posición la ocuparía Santi Cañizares, otro hombre con una extraña relación con la selección española, siempre a la sombra de Zubizarreta primero y de Iker Casillas después. Parte de la prensa pidió que el portero del Madrid, a sus diecinueve años, fuera el elegido. Por entonces ya se mascaba la leyenda de «el santo», que venía de ganar la Champions con el Madrid en París, pero su esplendor llegaría dos años después, en aquella tanda de penaltis contra Irlanda en el Mundial de Japón y Corea.

Aparte de Molina, otros tres hombres salieron del once inicial, buscando un mejor equilibrio: Fran, uno de los símbolos de esta nueva España, fue acusado de falta de competitividad y en su puesto entró Gaizka Mendieta; Paco Jémez se vio sustituido por Abelardo, un hombre más acostumbrado a los grandes partidos por sus años en el Barcelona, y Urzaiz, un delantero de los de toda la vida, buen rematador de cabeza, alto y espigado pero con buen juego de pies, dejó su puesto a Alfonso, la gran esperanza blanca que parecía consagrarse por fin a los veintisiete años.

La historia de Alfonso venía de demasiado lejos. Fue Raúl antes de Raúl y Butragueño después de Butragueño. Un jugador de entreguerras. Sus primeros pasos en el Madrid, generalmente como revulsivo desde el banquillo, mostraban a un jugador listo, hábil, con buen regate y un fabuloso instinto para el gol. La decadencia de Hugo Sánchez y Butragueño le brindó unas cuantas oportunidades en los años aciagos del madridismo de principios de los noventa. Entre las lesiones y los títulos del Barcelona se fueron pasando los años y para cuando quiso recuperar su cetro de eterna promesa resultó que Raúl lo acaparaba todo.

Del Madrid tuvo que salir rumbo al Betis como cedido en 1995. Mano de santo. Aquella temporada en Sevilla le llevó de nuevo a lo más alto del estrellato, con goles de todos los colores y convocatoria para jugar la Eurocopa del siguiente verano. Llegó a volver al Madrid, donde Capello fantaseó en pretemporada con mandarle a la banda derecha y hacerle así un sitio junto a Suker y Mijatovic, sus dos grandes fichajes. Sin embargo, el proyecto no cuajó y Alfonso tuvo que volver al Betis, esta vez ya en propiedad, años locos en los que Lopera te traía a Denilson o a Finidi por miles de millones de pesetas.

Aquel año metió veinticinco goles en liga, coqueteando con un «pichichi» que se llevó Ronaldo Luiz Nazario. En las siguientes temporadas ni se acercaría a esas cifras, con una grave lesión incluida. La decadencia derivó, allá por la primavera de 2000, en el descenso del Betis. Podemos decir, por tanto, que antes de esta Eurocopa, la carrera de Alfonso estaba en un momento como mínimo delicado. Lo que pasaría después, probablemente ya lo saben y si no lo saben se lo recuerdo: España ganó apuradamente a Eslovenia por dos goles a uno y se plantó en el último partido, contra la República Federal de Yugoslavia, con la necesidad de ganar. Un partido de los que valen una vida.

La gran oportunidad de dos generaciones históricas

Yugoslavia había regresado a la escena internacional con ganas de reivindicarse. Después de su excelente mundial de 1990, donde precisamente eliminó a la selección española en octavos antes de caer con la Argentina de Maradona en los penaltis, toda una excelente generación de jugadores serbios se vio afectada por las sanciones deportivas derivadas de la guerra de los Balcanes. No pudieron participar en la Eurocopa de 1992 Dinamarca ocupó su lugar y ganó el título ni en el Mundial de 1994 ni en la Eurocopa de 1996. Sí se clasificaron para el Mundial de 1998 pero cayeron en octavos contra la Holanda de Dennis Bergkamp.

Para los Jugovic, Mihajlovic, Milosevic, Mijatovic, Djukic, Stojkovic y compañía era algo así como un «ahora o nunca». En el banquillo, lo vigilaba todo Vujadin Boskov, una eminencia del fútbol europeo.

La urgencia, en cualquier caso, estaba del lado español. A Yugoslavia, que había empatado en la primera jornada con Eslovenia pero había ganado después a Noruega, le valía el empate y solo la derrota le dejaba como segundo de grupo. Camacho presentó una alineación que era un híbrido de los dos primeros partidos: la baja de Fernando Hierro, lesionado, la suplió Paco, y Fran volvió para dar más equilibrio en el medio del campo en sustitución de Joseba Etxeberría. En vez de Aranzábal, jugó Sergi Barjuán… Pero el cambio más sorprendente fue el de Iván Helguera por Juan Carlos Valerón: un mediocampista defensivo por uno de creación, probablemente el gran estandarte de la España de Camacho en la clasificación.

Fue el típico partido de despedida para España: buen juego, buenas oportunidades, derroche de entrega… y gol en contra en cada despiste. Fran se lesionó a los veintidós minutos y ocho después, Savo Milosevic, el jugador del Real Zaragoza, anotaba el 0-1. Alfonso empató poco antes del descanso, culminando con la izquierda una jugada algo embarullada de Raúl, pero el empate servía de poco y Camacho decidió quitar a un lateral, Salgado, y meter a un media punta explosivo, el racinguista Pedro Munitis.

