Asociación de Vecinos de El Palo

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Opinión
T A N J Ó V E N E S

21/07/2016.

La madre estaba contenta. Su chiquilla de 21 años solo le había dejado tres, inglés y dos más que no se acordaba, pero que pensaba sacar en Septiembre y también eso de la Selectividad o algo así, porque a la niña quería ir a la Universidad. Aún no sabía qué iba a estudiar pero estaba segura que ir a estudiar a la Universidad era su gusto. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Ellos no podían permitirse que fuera a otra ciudad que no fuera Málaga. Al cabo estaba solo a 30 kilómetross de su pueblo y podría ir y venir en autobús. Claro que la niña se había mareado siempre en autobús, desde pequeñita, y tal vez habría que buscar un cochecito de segunda mano para que pudiera ir y venir sin problemas, sin necesidad de marearse a diario. También podría buscar un piso para compartir. En fin ya se vería. Ahora lo importante era buscar unas clases que la preparasen para Septiembre.

El día había salido muy pesado y la madre andaba un poco sofocada tomándose un cafelito con las amigas mientras reponía fuerzas y les iba contando lo de su niña. Aunque uno ya sabe que ellas van a lo suyo. Sin más, después de comer se había puesto a planchar la madre y le había dicho a la hija que le ayudara. La niña contestó que ni hablar, que se iba a la playa, que hacía mucho calor y que ella no aguantaba tanto calor.

Después de todo la madre estaba orgullosa y feliz con su chiquilla porque solo le había dejado tres y en Septiembre iba a sacar el curso y la Selectividad.

El pasado día entré en el ascensor. Ese receptáculo en el que se suele coincidir con algún vecino y con el que, al menos, uno cruza algún amago de saludo, alguna media sonrisa e incluso algún banal comentario sobre el tiempo . . . efectivamente al entrar se apresuró, asímismo, a introducirse conmigo una vecinita joven, apenas una adolescente bien crecida. Iba con su móvil en ristre y sin saludo por medio, gesto ni mueca alguna, la muchacha siguió atareada en su labor de aporrear suavemente con sus finos dedos la pantallita, el teclado, o lo que fuera prensible y aprensible de permitirla estar en . . .”otro sitio, con otra gente”, sin mostrar el mínimo interés en que pudiera no estar sola en el cajón del ascensor. Muy absorta, muy convulsiva, . . . yo me sentí un poco fuera de esa intimidad que, desde luego, procuré mantener intacta para la joven que . . . comunicaba, comunicaba . . .

Y ahora dicen, con un tal Pokemon de por medio, que no acierto muy bien a definirlo, que se puede vivir una realidad virtual que nos haga no percatarnos de lo que nos rodea. ¡Ideal!, . . . podremos seguir en La Babia del interés que persiguen quienes hacen por mantenernos en Babia . . . constantemente.

¡Los tiempos que evolucionan!, sin duda.

 

Torre del Mar julio – 2.016

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