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Opinión
E L M A E S T R O

29/05/2016.

Se suceden los modos, los métodos, las diagnosis, las evaluaciones, los proyectos, los planes de educación, vía pedagogía más o menos actualizada para ir culminando curso a curso los muy parecidos resultados escolares, con similares porcentajes de alumnos sobresalientes, alumnos deficientes, y cerca del sesenta por ciento en tierra de nadie, sin llamar la atención vadeando el paso por la escuela sin pena ni gloria. Texto. ANTONIO GARCIA GOMEZ

Hace pocas fechas un antiguo alumno que tuve hace 37 años me localizó tras tanto tiempo, iba buscándome desde hacía ocho años. Afortunadamente nos encontramos gracias a los adelantos informáticos y tras varios encuentros, e-mails mediante, tuve el honor y el gusto de leer del muchacho que ya es un hombre que . . . volviéndome a leer de nuevo no le había defraudado.

Y uno se pone a pensar, y se siente tan halagado como recompensado, porque entonces y ante ese comentario uno entiende que ha merecido la pena, cada uno de los días que pude asistir a clase.

Y ahora como entonces cuando se amontonan las metodologías pedagógicas que parecen haberse alumbrado, los maestros parecemos predispuestos, o no, a abrazar la clave de la “mejor didáctica”, por el prurito de mejorar los resultados escolares, siempre alrededor de los resultados, los ranking, sobre las excelencias debidas, siempre pensando en los mejores, por los más destacados, siempre en función de la proyección inmejorable de aquellos alumnos que prometen llegar . . . muy lejos.

Y para el resto, principalmente a los que van retrasándose sin remedio, pues ya se sabe, mucha propuesta de mejora, mucha clase compensatoria, mucha adaptación curricular . . . y que vaya dándose por satisfechos los que hayan ido quedándose a la cola.

Y entretanto uno vuelve a sentirse satisfecho por esas palabras de su antiguo alumno, y le permite a su viejo profesor reiterarse en la bondad de la idea principal que ha guiado toda su labor educativa. Precisamente esa, la de no defraudar a quienes pude atender como alumnas y alumnos.

Porque nuestros niños, como todos los niños del mundo aspiran, confían, se entregan . . . en y a quienes, sus mayores, sus maestros, solo deben tener un principio por encima de todos los demás: No defraudar. Lealtad para quienes solo pueden y deben confiar en sus maestros. Porque eso es lo importante, para “los listos y para los tontos y viceversa”, para y porque todos y cada uno de los alumnos que acuden a las escuelas pueden y deben exigir esa entrega de los y las maestras que han de procurar no defraudar a sus discípulos.

Y entonces tendrá sentido y efecto la labor incuestionable de los maestros puestos para guiar, cuidar, orientar, entusiasmar, estimular, enseñar, . . .prestos a ofrecerse a trabajar por sus educandos, tan niños, tan jóvenes. . .

Ahora recuerdo, en plena polémica sobre sí deberes sí, deberes no, y que yo jamás obligaba a realizar las escasas actividades que tuvieran que hacer en casa y que en un porcentaje elevadísimo eran realizadas . . . y es que del mismo modo que yo procuré no defraudar a mis muchachos . . . ellos jamás y tampoco me defraudaron a mí.

Por eso mismo reniego y aprovecho cualquier ocasión para defenestrar sobre las declaraciones que invocan la autoridad, como un adminículo añadido al cargo, y contra ese runrún muy pesado, muy derrotista, muy faltón de que los niños están muy mal educados . . .Y ¿entonces para que carajo estamos quienes nos endilgamos ese título de “maestros, de maestras”?



Torre del Mar mayo – 2.016 

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