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Opinión
T I E M P O D E C O N S E R V A S

17/09/2016.

Tras la vendimia, en plena ebullición de los caldos vinosos que habrían de decantarse en el silencio y bajo techo, a lo largo del invierno, se iniciaba cada año el tiempo de las conservas. Texto. ANTONIO GARCÍA GÓMEZ

Laborioso, aplicado, delicado y minucioso, en el umbral de los zaguanes, al pie de las cocinas bajas, en una tarea que concitaba el concurso familiar, especialmente del de las mujeres, asando los pimientos, macerando los tomates, seleccionando las ciruelas, almibarando los melocotones, moviendo a ritmo y a fuego muy lento los membrillos, poniendo a cocer en aguardiente los frutos excedentes, carnosos o secos, con la dedicación de quienes sabían que la surtida despensa aliviaría las hambrunas propias del astro aterido que ya se adivinaba tras las primeras ventiscas.

Porque no se tiraba nada y se aprovechaba todo. Mientras se iban poniendo en el filo de las baldas las manzanas reinetas y las peras de invierno que habrían de conservarse también, sin más miramientos ni otras industrias.

Y yo lo recuerdo porque por septiembre aún acudía un par de semanas al pueblo de mi padre, de cuando los cursos escolares empezaban los dos de octubre, un par de semanas antes que el domingo del Domund, de cuando el periodo estival y vacacional se extendía y nos hacía tan felices, a los pequeños porque descubríamos mundos ignotos, para los mayores porque perdían un poco de vista a sus rapazuelos.

Y entonces yo veía el trajín de las conservas, con las familias atareadas en la labor de asar, cocer, almibarar . . . tras la cosecha que secaba en los pajares y los graneros. En un último esfuerzo reparador y contento, como cuando se iba a hacer la colada entera, de la casa, tras los rigores del verano, a orillas del río, recordando las sábanas blancas e inmaculadas extendidas sobre la hierba para que purgasen y se medio almidonasen al sol, entre canciones, risas y carreras de las mujeres del pueblo mientras frotaban sobre sus tablas de lavar, dejándose querer por los primeros airecillos otoñales que ya iban bajando al valle.

Y por las tardes, después del tiempo de la siesta, ese tiempo mortecino que los niños aprovechábamos para cuchichear promesas y rapiñar roces y besos furtivos, yo iba junto a mi primo Filo, herrero como su padre, que me llevaba unos cuantos años y que se sacaba un plus de su jornal embotando las conservas que le hacían llegar las vecinas. Con calma, con la técnica de una máquina simple de embotar, en botes de latón que él rellenaba y cerraba herméticamente, con técnica y mimo, para luego hacer hervir los botes el tiempo requerido, todos bajo el agua que borbotaba sobre las brasas encendidas, . . . hasta el punto exacto, para proseguir la tarea e ir cumpliendo los pedidos, hecho y un artista del embotamiento mi primo Filo, quien me hablaba y me contaba historias de antaño, ya de entonces, de cuando la tradición oral estaba viva y era tan hermoso escuchar e imaginar que aveces, sin darme cuenta, se me ponía la piel de carne de gallina.

. . .en el tiempo de las conservas, mientras el pueblo entero exhalaba una fragancia familiar y doméstica . . . a pimientos asados, a carne dulce de membrillo, a refrito de tomate, cebolla y ajo . . .

 

Torre del Mar septiembre – 2.016   

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