Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
SOBRE LA BUENA Y LA MALA GENTE
«Mala gente que camina y va apestando la tierra».

13/03/2016.

Recuerdo a mi tía abuela Victoria, regentando una portería, a mediados del siglo pasado, allá en el centro de Bilbao, atenta, al cuidado y al servicio del mantenimiento de una finca urbana de relumbrón, así como de sus vecinos, siempre con una sonrisa y una mirada de infinita bondad. Decían de ella que siempre había tenido «su portería abierta», un tabuco mínimo y humilde al fondo del elegante portal, para cuantos necesitaran de un plato de comida, de una cama para reponer fuerzas. Jamás preguntó a nadie qué intenciones podía ocultar o no. y, por cierto, jamás la sucedió nada desagradable Texto: ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

A mí, un mocoso que solía acudir a visitarla, me invitaba siempre a un vasito de gaseosa “La Pelusa” y un dadito de turrón de frutas. No necesitaba más, su sonrisa y su bondad sencilla y profundamente contagiosa seguro que recompensaban con creces mi visita.

                  Y eso que decían que su marido José había sido todavía más bueno.

                  Dos ángeles, sin duda, que gozaron de una existencia tan humilde  como bienhechora, como para hacerse inolvidables.

                  Recuerdo también a mi madre, cuando mi hermana y yo éramos pequeños, que debía recurrir a la ayuda de lo que entonces se llamaba “una externa”: Dolores, una emigrante andaluza, de Jaén, casada con un “paleta” de su mismo pueblo, un borrachín que la daba mala vida y seguro que un palo más que otro.

                  Recuerdo vagamente que esta señora, consumida, mínima, de manos sarmentosos y talante sumiso y servil ayudaba a mi madre en la crianza de sus hijos, fregando, lavando . . .en fin, lo que se precisara. Jamás noté que Dolores no fuera tratada tanto por mis padres como por nosotros, mi hermana y yo, con el máximo de los respetos y consideración.

                  Tenía Dolores una hija, adolescente, asomándose a la juventud, una chiquilla llamada Lola cuyo futuro no albergaba halagüeñas expectativas. Y recuerdo cómo mi madre se interesó y logró meterla en un internado, en Vitoria, donde sería educada y preparada para algún oficio. Me acuerdo que, de vez en cuando, mis padres junto a sus hijos solían ir a visitar a Lola y asegurarse de que su educación evolucionaba correctamente.

                  Ya al final de su vida, mi madre necesitó la ayuda de una persona y contrató, de acuerdo a la ley y sin regatear un solo duro, a una señora, por cierto sudamericana, para que la acompañara y ayudara durante el día.

                  Recuerdo que me comentaba mi madre que se ponía de los nervios porque la llenaba, con la mejor voluntad, de “señora Leo para arriba, de señora Leo para abajo”. Mi madre no cejó hasta que consiguió que se dirigiera a ella con su dignísimo: “Leo”, sin otra titulación innecesaria.

                  Asimismo me enteré, porque me lo dijeron, a pocos meses de morir, porque había pedido ayuda para que la acompañasen, que todos los años, sin que nadie se enterase, mi madre entregaba unas buenas cantidades de dinero a su parroquia, a Cáritas, para que fueran utilizadas para necesidades de los más desfavorecidos. Jamás hizo propaganda de esa determinación.  

                  Recuerdo, por otra parte, que mi padre cuando ya decidió, por jubilación obligada por la edad, cercana a los ochenta años, cerrar su pequeño negocio, los abogados que le asesoraba le comentaron sobre la posibilidad de cierta artimaña para presentar “quiebra del negocio” o algo así y evitar las indemnizaciones a las que tenían derecho sus empleados, obreros se les decía con todo el respeto y consideración, y cicatearles pues sus liquidaciones por “cierre de negocio”. Recuerdo perfectamente que mi padre se negó en redondo y los obreros de mi padre, algunos de ellos que le habían acompañado desde que abrió el negocio, cobraron hasta el último céntimo.

                  Gente buena sin duda.

                  Cuando yo ahora veo que algunos “principales” de nuestra sociedad “no recuerdan o casi que contrataron personal ficticio y que engrosaron sus cuentas corrientes proclamando su inocencia e invocando una amnesia exculpatoria”, sin que se les apee del don y del doña, de los señores y señoras, todos y todas muy presuntos hasta la indecencia insoportable. Llámense infanta real, exsuperministro económico, presidente, presidenta, consejero, consejera, alcalde, alcaldesa . . . y toda la ralea . .  .y “mala gente” en general, muy principal y muy dañina, sin duda, porque su falta de moral ha sido y es contagiosa, por necesidad, por complicidad inherente, hacia la rapiña que se rebajaba a quererse llevarse “crudo” hasta lo más personal, íntimo o insignificante.

                  Como para que ahora aún pretendan mantenerse en cierto nivel de “señorío” perdido por su “mala conducta”, aunque “la clientela” subsidiaria de tanto golfo y golfa haya urdido la telaraña “comprada” como para que resulte librarse fácilmente de tanto “granujerío” que solo ha demostrado “su mala entraña”, tal vez o seguro porque eran “malas personas”.  

                  Ahora que se habla tanto de la “regeneración” de la que se quieren hacer cargo ¿los incompetentes, los irresponsables, los compinches . . .? . . . que con su poder solo supieron dar cobertura a las tropelías que han ido devastando nuestro país.

                  ¡ En mala hora!

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