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Opinión
QUE SÍ SE PUEDE, QUE NO SE PUEDE

01/04/2016.

Con la perspectiva de mi edad y por lo tanto con el tiro, seguramente, algo desviado, hay cosas, comportamientos que no comprendo muy bien, en lo que se refiere a la relación establecida entre los niños de hoy en día y sus responsables, es decir sus padres. Autor: ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Cuando uno ve, a menudo, las evoluciones de los retoños, por llamarlas de alguna manera, a su puro antojo, arrasando con cuanto y con quienes osen ponerse delante de sus caprichos y querencias sin que aparezca por ningún lado una corrección adulta, cariñosa y firme diría yo, quedándose todo en un agua de borrajas, una charleta medio confidencial de la que el pequeño pasa, casi desde el principio, como de la . . . mierda.

Sin que uno pretenda meterse en profundidades, uno cree que hay unos comportamientos básicos, elementales, universales incluso, que deberían arraigar cuanto antes, tal vez inculcarse y preocuparse porque pasen a formar parte del inconsciente sociable de cualquier individuo, desde su más temprana edad.

Y así uno entiende que una norma básica de convivencia, de sociabilidad, de respeto mutuo . . . es la de saludarse adecuadamente con un “hola, un buen día o buenos días, una mirada frente a otra mirada, inspirando confianza,complicidad, e incluso terminando con un apretón de manos o un par de besos”. Y así se trata de animar a los niños a que cumplan con esa norma elemental . . . de :”dile buenos días, da un besito . . .”,o así lo creía uno . . . hasta que ahora la norma dice que “eso lo tiene que decidir el niño”, ¿?

También se sorprende uno cuando ve esas peleas propias de unos mocosos contra otros, aunque siempre resulta que hay un infante que reparte más estopa y que al final, pero después de un rato largo, puede llegar a ser “levemente conminado a deponer su actitud agresiva”, ¿infantil en cualquier caso, inocente?, mientras la madre y el padre le susurra palabras de apaciguamiento, sin lograr baja la mirada “asesina” . . . del “mierdecilla” que al menor descuido suelta una patada al contrincante descuidado para que se enteren todos muy bien que “sus reales” tenían razón.

Yo recuerdo, a la vez, que cuando mi padre o mi madre me decían que “hasta ahí había llegado” quería decir exactamente eso, sin más explicaciones, bajo peligro de ser sujeto de un castigo inmediato y que doliera. Sin mayores aspavientos, sin necesidad de “sacar la zapatilla o no”.

Por otra parte también recuerdo cómo explicaba el ilustre zoólogo y divulgador Rodríguez de la Fuente la manera que utilizaba para mostrar su preeminencia sobre algunos de los lobos con los que se permitía mezclarse, consistía en coger a uno de ellos, abrazarlo por lo lomos y elevarlo sobre el suelo. Algo así como mostrando una energía que conmoviera y permitiese mostrar a quien “mandaba”. Y por eso era bueno que, con razón y necesidad, un movimiento enérgico, algo brusco, una mirada, una voz firmes fueran capaces de indicar al pequeño “cómo había que comportarse” .

Y se reaccionaba con prontitud.

Recuerdo un vez que, siendo niños y habiendo asistido a una película de esas de “sesión continua” me encontraba tan a gusto y embebido que repetí la visión el fil y, prácticamente, me quedé hasta el final de todas las proyecciones.

Cuando regresé a casa y ya balbucía una disculpa, mi madre abrió la puerta siendo su reacción inmediata y súbita. Según cruzaba el umbral me soltó un buen “sopapo” en los muslo desnudos, entonces llevaba aún pantalones cortos, y con determinación y sin fisuras me espetó : ¡a la cama sin cenar!.

No hubo necesidad de mayor aclaración. Yo ya sabía que había hecho mal.

Y por otra parte yo sabía que mis padres estaban ahí, que siempre podía acudir a ello, que eran fuertes y de fiar. Que me querían aunque no me lo repitiesen cada dos por tres. Ni falta que hacía y que, en cualquier caso, me ofrecían su confianza, como así fue y ha sido, sin concesiones, sin debilidades manifiestas. Orgullosos de que fuera conformando un carácter en virtud a los valores que iban contagiándome, inculcándome.

Recuerdo que una vez, mientras me iba preparando para salir al colegio, por la mañanita, en un momento mi madre pudo medio divisar que yo dejaba su cartera, a la carrera, después de haberle cogido unos céntimos, seguramente para poder comprarme unos caramelitos de nata. Mi madre lo sospechó enseguida y me preguntó “que qué hacía con su cartera”. Yo negué que ni siquiera me había dado cuenta de que estuviera allí. Mi madre me dijo que esperaría hasta que dijera la verdad, que qué hacía con su cartera. Recuerdo que no fui al colegio, no importaba nada salvo que reconociera que había hecho algo que no debería haberlo ni intentado. Y al fin confesé, a media tarde. Y mi madre sencillamente que “no lo volviera a hacer” y la vida continuó y yo aprendí la lección y que . . . “el mundo se había parado” ante lo inadmisible, como el pequeño hurto, como la descarada mentira.

Y mis padres jamás osaron espiar en mis cajones, en mis “rincones secretos” y yo jamás, ya mayor, “pretendí utilizar en su casa el mando de la tele”, por ejemplo.

Y siempre me dijeron, con acierto o sin él, lo que estaba bien y lo que estaba mal. Y jamás pude hacer nada “indebido” . . . porque sus lecciones morales eran tan humanas como impecables. Y ahora, a veces, uno entiende que muchos niños van haciendo lo que se les antoja sin nadie que. . . simplemente, les corrija. Torre del Mar marzo – 2.016

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