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Opinión
DE LECTURAS Y LECTORES

16/03/2016.

«El que no lea, a los 70 habrá vivido solo una vida. Quien lea habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás». Umberto Eco Texto. ANTONIO GARCIA GÓMEZ

De niño solía acudir a la biblioteca municipal de mi barrio, y junto a mí muchos otros niños de ese mismo barrio, a media tarde, después de haber sudado infantilmente, en la campa de cerca de nuestras casas, tras algún balón que tenía dueño, seguro, y terminaba llevándoselo cuando le apetecía o le llamaba su madre dejándonos con un palmo de narices, cada tarde.

                  El caso es que había que cambiar de actividad, y entonces muchos de los infantiles y esforzados futbolistas de ocasión y afición se daban de baja, tras haber merendado y haber reposado los ardientes respingos, muchos de nosotros acabábamos en la biblioteca del barrio, leyendo, tan formalitos, tan entretenidos, dejando pasar la tarde.

                  Leyendo así pues, tras haber escogido el libro que más nos pudiera gustar, pura lectura por el puro placer de leer, y de enfrascarse, y de dejarse olvidar dónde pasábamos muchas, según nuestras edades, según nuestros intereses, para continuar la lectura interrumpida de la tarde anterior, con mayor o menor jaleo o en silencio así como guardan silencio los niños, vigilados por la bibliotecaria que no dejaba ni una voz que se oyera, ni una risa que distrajera, ni un grito que alterara la atmósfera contenida y exigida, sobrevolando las lecturas entusiastas de quienes, casi a diario, pasábamos una o dos horas, enfrascados en aventuras árticas, africanas, de piratas, de capitanes intrépidos, de princesas raptadas, de sultanes, de ogros, de crímenes inescrutables, de misterios y fantasmas, de dragones y vikingos, de vellocinos de oro, de correos del zar, de viajes en globo, al centro de la Tierra, a la Luna, de cazas a ballenas blancas, a jaurías de lobos, a indios de las praderas, . .  .mientras creíamos que se había parado el tiempo.

                  Hasta la hora de regresar a casa, a cenar, embutidos de emociones, de imágenes fantasiosas y fantásticas, de aventuras a emular, mientras sorbíamos las sopitas de noche, ensimismados en nuestras recientes y diarias lecturas, llegando a imaginarnos, nosotros, pequeños e imaginativos, protagonistas de hazañas increíbles.

                  Y así formaba pues, la lectura casi diaria, una parte importante de nuestras infantiles existencias.

                  Nada parecido a lo que hoy sucede, cuando resulta tan difícil encontrar tiempo para esa labor, para poder disponer de tiempo, ganas, afición  y dedicación para leer, para leer un libro, sencillamente.

                  Aunque la normativa dicte que “la lectura ha de practicarse a diario y por parte de cada alumno de primaria”, aunque y lamentablemente no se cumpla tal directriz y, curiosamente, suceda que muchos, demasiados, niños y niñas pasen semanas, meses . . . sin leer en el colegio, sin tener siquiera la oportunidad de “darle una oportunidad a la posible vocación por leer por el gusto de leer”, incluso aunque sirva para comprender “lo que se lee y lo que, en consecuencia, en la deriva académica, resulte fundamental y enriquecedor”.

                  Y así hasta encontrarnos en los tiempos actuales, en los que, muy probablemente, la lectura ande convirtiéndose o en una actividad exótica, casi excéntrica, o en una actividad estrictamente profesional, especializada.

                  Y uno entonces se percata que, tal vez, ya se es de “otro tiempo”, aunque se eche en falta esa inclinación por la lectura íntima, individual, enriquecedora, formativa e imprescindible.

                  Mientras se pretende celebrar el cuarto centenario sobre la figura del genial Cervantes, al menos en sus principales figuras creadas, sus protagonistas del Quijote de La Mancha y del bueno de Sancho Panza, del que “todos sabemos” que uno “era alto y el otro bajo y gordito”, que uno “estaba loco y el otro no”, como para que después de todo uno comprenda que resulta, hoy en día, difícil encontrar un resquicio en el tiempo cotidiano, para dedicarlo a la lectura capaz de hacernos evadir de las contingencias ramplonas del día a día. 

                  Y uno echa en falta los recuerdos de antaño porque pudieran trasladarse a la actualidad, aunque a uno le acusen de morriñoso y añoso. ¡Vaya uno a saber!.

                  Y recuerdo que yo leí, en el colegio, una magnífica adaptación de El Quijote, dejándonos entusiasmar por el fraile que dirigía la lectura coral, alumno a alumno, visualizando el milagro “ingenioso” de las andanzas y desventuras del buen hidalgo Alonso Quijano gracias a los dibujos del genial Gustavo Doré.

                  Ahora que dicen que “lo importante es que se lea no importa qué”. Bueno, esa afirmación no acabo de compartirla y sí reivindico el fomento de la lectura hecha “breña a breña, trocha a trocha, vereda a vereda, molino de viento a molino de viento, . . .” a “entusiasmo partido” que seguro debería contagiar la maestra, el maestro de turno, un “confeso”, así debería ser de “obligado cumplimiento”, lector, un epidémico foco de amor a la lectura para desbrozar el laberinto mágico de la lectura.

                  Yo le suelo recordar a mi hija pequeña que “es bueno llevar siempre un libro consigo”, en el bolso, en la mochila, bajo el brazo, presto a “ser atendido” en cualquier ocasión, porque yo creo que “es un pecado” no leer, siquiera ¿diez minutos?, desenfocar la rastrera realidad para focalizar la historia leída que nos está “entreteniendo, conmoviendo, emocionando, interesando . . .”

                  Y no lo entiendo de otra manera y jamás me he sentido solo si conmigo ha venido acompañándome un libro.

                  Y así puedo decir que “he vivido más de un vida” gracias a mis lecturas.

 

                  Torre del Mar     marzo – 2.016

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