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Opinión
ESTADO DE CONTEMPLACIÓN

16/09/2016.

El que exigen, según las penúltimas tendencias en la crianza, los niños de hoy en día, futuribles tiranuelos de los suyos, sufran lo que sufran a manos y caprichos de aquellos "locos bajitos" que así los llamaban otrora. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Plegarse ante ellos en estado de devota contemplación, para no dejar de admirarles, ¡qué remedio, qué arrobo!, sin solución de continuidad por dejarles ser felices, ¡muy felices!, inequívocamente dichosos, en sus juegos y circunvalaciones, corriendo, gritando, arrollando, interrumpiendo, entrometiéndose, ocupando el centro . . . a merced de la contemplación sine díe de sus mayores, de sus mamás y papás que no pueden hacer otra cosa que no sea contemplar a sus retoños en rendida abnegación.

Y es que desde bebés su lugar es y será el centro de la escena, a merced del amor incuestionable, ilimitado que habrá de adobar sus prontos y rabietas en unos abrazos que restituyan los vínculos del amor que no podrá agrietarse, a expensas de los impulsos y pulsiones de esas ricuras reconvertidas en protagonistas, incluso a pesar de sus amadísimos infantes.

Hasta el punto de la ultimísima teoría que dicta doctrina, a pie juntillas, y que proclama que, en realidad, hemos sido elegidos por nuestros vástagos, más atrás de los tres meses de haber sido concebidos, con la idea remota, confesa y creída sin rechistar de que son "los hijos quienes eligen a sus padres", ¡con un par!, dicen que para que los papás, mamás y papás reunidos puedan aprender de sus futuribles niños o niñatos, vaya uno a saber, . . . porque son los adultos progenitores quienes hayan de descubrir y gozar de la suerte de haber tenido, de haber parido . . . tales ejemplares de sapiencia posibilitista e infantiloide.

Y así pues se entenderá esa predisposición moderna de "contemplar" a los niños alumbrados con mucho amor como los verdaderos protagonistas de sus incipientes existencias y, cómo no, de los mayores puestos ¿ a su cuidado?.

Pues a saber, en los tiempos actuales de un mundo en constante evolución, uno no sabe si a mejor o a peor.

Y así quienes ya vamos entrando en edades provectas solo podemos contrastar nuestra estupefacción ante tanta novedad, cuando parece que ya no tenemos "nada que opinar y nada qué decir".

En fin, tiempo y estado de contemplación sin fisuras a los nuevos artistas del infantilismo perdurable vía inmadurez ¿permanente?. Pues uno no sabe qué decir. . .

 

Madrid septiembre – 2.016

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