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Opinión
EL CACHO DE PAN

27/05/2016.

Mi padre siempre encontraba una ocasión adecuada para comerse un cacho de pan, antes de comer, de sobremesa, seguramente porque ese sabor lo mantuvo atado a su pasado, a su esencia, a sus recuerdos ancestrales, los suyos y los de su estirpe, como también lo ha sido la estirpe humana atada a su supervivencia, Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

y en consecuencia gracias a ese alimento tan humilde, níveo y troglodita ya de cuando se machacaban los granos dorados, piedra sobre piedra de moler, de cuando el molino era tan rudimentario y la masa inmaculada se iba acumulando para poder saciar a la concurrencia, a expensas de que fuera remojada, amasada, horneada, la harina del primer pan, del alimento candeal que renovaba las fuerzas.

Cuando yo era niño y se caía un cacho de pan al suelo había que cogerlo, besarlo y seguir comiéndolo, porque el pan era de dios, y era pan bendito, el primer alimento de todos, sin duda. Y por eso se imploraba y se implora a diario aquello de danos el pan de cada día.

Hace poco acudí a una panadería artesanal de la que soy cliente y parroquiano, de poca producción aunque muy seleccionada, que fabrica pan de la manera más tradicional posible, con fermentación lenta, con la parsimonia imprescindible para sacar adelante la masa que habrá de obrar el milagro, horneada y puesta a disposición de una clientela que busca bucear en un sabor que ha de resultar imaginable ¿inalterable?, tal vez como ¿aquellos cachos de pan que merendábamos cuando éramos niños?, cuando cualquier cosa era buena para acompañar una buena rebanada de pan con chocolate, con chorizo, con queso fresco, con membrillo . . . y ahora podemos llegar a creernos que hemos vuelto a degustar tal manjar. Pues por eso.

Cuentan que hace mucho, en los tiempos heroicos de las siegas con hoz, cerviz vencida y lomo doblado, de cuando las cuadrillas de gallegos llegaban a Castilla a segar y pasar el duro estío acumulando magros jornales, acumulaban los trozos de pan que les habían ido repartiendo, día a día, para que endureciesen aún más en el clima seco y extremo de la meseta, para volver con ellos, llenos los sacos de regreso a sus casas y aldeas de mendrugos duros como piedras, reservados y almacenados para el otoño e invierno, bien repartidos y terciados, tal vez para hacer sopas de leche con los mendrugos, o también para hacer sopas de ajo, según conviniese al hambre que pudiera ir sorteándose o no, o simplemente para rumiarlos engañando la necesidad, el hastío, la hambruna sempiterna.

También cuenta el documental “Tierra sin pan” de Luis Buñuel que recorría a principios del siglo XX la región deprimida de Las Hurdes, mostrando en toda su crudeza la situación de desamparo, miseria e insalubridad tan inimaginables y espantosas que padecían nuestros compatriotas hurdanos, de entonces, por cierto como en otras muchas comarcas españolas de la época, como cuando se puede contemplar a tres niños mojando en el riachuelo que atraviesa su aldea los mendrugos de pan que les han dado en la escuela, para ir matando el hambre ablandando el pan bendito en el agua contaminada del arroyo que va sorteando guijarros y miseria abandonada, como único alimento, roído con fruición infantil.

Y por último recuerdo cuando en el pueblo de mi padre contemplaba yo el proceso de hacer el pan en casa, moldeando la masa madre para dejarla fermentar durante toda la noche, en una artesa cubierta de tela húmeda, una cantidad suficiente de masa para una semana por lo menos, para que luego se pudiera acudir al horno comunal, a la hora señalada, para ir a hornear las hogazas las hogazas que luego habrían de ir consumiéndose con deleitosa mesura y reparto equitativo, rebanada a rebanada, cortadas por el padre, del pan blanco, algodonoso, sabroso, que no se pasa y que se puede comer con idéntico apetito al día siguiente o al cabo de la semana, porque el pan fabricado por las manos de la mujer de cada casa era tan sagrado como apreciado, cerrado con llave en la artesa antigua de herencia familiar.

Claro que uno echa en falta ese pan que comió de crío, en casa del pueblo de mi padre, sustituido en la actualidad por esos sucedáneos de instantáneo fulgor, tan apetecibles y aditivos nada más salir del horno, para almidonarse al poco rato, como si hubiese pasado una . . . eternidad.

Y entonces uno busca esa tahona artesanal, medio heroica, medio romántica, con corta producción, y adquiere una hogacita, tal vez para intentar compensar la evocación de otros tiempos, de cuando el aroma del pan recién hecho invadía la sensación más relajante, al menos para que dure unos cuantos días, como antaño, aunque ahora nos dé por racionar el alimento panificado.

Y cuando uno llega a casa se dispone, al cabo, a culminar la buena compra con el plato más sublime para enaltecer el pan con resonancias antiguas, del pan de antaño, del pan candeal, del pan crujiente y amasado con paciencia,del pan que arme el plato secular, aquel que aparece en El Quijote como los duelos y quebrantos, con los huevos y sus puntillas en el centro del plato de loza, como antaño, con su aceite regalado, con unos buenos y generosos cachos de pan prestos a dejarse untar, pringando los dedos que habrán de chuparse con gusto, como si no hubiera habido manera de inventar otro manjar mejor, en esa confluencia perfecta del huevo frito y el pan de hogaza denso, blanco, contundente.



Torre del Mar mayo – 2.016

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