No funcionó, o funcionó solo a medias: el equipo pasó a ser más directo y quedar más expuesto a los contraataques. Por si eso fuera poco, a los cinco minutos marcó Yugoslavia el 1-2, remate de Govedarica otra vez a placer. Munitis inmediatamente empató a dos y ahí empezó un asedio infructuoso que culminó con la entrada de Urzaiz en el campo y la orden de bombear balones a ver si caía algo.

Los minutos pasaban, el árbitro expulsó a Jokanovic pero el resultado seguía igual. España estaba fuera. Otra vez. Era una sensación entre la rabia y la impotencia. Incluso con diez, Yugoslavia conseguía defenderse bien y, en el minuto 75, Komljenovic anotaba de nuevo para su equipo, otra vez en una desastrosa actuación de la defensa española. Era el punto final, el adiós de una generación y un modelo que había entusiasmado a un país y un continente hasta que se tuvo que enfrentar con la realidad.

El hombre del gol y el coliseo

Así fue avanzando el tiempo y de aquel minuto 75 pasamos al 80, luego al 85 y al 90. España necesitaba dos goles y los buscaba, claro, pero aquello era un «jugamos como nunca y perdimos como siempre» de libro. El árbitro marcó cuatro minutos de añadido y en el primero señaló un penalti cometido sobre Abelardo, convertido en el enésimo delantero centro. Mendieta convirtió el 3-3 con tranquilidad pero apenas quedaba tiempo: solo un par de minutos, tres si el árbitro decidía añadir uno más por el penalti.

La España del 9-0 agonizaba entre balonazos a Abelardo. Pasó el minuto 93 y el 94, pero el árbitro no pitaba. El balón llegó rebotado a Guardiola, casi convertido en líbero, a la altura del medio del campo. Guardiola, un hombre templado en las formas y apasionado en el fondo, se hace un lío con la pelota, probablemente producto de los nervios. Cuando consigue domar el balón definitivamente, mira al área y centra. Pasan cuarenta y cuatro segundos del tiempo añadido y ese pase es el último del partido, no hay vuelta de hoja.

El balón vuela y con el balón la angustia de un país. En el área esperan unos veinte jugadores, pero el que la toca es Urzaiz, acostumbrado a ese tipo de situaciones. No solo la toca sino que la baja con el pecho y la orienta para el remate de otro compañero. Alfonso. Todos lo vemos y nos levantamos del sofá y, como en un capítulo de Campeones vivimos a cámara lenta cómo Alfonso arma la pierna izquierda, cómo inclina el tronco hacia la derecha para poder picarla y que no se le vaya fuera, cómo ningún defensa yugoslavo consigue entorpecer el remate y cómo el balón, efectivamente, impacta en la bota del delantero del Betis.

Son unas décimas pero parecen un mundo. En un partido donde España ha fallado diez goles cantados, uno más no sería una sorpresa. El fatalismo patrio, además, invita a pensar que ese es el partido para irse a casa, que siempre ha sido así y siempre lo será. Pero no. El balón entra sin que el portero se mueva. Minuto 94 y 50 segundos y las radios gritan gol como no lo gritarán jamás. Los jugadores se abrazan y el partido se termina. España está dentro, está viva, está en cuartos de final y ahora sí que no la va a parar nadie porque si en el partido maldito ha conseguido ganar, ¿quién podrá parar ahora a esta máquina?

Y así, por un balón a la olla, el país entero pasó de la depresión a la euforia. Por una volea, la carrera de un jugador pasó de promesa a mito, de jugador de segunda a fichaje multimillonario del Barcelona, «su equipo desde que era pequeño». Y siguiendo la misma lógica, apenas unos días más tarde, la euforia se convirtió en depresión: Zidane marcó un golazo de falta, Raúl falló un penalti en el descuento que aún recordamos todos y nos fuimos para casa en cuartos, como Dios manda.

Quedó sin embargo el recuerdo del camino, que no es poca cosa. La meta no llegó o llegó demasiado pronto, pero, ¿a qué niño no le gusta una buena montaña rusa? Durante diez días, fuimos eso, niños emocionados en el tobogán. Ni la carrera de Alfonso ni la de Camacho como seleccionador dieron para mucho más: después de fichar por el Barcelona y ver cómo le ponían su nombre a un estadio de fútbol, el de Getafe acabó de nuevo en el Betis, donde acumuló lesión tras lesión, jugando solo cuarenta y cinco partidos en tres temporadas, aunque participando de la Copa del Rey que los de Sevilla se llevarían ante el Osasuna en la prórroga.

Quedará, en cualquier caso, «el gol de Alfonso» como quedó el de Cardeñosa, una jugada que resume una carrera, una marca registrada que con solo citarla vuelve a acelerar el pulso.

Como si aún estuviera acabando el siglo XX y solo tuviéramos veintitrés años.

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