Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
S O L I H A

04/06/2016.

Sus ojos irradiaban vitalidad, ganas de ver, de conocer, de sorprenderse, ante tanta novedad, ante tantas maravillas que se sucedían a diario, a cada instante y que ella trataba de asimilar con un entusiasmo desbordante. Una sonrisa impenitente, brillante, contagiosa, purificadora desprendía su presencia. Líder y carismática desde el primer momento que apareció en la clase. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Capaz de erigirse en muy poco tiempo en amiguita de sus compañeros de clase, a sus seis añitos, recién llegada de Etiopía, balbuciendo un castellano que en pocos meses llegó a dominar con naturalidad pasmosa. Había sido adoptada por una mujer que quiso ser su mamá con toda la responsabilidad de serlo, con todo el amor a disposición de Soliha, con toda su capacidad puesta al servicio de la niña para tratar de criarla y educarla de la mejor manera posible.

Yo tuve el privilegio de ser su maestro en tercero y cuarto, y desde luego puedo testimoniar que fue un regalo de vida e ilusión para todos quienes compartimos su afán por aprender cada día un poco más, por no regatear ningún esfuerzo, por no perder ni un instante en lamentar que podría perderse cualquier oportunidad que le ofreciera la vida para sorberla hasta disfrutarla a tope. Desde su inocencia infantil, desde su interés puesto al servicio de su incontenible afán por ser mejor, por saber más, por compartir su felicidad con cuantos desearan disfrutar de cada oportunidad que nos vaya ofreciendo . . . la vida.

Soliha había llegado de Etiopía después de su corta existencia maltratada, precisamente por esa vida que ella abrazaba con tanto coraje y tanto entusiasmo y que, sin embargo tan mal la había ido tratando desde su naciminto.

Niña de la calle, sin padre conocido, con una madre a la que vio morir, de inanición, de pena, de miseria, recogida en un orfelinato de mala muerte, acostumbrada a todas las penalidades, sabiendo dormir en el suelo sin quejarse, teniendo que ir a menudo a los vertederos a buscar comida . . . recuerdo. . . una vez que hablando en la clase sobre la comida del “comedor escolar”, que si era buena o mala, que si quienes se la comían o no, porque ¡puafffff qué asco daba!, Soliha se puso de pie y muy seria nos dijo a todos que a ella siempre le encantaba la comida y que, por supuesto se la comía toda . . .

Y puedo asegurar que la lección fue muy bien aceptada por sus compañeros y yo aprecié aún más el regalo que nos había dado la vida permitiéndonos conocer a Soliha.

Y por eso no puedo ni quiero olvidar a mi querida alumna de ocho y nueve añitos. Porque Soliha y su madre nos ayudaron, como tantos y tantos otros, nos ayudaron a reconciliarnos con el género humano, en medi ode tanta iniquidad, inmoralidad subastada entre mangantes y mandamases . . . a ver quien es capaz de practicar la inhumanidad más vil y mezquina contra sus semejantes, cuando uno a veces tiene la tentación de rendirse ante tanta desesperanza.

Torre del Mar mayo – 2.016

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