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Opinión
A C O N T E C I M I E N T O S

15/04/2016.

. . . y decía Hilario Camacho, que cantaba y decía, rasgando las cuerdas de su guitarra, «que es posible la vida», «mirando hacia el cielo y salto», aunque «volar era de pájaros». «En los labios niños, las canciones llevan confusa la historia y clara la pena». Machado Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

De antaño, de siempre, de ahora mismo, de cuando van y nos anuncian el nuevo artilugio de ultimísima generación que acaba de salir a la venta para hacernos la vida ¿más interesante, más ocupada, más feliz?, previo pago del producto, uno más entre un millón por bien de la sociedad de consumo.

Como entonces, como cuando era niño y los acontecimientos también ocurrían y estallaban en la cotidianidad de nuestras existencias, como cuando se anunciaba la llegada del circo y sabíamos que había que ir corriendo a ver cómo crecía de la nada la monumental lona, las luces y la música y los números acróbatas imposibles, que enardecerían las noches de función, un par . . . hasta el año que viene.

Del Circo Americano, del Circo Ruso, del Circo de los Hermanos Tonetti, el más querido, con los rostros de los hermanos payasos, el del Augusto y el de las bofetadas y los zapatones, en grande, en color, en los carteles que anunciaban la bienvenida al Circo, en la campa de al lado de casa, en las afueras del aburrido poblachón, sobre el mismo terreno baldío, de guijo y tierra pisada, en el que cada tarde jugábamos los críos del barrio al balón, a meter gol entre dos piedras, sobre el que se había extendido el circo recién llegado a la ciudad, como cada año, alrededor de la futura pista central, imaginada, en torno los carromatos y las roulotes modernas, las jaulas de las fieras y los camiones de decenas de ruedas . . ., en un universo tan en pequeño como autónomo, deslavazado entre gigantescos tornillos, sogas gruesas y entrelazadas, lonas inmensas que habrían de levantarse sobre el monstruo dormido, con la chiquillería expectante, y un mundo desconocido plegado a punto de desplegarse, mientras soñábamos que tal vez pudiéramos decidirnos a escaparnos con la caravana del circo cuando fuera a . . . abandonar, como cada año, el pueblo, entre fornidos trabajadores de musculatura abultada y muchachas que salían y entraba y sugerían, tan bellas, tan airosas, tan pizpiretas sabiendo que las mirábamos, embobados, hechizados, y chiquillos que corrían con el culo al aire . . . las más de las veces.

Y siempre había algún compañero que se atrevía a faltar a clase el día que el circo había plantado sus reales en la campa de al lado de casa, por no alejarse del evento y estar muy atento, por y para ofrecerse a cualquier encargo, como para ir a hacer viajes de traer agua, ida y vuelta con un balde en cada mano, o para echar el resto donde necesitaran y lo solicitaran los del circo, con sus aspectos extraños, de gente distinta a la del pueblo, como si hubieran venido de muy lejos, de otras tierras, de otras costumbres, entrando y saliendo de sus caravanas, enjaezadas de cortinas y pequeñas macetas, como si se tratara de pisos como en los que vivíamos nosotros, los paisanos del pueblo o la ciudad visitada por el circo, aunque tuvieran que salir, los habitantes forasteros y funambulistas a la calle a lavar la ropa, entre las caravanas y los carromatos, mientras nosotros observábamos a los fieros perros que guardaban el campamento, midiendo las cadenas que les ataban a las argollas de las que nunca estábamos seguros que fueran a no soltarse, tan amenazadores, tan infatigables ladrando todo el día en cuanto alguien se acercaba al campamento transeúnte.

Y aquellos compañeros que habían hecho novillos conseguían entradas gratis, ¡ qué envidia! mientras yo intentaba convencer a mis padres de que si podíamos ir . . . al circo.

Y lo lograba, casi siempre, con mis padres y mi hermana más pequeña, aunque tuviera que confesar varios años después que solo tenía cinco añitos recién cumplidos, acudir a la función de tarde, oliendo a pis de fiera y a sudor de farándula.

Y durante dos horas nos dejábamos estremecer, emocionar, hasta aguantar la respiración, hasta las lágrimas de la carcajada que no tenía freno, hasta la parálisis del miedo invencible, del más difícil todavía, del domador sometiendo a los deslucidos tigres, con los caballitos galopando sin cesar, y los malabaristas bordando el bucle imposible, mientras yo miraba muy absorto como una señora mayor se balanceaba, rodilla doblada sobre un trapecio en todo lo alto de la pista, sin red, los brazos extendidos y decían que era canaria y que se llamaba Pinito del Oro, y logró no caerse y saludar con una sonrisa como hacían . . . todos los artistas del circo, desde el trapecio más alto todavía, en el mayor espectáculo del mundo, de entonces, cuando nos saludaban una y otra vez, y aplaudíamos a rabiar y luego toda la troupe completa, a pie de pista, al fin de la función volvía a saludar y a sonreír y yo me fijaba que algunos habían hecho de . . . ¿magos, y malabaristas, y acróbatas, y domadores . . ? y uno aplaudía y aplaudía y no estaba seguro de si eran los mismos o no. .

Y regresaba yo a casa con mis padres, de la mano, transfigurado de emoción haciendo mis “pinitos” de pura acrobacia sobre el bordillo de la acera . . . aunque de vez en cuando no lograba mantener el equilibrio y caía . . . a la calzada, y yo volvía a intentarlo, y entonces me soltaba y volvía a . . . intentarlo solo.

Y a la mañana siguiente, antes de ir al colegio, íbamos corriendo y ya para entonces . . . ya se había ido el circo y solo quedaba la campa bajo la escarcha brumosa y nosotros, algo tristes, algo traspuestos, reiniciábamos la rutina cotidiana . . . sin que se nos olvidara que habíamos visto a los “hermanos Tonetti” tan cerca que estábamos seguros de que nos habían sonreído a cada uno de nosotros, ¡personalmente!.

Torre del Mar abril - 2.016

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