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Opinión
L A S I E G A
«En Julio de 1.937, en Fresno de Río Tirón

13/07/2016.

La siega, preludio de la cosecha anual, ancestral, milenaria, de la mies seca, frágil y enhiesta, a merced del viento solano que arrulla violento, amenazador, sobre los tallos huecos, sin doblez, sugestivos, de luz candeal, de amarillo ardiente, en el punto de sazón exacto que no puede aguardar un día más. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Porque hay que segar sin dilación, desde la ansiedad que dicta la siega inaplazable.

Asomándose sobre el páramo polvaredas que crecen, de parva y sudor inflamables, envolviendo el trabajo duro y callado de jornaleros que han de ganarse el agradecimiento apilados en haces de hambre saciada, de futuro apaciguado, año tras año. De estío en estío, sin regatear generosidad doblegada sobre la mies bruñida.

La siega vivida camino de los campos que eran mares de espigas, al tran tran de los carros que portaban a los segadores, al cinto la zoqueta, afilada la hoz, de madrugada, en el despertar seco, al son de las albadas campesinas que habrían de segar la mies callada, la mies que susurraba apenas su feroz cadencia, la mies despensa, la mies tahona, la mies pura nieve en el molino que no cesaba en su estertor pleno de vida.

La siega que obligó a mi padre y a otros vecinos suyos de su aldea a desertar del frente. Porque el tiempo de la siega y ellos se desvelaban agazapados en las trincheras que ellos faltaban, que su mano de obra, que su concurso insustituible por ayudar a los suyos era inaplazable.

La siega que hizo escapar a un grupo de soldados, monte a través, de anochecida, entre ellos mi padre que regresaba, desertando, a su pueblo, con los suyos, para arrimar el hombro, para doblegar la cintura y apurar el corte acerado lo más cercano a la tierra sedienta, porque la ansiedad de sus mayores, su apego secular a la tierra no podía quedarse en la estacada.

Y efectivamente aquel grupo de hombres, seguramente de siervos de la gleba, esforzados del terruño, llegaron a su aldea, de madrugada que comenzaba a clarear, directamente hacia sus casas, cruzando por encima del puente que les conduciría hacia los suyos.

Mi padre se cruzó con su madre que acudía a la fuente, como primera persona con quien tuvo oportunidad de encontrarse, para fundirse en un abrazo, para ponerse a la tarea junto a sus hermanos, junto a su padre, camino de las fincas que aguardaban la siega anual, la siega, un año más, inaplazable.

Como para mi padre se hubiera convertido en un desertor, un desertor que regresó al frente en cuanto terminó de ayudar a que se cumpliera el ciclo de la vida, milenaria, fecunda, vibrante.

Como para que mi padre fuera admitido de nuevo en el batallón, junto a sus compañeros también desertores, porque no fue contemplada ninguna actitud derrotista, cobarde, . . . desertora.

Porque la siega era una labor que necesitaba de todos los brazos.

 

Torre del Mar julio – 2.016 

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