Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
L O S R I G O R E S

06/07/2016.

Los rigores de las estaciones como nos contaron, como nos cuentan que eran, como nos recuerdan «los viejos del lugar», fuera el que fuera el lugar de antaño, que lo ideal era que cuando tocaba frío hiciera frío, y que cuando calor calor, sin paliativos, como para afrontar el rigor bajo cero en los duros inviernos de entonces con la leña o el carbón que hacían brasa bajo la chapa, en la cocina baja, para caldear la estancia principal, con el resto de la casa a la intemperie de los rigores invernales, con el ladrillo refractario o la bolsa de goma de agua caliente bajo el brazo para afrontar los relentes nocturnos. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Como luego pero al revés, cuando vaya llegando el rigor del calor, del verano en su espléndida generosidad, de la alborada iluminada hasta el declive crepuscular de a diario, con las altas temperaturas haciendo de las suyas hasta el agostamiento inevitable, entre el sudor y el sopor, bajo el astro rey, incólume y radiante, para que la mies prescinda de todo asomo de humedad y las vainas se sequen y la legumbre alcance el punto fósil ideal.

Y así verano tras verano hasta el agotamiento telúrico del bochorno que no cesa, que ahoga, que empapa, que atonta hasta la bajada de tensión inevitable.

Pero antaño no es hoy, y ya nadie está dispuesto a soportar ningún rigor que le obligue a saber que el frío entumece y el calor desborda.

Y se corre a evitar el frío tanto como el calor.

Calefacción, aire acondicionado, al gusto, por el puro gusto de mantener el moquillo hasta coger el catarro estival, por esa corriente de aire fresco que nos dejó el cuello listo para una tortículis inolvidable. Como en invierno, cuando la carne se acolcha, se ablanda, se amorcilla, presto a la corriente imprevista que nos altere el termostato propio y ya no acepte nuestro cuerpo cualquier rigor que pudiera ponerle a prueba.

Porque ya no hay prueba que poner en cuestión, si tenemos a nuestro servicio el dislate de mucho agobio en invierno y exceso de escalofríos en verano. El mundo al revés y nosotros, reyes de la creación, o eso nos contaron, como para que no estemos dispuestos para aguantar ni la mínima que nos perturbe, congele o abrase, según.

Recuerdo que hace muchos años fui con mi padre a Madrid, siendo yo un niño, acompañándole a alguna gestión de esas que solo podían cumplimentarse en la capital del Reino. Y recuerdo una noche de verano, seca, ardiente, asfixiante que mi padre y yo pasamos echados sobre la baldosa de la habitación de la pensión que nos acogía, maldurmiendo, apenas refrescados por el contacto con la cerámica de las baldosas, seguramente sin lograr aliviar el bochorno, pero ,sin duda, viviendo una experiencia que jamás olvidamos y de la que, por supuesto, sobrevivimos sin mayores problemas.

Seguramente eran otros tiempos.

 

Torre del Mar julio – 2.016  

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