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Vocalía de Flamenco
El señor del flamenco

23/07/2016.

Miguel Poveda vuelve a coronarse en su trono del Castillo de Sohail de Fuengirola ante más de 2.000 almas entregadas a un cante que suena cada vez mejor Fuente. Diario Sur.

Poveda, durante su actuación. / I. G.

Poveda, durante su actuación. / I. G.

Hace tiempo ya que es casi un cliché hablar bien del relato de Poveda, que no es otro que el de una España que quiere dar lo mejor de su música. Gira y gira, ya sea invierno o verano, por unas tierras que le quedan lejos de su «pisito de cuatro paredes de Badalona», y lo hace para seguir triunfando. Por esa razón, ni cansa escribir sobre él, ni les fatiga a sus fans escucharle una y otra vez como el que oye un disco hasta gastarlo; solo que en este caso, ni se raya, ni es el mismo, ya que en cada recital hay un matiz nuevo, un sonido que hasta entonces no habíamos sentido, el ‘quejío’ enfocado de otra manera, o un elemento diferenciador que le ha llevado a ser la figura del flamenco más reconocida de este país. Ayer, en un Castillo de Sohail que ya amenaza con entrar en la categoría de escenarios místicos y míticos de la provincia, el cantaor catalán calentó las emociones de más de 2.000 personas que agotaron sus localidades; y todo ello con el trabajo que hereda de un disco que no es nuevo, pero cuyo recorrido ya es eterno en las tablas patrias.

Una vez más, Miguel Poveda silenció a su auditorio para que éste se pudiera emocionar, aplastado por la grandeza de un cante bestial, que viene desde las entrañas de un cantaor que ya hace años que no saber qué hará para superarse a sí mismo. Volvió a ser cada uno de los palos de un flamenco homenajeado hasta los límites del éxtasis más absoluto. Minutos incontables (90 al cierre de esta edición), en el que tras un suave inicio con retales de Pedro Guerra y Luis García Montero –y los sonetos que estructuran un trabajo que sigue pareciendo nuevo pese a haberse publicado hace cuatro años– Poveda montó un tablao lleno de pianos, guitarras, palmeros, y cajas: su verdadero hábitat, el que él disfruta elaborando para llegar a ese lugar en el que mejor sienta escucharle. La soleá que precedía a la seguiriya. La bulería que daba pie al fandango. Y con cada tirititran, tran, tran, se disertaba sobre el amor más pasional, con el ritmo de los palmeros cada vez que el cantaor se levantaba para darle más énfasis a su grandeza.

Poveda conoce Fuengirola, y el Sohail ya sabe quién es él. Y como las murallas, los seguidores continúan pidiéndole ese popurrí que explica el siglo XX. «Tú eres la bien pagá; me embrujaste, me embrujaste y un río de copla cantó por mis venas; María de la O, qué desgrasiaíta gitana tú eres teniéndolo tó; ojos verdes, verdes como la albahaca...»... Algo más de 30 segundos para despachar de esta manera varios lustros de España, antes de entrar en su maravilloso mundo de la copla, y que conforman esos versos que son nuestro imaginario más desgarrador. Mucho Poveda. Siempre.

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